Los quedan con la barriga llena se preocupan más en hacer del Ché una pancarta para encandilar a la plebe, en vez de paliar “la indigencia en la que vivían los pueblos, la falta de educación”, como escribe su amigo ‘Calica’ Ferrer. Los que quedan con el buche pegado al espinazo en regiones agrestes desde Ñancahuazú hasta Vallegrande, obtendrán más beneficio progresista del turismo de la Ruta del Ché, de los miles de viajeros inspirados por el polvo del corazón del Ché, en un museo de la escuelita donde murió.
Algún día escribiré un cuento que me honrará sobre el polvo del corazón del Ché, con elementos de realidad y fantasía que revelarán un novel escolar del realismo mágico. Pero me arredra que la vida en sí sea tan alucinante, que me falte talento literario para aderezar magia en mi antihéroe.
Éste estará en una cena, cóctel en mano previo a la comilona, cuando de sopetón un amigo le pedirá que escriba un artículo. No hago encargos, le responderá secamente. Pero encenderá la llama de su entusiasmo, contenido a duras penas bajo remedo de flema británica en la faz moruna que le honra, cuando le lancen a quemarropa que se tratará sobre repatriar a Cuba una urna del polvo del corazón del Ché y entregarlo a su hija. Solo si me regalas una pizca para un relicario, pedirá, algo incrédulo.
Y se le agolpará en la mente el pasodoble ese de “pisa morena, pisa con garbo/ que un relicario, que un relicario me voy a hacer”, solo que de uno que fuera enterrado en tumba anónima y secreta en algún lugar de Vallegrande. Se le apeñuscarán nostalgias del hijo nombrado por el sacerdote, sociólogo y guerrillero que fuera Camilo Torres en Colombia y por el autoproclamado mezcla de Quijote y condottieri del siglo 20, que en una carta escribió que nació en Argentina, luchó en Cuba y empezó a ser revolucionario en Guatemala.
Camino a fungir de cronista, pensará que no viene al caso que a la vejez viruela, que recurriera en él eruptiva de la juventud, cuando la saga de Ernesto Guevara le marcó la piel del alma y le dejó una llaga en la conciencia. Tragará saliva para no ponerse sentimental: soy ciudadano del mundo, reflexionará, educado en esos años 60 de un punto de inflexión mundial, y boliviano por la gracia de Dios y para envidia de todos ustedes, como alardea un amigo paceño.
No había guardia en la puerta cuando llegó a la casa del portavoz de la intermediación. Ni tampoco clave ni caja fuerte de la que sacaran la carta dirigida a Aleida Guevara, en que hacían entrega del polvo del corazón del Ché a su hija, médica también ella. La firmaba uno que coordinó entre los gobiernos cubano y boliviano la búsqueda de los restos del Ché; había dirigido las excavaciones hasta dar con la anónima sepultura en 1997: teníamos un pacto de silencio de 8 años, apuntó. Amigo de cábalas numéricas, el cronista pensó que fue un pacto signado por el 8, calculando 38 años del 8 de octubre de 1967 al 8 de octubre de 2005; 8 años del 8 de octubre de 1997 al 8 de octubre de 2005.
Luego le pusieron delante un joyero de cajita imitando cristal de roca, que en vez de anillo con piedra preciosa contenía un pedregón de tierra arcillosa. Cuán apropiado eso de que polvo eres y en polvo te convertirás: el corazón del Ché, como sus pulmones asmáticos y su estómago sufrido, se habían convertido en tierra amarillenta y avara, de esa en la que los campesinos pobres a redimir por el guerrillero, arañan un penoso pasar todavía. Es boliviano ahora, pensó.
¿Cómo saben que este pedazo de greda es del corazón del Ché?, preguntó. Hay mucha tela para cortar, contestó uno. He seguido el drama guevariano desde que fui testigo de la traición al guerrillero, del Partido Comunista boliviano. No, aún antes, desde que soltaran los sabuesos de la CIA tras la huella del Ché, haciendo pública su carta de adiós sin que siquiera hubiera salido de Cuba, acotó. Fue el llamado León de Masicurí, el de la emboscada de Vado del Yeso, quien reveló el sitio exacto de su tumba secreta, abundó el segundo. Cuando se rescataban los restos óseos que el tiempo no había hecho polvo, un forense extrajo un puñado de tierra de la caja toráxica donde estaría su corazón: yo lo confisqué. Ahora devolvemos un pedazo del corazón del Ché a su hija, remató.
Reclamó su trozo del corazón del guerrillero. Uno de los amigos preguntó: ¿no tienes miedo a la maldición del Ché? Se le vino a la mente el presidente boliviano que murió en helicóptero enredado en alambre telegráfico, baleado desde tierra, dicen; otro, gran oficial del ejército, al que una bala fortuita le quebró el espinazo y postró en silla de ruedas. O aquel protagonista de una cámara escondida en casa de un narcotraficante, vergüenza, y que se fue de un paro cardíaco, muerte. No, respondió el escribidor, mi vacuna es esta crónica, que pondera la entrega de un pedazo de corazón del Ché a su hija, y rescata otro aspecto de la memoria de un soldado de fortuna que es icono mundial.
Pensó que el terrón de corazón del Ché, cual pedazo de tierra lunar, será un atractivo más del museo que honra su memoria en Santa Clara, junto a la carta de entrega de ese recordatorio, primorosamente enmarcada. Parte de otro hito turístico en ese país de huevos que es Cuba, que hace 40 años aguanta estoicamente bloqueos que la desangran.
Entonces propuso a sus amigos que guardasen un pedazo de corazón del Ché. Sería entregado en urna especial para el museo en la escuelita de La Higuera donde fuera ajusticiado. Parte del legado del Ché Guevara, hombre de carne y hueso, les dijo, que llevará más progreso a los desposeídos, que las emboscadas y paseos por aldeas inermes de gente armada y contestataria.
No le creyeron la utopía sus amigos. Al fin, los que quedan, con la barriga llena, se preocupan más en hacer del Ché una pancarta para encandilar a la plebe, en vez de paliar “la indigencia en la que vivían los pueblos, la falta de educación”, como escribe su amigo ‘Calica’ Ferrer, recordando tiempos pretéritos de la Revolución del 52, en que visitaron una Bolivia camino a una desilusión. Pero los que quedan, con el buche pegado al espinazo, en regiones agrestes desde Ñancahuazú hasta Vallegrande, obtendrán más beneficio progresista del turismo de la Ruta del Ché, de los miles de viajeros inspirados por el polvo del corazón del Ché, en un museo de la escuelita donde murió.
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