Bosta de caballo, coca y alimentos

Urge determinar a través de un estudio serio y responsable, el nivel actual de producción de coca en Bolivia. Sopesar la demanda de coca para usos lícitos. Cosa difícil en los 70’s, cuando había una sola federación de cocaleros en el Chapare; ahora hay media docena solamente en dicha región. Más peliaguda todavía, si organiza los estudios un viceministerio comandado por un cocalero, en un país donde el Presidente sigue de mandamás del sector.

Llamativa la imaginación de las lenguas para poner en analogías sencillas el sentido que se desea expresar. De las más expresivas tiene el inglés, idioma insaciable de expresiones regionales y vocablos de otras lenguas, sin requerir de cónclaves de eruditos, sino del uso común, para hacerlos suyos. Tal ocurre con horseshit, bosta de caballo, que como interjección y de adjetivo calificativo, da para expresar que la perorata sobre las cualidades de la coca como alternativa alimenticia tiene menos valor que la deyección de los equinos. Menos valor, insisto, porque las bolas verduscas que una cabalgadura atrevida soltara en el pavimento cuando su emperifollado jinete saludaba al palco oficial en algún desfile, por lo menos añade nutrientes a suelos empobrecidos. La bosta de caballo califica tanto papo actual para ennoblecer la política despenalizadora de la coca. Que no es otra cosa que retribuir con diezmos postelectorales la plataforma cocalera que ha encumbrado al Presidente Morales a su sitial actual.

Su política va más allá del que un figurón como Jaime Paz Zamora, anduviese con su hoja de coca de oro en la solapa, predicando que la coca no es cocaína. Algo tan iluso como que algún gobernante de ese abanico de países de Turquía a Laos, prendiese en su atuendo amapolas de turquesas, perlas y rubíes, anunciando que esas bellas flores lilas, blancas y rojas, cuyo bulbo es sajado y lecheado, no dan origen al opio, a la morfina, a la heroína. Pero la campaña que empezara con aquella pegajosa morenada del estribillo de “coca no es cocaína, es la hoja sagrada”, prohíja una serie de imposturas curiosas y risibles, empezando por el Canciller propugnando que la coca reemplace a la leche en el desayuno escolar; siguiendo con una dama emponchada que inauguró en La Paz un boliche con la novedad de un ron de coca que seguro nutre y emborracha; rematando con un disparado Hugo Chávez sugiriendo producir harina y pan de coca, que ojalá se inserte en la lista de compras de uno que despilfarra millardos de la renta petrolera de Venezuela.

No fuera que tanta alabanza de la coca sesgara mi óptica, que desempolvé el Informe Final del Estudio Multidisciplinario del Uso Tradicional de la Coca en Bolivia, del finado William E. Carter y Mauricio Mamani, antropólogo boliviano de etnia aymara. En 1978 emprendieron una pionera investigación, sobre “la estructura, mercadeo, distribución y uso legal de la hoja de coca”, proponiéndose, además, “identificar algunos de los factores económicos y sociales que deberían tomarse en cuenta si es que el gobierno boliviano deseara un decremento de la producción de coca a un nivel suficiente para cubrir solamente el uso legal”.

El estudio de Carter y Mamani, además de otros que realizara PRODES, antecesor pobrete, pero efectivo y bien boliviano, de lo que después vino a ser la camada ricachona y malinchista de organismos cobijados bajo el paraguas del desarrollo alternativo, dieron lugar al estimado de 12.000 Has de cultivos de coca que se requerían para usos legales. Por deducción, el resto de la superficie cultivada es para transformarlo en la nociva pasta base de cocaína que se fuma en chutos, o en polvo blanco para usos nariguillas.

La potencia de alcaloides -y la hoja de coca tiene toda una docena además de la apetecida cocaína-, hace amarga y más grande la hoja del Chapare comparada con la de los Yungas. Para el acullico boliviano, se optó porque la zona tradicional de producción se limitara a los Yungas de La Paz. Contención en los Yungas y erradicación en el Chapare, fue desde entonces la política a seguir.

Pero el auge de la cocaína como la nieve preferida de los 70 en Estados Unidos, en los 80 en Europa y así sucesivamente en todo el mundo, propició una disparada de cultivos. Para dar una idea, Colombia anunciaba con alarma en 1983 que ya tenía 8.000 Has de coca; hoy cuenta más de 100.000; en Bolivia, nuevas áreas de cultivo en Caranavi y La Asunta, más el crecimiento exponencial de cocaleros en el Chapare, propiciado por el D.S. 21060 y el cierre de las minas.

Hoy este país orgiástico de estudios y proyectos que pueblan anaqueles esperando el día en que una turbamulta los queme, como ocurriera en 2003, anda con el tema de estudios para demostrar las bondades de la erythroxilon coca. Ya casi todo está dicho y escrito. No creo que pueda generarse algo diferente sobre sus méritos y defectos, salvo dinero en los bolsillos de los consultores.

Eso sí, quedan pendientes las recomendaciones de Carter y Mamani de hace casi 30 años. Una, determinar, a través de un estudio serio y responsable, el nivel actual de producción de coca en Bolivia. Dos, sopesar la demanda de coca para usos lícitos. Cosa difícil en los 70’s, cuando había una sola federación de cocaleros en el Chapare; ahora hay media docena solamente en dicha región. Más peliaguda todavía, por lo que la ciencia de censos y encuestas llama “sesgo de respuesta”, si organizan los estudios un viceministerio comandado por un cocalero, en un país donde el Presidente sigue de mandamás del sector.

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