Hablando de vermífugos tributarios

Si vamos a dejar de ser un país pordiosero, como promete el Presidente Morales, debemos seguir el ejemplo de las naciones avanzadas, donde se dice que hay solo dos cosas inevitables: la muerte y los impuestos. Pero que tributen todos, sin fueros ni privilegios.

Eran otros tiempos: nos despertaban a la madrugada, entre arcadas nos forzaban a tomar el aceite castor, o a beber un refresco dulzón con sabor a remedio, para empezar la cagazón de gusanos blancos y rosados, esos anquilóstomas de bocas con dos pares de ganchos fijados al intestino delgado, que en el trópico compiten para robarle nutrientes a niños amarillentos de vientres abombados. Que se proponga hacer cumplir el D.S. 28522, emitido en el gobierno del Presidente Eduardo Rodríguez, por el cual las empresas de transporte interdepartamental deberán emitir factura por el servicio que prestan, me recordó a un vermífugo tributario que ojalá expulse de una vez por todas a esos parásitos.

Es que no hay derecho. Mediante el Sistema Integrado Tributario (SIT), creado con carácter transitorio en 1987, se prendieron como lombrices al duodeno de esta Bolivia de economía mal nutrida. En 1991 se excluyó a los interdepartamentales e internacionales: la dosis de purgante dio solo flatulencia. En 1992 se precisó que el beneficio era para los que tenían hasta dos buses como máximo: no se expulsaron los bichos. En 2005, otra vez se reiteró dicha exclusión: estreñimiento y gases.

Porque hecha la ley, hecha la trampa. Los nematelmintos siguieron metiéndose en el yeyuno. De los 1.167 buses (“flotas”) de transporte interdepartamental en Bolivia, a la hora de tributar 919 no existen. Sólo 248 están registradas en el SIT; mueven un capital de 33 millones de dólares, en buses de $70 mil a $200 mil dólares cada uno, pero tributan 1277 veces menos de lo que les corresponde: menos de $90 trimestrales, que en promedio ajusta a menos de $8 dólares anuales por contribuyente.

Y yo que pensaba que lo de las dinastías políticas –padres presidentes, hijos o yernos diputados- era creación original. No hombre, antes las perfeccionaron los dueños de buses interdepartamentales. Son verdaderos clanes familiares, que controlan hasta más de 50 unidades cada uno (sin contar palos blancos): los Gómez, los Montaño, los Patton, los Peredo, los Torrico, los Zabaleta, los Sánchez. Imagínense, con un patrimonio de varios millones de dólares por clan. Y yo, se quejaba un amigo, al que decían poderoso por tener una fabriquita quebrada con un socio opa (el Estado), que se llevaba 16% de las ventas entre otros tributos, no podría comprar ni un solo bus vendiéndola.

Aparte de eso, el servicio deja mucho que desear. Viajar en bus por las carreteras bolivianas atrae casi siempre ataque de bilis. La subida biliosa empieza con el ayudante, que apenas salidos de la terminal, llena el pasillo con polizontes para los bolsillos del chofer y propio, siempre munidos de colchas para echarse a dormir, roncar y peer toda la noche. Después pone una película de video pirata, usualmente de chinos karatecas; luego se encierra en la cabina con la chicha cumbia a todo volumen, a servir coca y cigarrillos al conductor y cariños a la birlocha buena pierna con quien compartirá un apretado asiento delantero. Vano será gritar o lanzar zapatos al plexiglás que separa la cabina del resto del bus, porque acabó la película, o la calefacción está a un sudoroso 40°C, o la señora de adelante vomitó en el piso un hediondo chicharrón a medio digerir. Peor todavía es que el viaje sea con frecuencia una ruleta rusa. La bala en boca para despatarrar cadáveres es, las más de las veces, que se duerman los chóferes sin relevos. ¿Sirve para algo la Superintendencia de Transportes, si no atiende reclamos de pasajeros en las terminales?

Tal parasitosis boliviana tiene como aliado a la tenia solitaria que es la Policía Nacional. Solo en un typical país podría darse la colusión entre los guardianes de la ley y los evasores de impuestos. El mismo Organismo Operativo de Tránsito revela que, entre enero a julio de 2005, solo cuatro empresas de transporte interdepartamental registraron ingresos de un millón y medio de dólares por pasajes en los tramos La Paz-Cochabamba y La Paz-Santa Cruz, a un costo promedio de 30 bolivianos el boleto. Sólo ida, aclaro, y bien se sabe que los pasajes suben al triple cuando les da la gana (oferta y demanda, dicen), y que los pasajes a Santa Cruz cuestan el doble.

Claro, si está tan institucionalizada la coima de los transportistas a la policía, que en los últimos 30 años se la utilizó como agencia recaudadora de licencias de conducir, rosetas y hojas de circulación. “En los últimos cinco años”, denunció la Ministra de Gobierno, “la Policía Nacional traspasó a la Confederación de Chóferes de Bolivia, la suma de 10 millones de bolivianos aproximadamente y cuyo destino final se desconoce”. Si hasta tienen un despacho en las oficinas de tránsito, para cobrar a sus allegados, dejar sus diezmos y asegurarse que los transportistas siempre queden libres de multas por infracciones, o peor aún, impunes de responsabilidad por accidentes de tránsito.

Fueron estudiosos de Harvard, no el Canciller boliviano tan afecto al Collasuyo (siendo un aymara cuyos ancestros fueran doblegados a sangre y garrote por los Incas), que anunciaran que descifraron una declaración de impuestos hecha en quipus. Hay más de un símil entre los quipus de entonces y la computadora de ahora, pero implacables eran los anudadores de cuerdas de antaño; no tanto los digitadores de hoy. Pero el común denominador que ha faltado en Bolivia es la voluntad política para que se cobren tributos a todos. Ahora que la consigna es austeridad y el no aflojar con los impuestos, ¿cuándo se administrará un vermífugo para la amebiasis de gremiales contrabandistas?

Si vamos a dejar de ser un país pordiosero, como promete el Presidente Morales, debemos seguir el ejemplo de las naciones avanzadas, donde se dice que hay solo dos cosas inevitables: la muerte y los impuestos. Pero que tributen todos, sin fueros ni privilegios.

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