Desde la llamada nacionalización de hidrocarburos, las millonarias inversiones en el sector hidrocarburífero son una cortina de humo. El proyecto GTL está a cargo de una empresa que hace sospechar de tomadura de pelo. YPFB se entrega al ineficiente PDVSA venezolano, lo que no significa que lloverán las inversiones. Habrá que ver que pasa con el hierro del Mutún y la firma india Jindal.
La semana pasada me chocaron dos hechos. Primero, la ingerencia descarada en asuntos bolivianos del presidente de Venezuela, quien ahora se pasea por el país como si fuera su fundo, conduciéndose con el Presidente Morales como si éste fuera su pongo. Segundo, la cortina de humo de millonarias inversiones en el sector hidrocarburífero, fanfarria con la que el gobierno oculta ese Mar de los Sargazos, donde ni una brisa movía las carabelas, en que están las inversiones y la renegociación de precios del gas natural.
Sobre el segundo tema, como el tío Rico MacPato, estaba casi por zambullirme de contento en las millonadas de dólares contantes y sonantes para proyectos, en tanto ‘memorándum de entendimiento’ por aquí y por allá, entre la nueva YPFB y la avalancha de ofertantes de negocios que hoy atosiga los pasillos de YPFB y del Ministerio de Hidrocarburos. Sin ser alusión que menoscabe la formación y astucia de Jorge Alvarado y de Andrés Soliz Rada, me recuerdan a los carpetbaggers (portadores de carpetas), una plaga de aprovechadores de las posibilidades políticas de negros libertos, simplones e ignorantes, que cayeron sobre el sur estadounidense después de la Guerra Civil Norteamericana.
Me llamó la atención un proyecto de planta de GTL, que permitirá la producción de 10.000 barriles de diésel por día. Ningún agua de borraja, ‘calcula una primera inversión de $320 millones de dólares’ y en dos semanas inician los estudios de factibilidad. Albricias, me dije, ya no seguirán engordando a politiqueros vivillos que hace años lucran de importar diésel subvencionado; ya no cometerán torpezas, acusando a la petrolera brasileña de sabotaje, porque dejó de importar diésel ya que el gobierno no pagaba su parte de los subsidios. Pero en una consulta al gerente de la empresa en la noticia de marras, sobre una pérdida de $30 millones de dólares en 2005, aclaró -embarrándola, diría yo- en sentido de que ‘se logró un perdón impositivo del gobierno de Estados Unidos’ por esa cifra. Qué raro, me dije, en ese país donde las dos cosas inevitables son la muerte y los impuestos.
Para corroborar que no es oro todo lo que reluce, entonces me llegó un dossier de archivos, de un amigo que dominando la Internet y conociendo que en los países avanzados se registra la actividad bursátil de las empresas, desnudó las flaquezas de proponentes de centenas de millones en inversiones mineras e hidrocarburíferas. No daré su nombre, que mal le vendrían dimes y diretes de calumnias e injurias, aunque guardo la documentación que sugiere las imposturas.
La reseña de una empresa advertía que sus minas en las Montañas Rocallosas fueron activas entre 1865 y 1915, pero que la producción había sido esporádica desde entonces, y sus propiedades mineras estaban en venta; que un proyecto aurífero en Bolivia era más prometedor, pero la producción se había dificultado por falta de equipos. Otra sinopsis revelaba que otro tenía su oficina, no en algún rascacielos con el nombre de su empresa, como correspondería a un manager de millonadas de dólares, sino en un centro comercial en las afueras de una ciudad estadounidense; la atención a un detalle revelaba que no era suite suntuosa, sino de aquellas de un ambiente con cuartito de inodoro y punto.
Por eso me alegré al enterarme que YPFB ‘radiografiará’ a las empresas con las que formará sociedades mixtas. No hacerlo sería arriesgarse a tomaduras de pelo. O a corroborar sospechas de que la pizarra de millones de los inversionistas sea una cortina de humo. Una con que la que la damisela YPFB oculta a la opinión pública su entrega en la primera cita al impetuoso y torpe garañón PDVSA venezolano, en un concubinato alcahuetado por Hugo Chávez y Evo Morales, padres del desmañado galán y de la inexperta doncella. En desmedro (o en despojo) de empresas petroleras sujetas a la satanización en Bolivia de un tiempo a esta parte, pero en Venezuela, bien gracias.
Me regocijé aún más con la provincia Germán Busch y con los cívicos cruceños, por la adjudicación del Mutún a la empresa india Jindal Steel & Power, que no es empresita de buhardilla. El gigante de hierro cercano a Puerto Suárez, está en mis sueños desde la secundaria, cuando nombrara Mutún a mi equipo de fútbol de salón. Y no por la pava silvestre cuya presencia en el área le diera nombre al bolsón de hierro de 40.000 millones de toneladas.
No está todo dicho en el Mutún. Recién bailaré un taquirari festivo cuando se consolide la adjudicación. Porque este gobierno es dado al doble discurso, a poner cara de humilde y transparente, mientras alista el batacazo artero cuando menos se espera. Pero optimista que soy, puede que en unos años deguste bogas del Lago Titicaca en envase de hojalata boliviana. Esa humilde hojalata que revolucionó la conservación y manejo de los alimentos desde fines del siglo 19, pero que esta vez será fabricada de hierro del Mutún y estaño de Llallagua en pleno siglo 21. Eso sí que habrá que celebrar.
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