El deterioro de símbolos patrios y su devaluación paulatina es evidencia de que no va más conciliar la disparidad de gentes en el vasto e invertebrado territorio. No va más el concepto de unidad en la diversidad, reflejado en la aserción constitucional de ser un país multiétnico y pluricultural. El momento político actual, más que tiempo de cambio, es de un paulatino resbalar hacia un autoritarismo centralista de corte oclocrático, que es el gobierno de la turbamulta. Y nadie dice nada.
El fin de semana quise alimentar mi prosa de una que admiro por aguda y lacónica, de uno que era chueco de piernas y cáustico de lengua: Augusto Céspedes. Releí de un tirón su Crónicas heroicas de una guerra estúpida. Me quedó en la boca, como el tanino de un vino patero, el sabor de la heroicidad estoica de nuestros soldados indios y mestizos, aquellos que para que sobrellevasen los rigores de la Guerra del Chaco, en carta abierta Céspedes pidió coca y cigarrillos al Presidente Salamanca, empedernido fumador que, como terrateniente, debió conocer del valor del acullico en sus pegujaleros.
Es marco apropiado para tratar, no el valor de nuestros soldados desacompasado las más de las veces con la incapacidad de sus generales en casi todas las guerras, sino el deterioro de símbolos patrios y su devaluación paulatina en el momento político actual. No es asunto baladí. Los hombres enfrentan el horror de la guerra por una bandera; luego su valor es premiado con una escarapela. Más aún, los símbolos patrios dan sentido a la idea de Bolivia, aglutinando a collas, cambas y chapacos, identidades mayores que hoy tipifican el país. Y cobijarán a identidades en gestación, esas como huevos en el buche de una gallina criolla: chaqueños, amazónicos, chicheños, chiquitanos, etc.
Pues los símbolos de la unión están en entredicho. Por ejemplo, la nacionalización de hidrocarburos fue el estreno de la nueva bandera, mamarracho del cuadrado de wipala cosido a la tricolor boliviana. Lucía en el casco del presidente Morales, a la cabeza de intrépidos militares que tomaron campos petroleros de civiles inermes, en el feriado ocioso del Día del Trabajo para mayor efecto mediático. Y nadie dice nada.
Ahora dicen que en su empeño de refundar (o refundir) el país, el partido de Evo propondrá en la Asamblea Constituyente la inclusión de la wipala, pendón indígena dicen, como símbolo patrio y defensa de la coca, junto a la ilustre compañía de la bandera rojo, amarillo y verde, el Himno Nacional, el escudo de armas, la escarapela, la flor de kantuta y la flor de patujú. Y nadie dice nada.
Como soy propositivo, sugiero una bandera pequebú (pequeño burgués), estrato al que pertenezco, como buena parte de los bolivianos. Que sea de algún color chic, como el ‘borra de vino’ que flamea en los cabellos de muchas damas; cocinaremos algún simbolismo existencial, como aquella de escasa evidencia etnográfica de la wipala. Si de estimulantes se trata, a la hoja de coca apareada de ‘gancho’ con la wipala como en las últimas funciones del circo, propongo añadir el chapunato, cóctel de toronja y ron Lacoste (por el caimán que adorna las latas de alcohol), con variantes como el ‘yungueño’ y central a las tradiciones culturales del trópico boliviano.
Me contaba un general retirado, de los “quiteños” que fueran exiliados al Ecuador por resistirse al dictador García Meza, que cuando llegó Fidel Castro a la posesión de Paz Zamora, uno de sus objetivos era enmendar relaciones con los militares bolivianos. Le fue negado reconciliarse con los enemigos de 1967 y dar golpe publicitario de paso: pesaban todavía las muertes de la guerrilla de Ñancahuazú. Hoy campea en el Palacio Quemado y en los ministerios la efigie del Ché. Pareciera flaquear eso que me dijera mi amigo, de que el último atropello que aguantarían las Fuerzas Armadas bolivianas sería desfilar y presentar armas a un podio de mandamases, con el fondo usual de Bolívar, Sucre, Santa Cruz y Ballivián: y al medio, el Ché Guevara al que vencieron en 1967. Al cabo, en el balcón presidencial boliviano siempre está al centro, de mandamás, el presidente de Venezuela. Y nadie dice nada.
Nos llenamos la boca con que la solución en Bolivia para conciliar la disparidad de gentes en su vasto e invertebrado territorio, es el concepto de unidad en la diversidad, reflejado en la aserción constitucional de ser un país multiétnico y pluricultural. No va más. Porque con los símbolos nacionales, ya ni esperan a la Asamblea Constituyente que se supone redefinirá las cosas. El momento político actual, más que tiempo de cambio, es de un paulatino resbalar hacia un autoritarismo centralista de corte oclocrático, que es el gobierno de la turbamulta, esa que en léxico oficial traduce como ‘movimientos sociales’. Si antes el centralismo tenía como base la hegemonía de la élite paceña, hoy tiene ribetes de totalitarismo de corte quechuaymara, neologismo falaz frecuente en el discurso presidencial. Y nadie dice nada.
Retrato de lo que ocurre en Bolivia es la aseveración de George Bernard Shaw de que la democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente. Montesquieu advertía de los excesos de la desigualdad y la igualdad extrema en la democracia: la claque podrida de talegazos y componendas de la representatividad democrática recuperada en los 80’s, se está degradando a despotismo en nombre de mayorías ignorantes. Es copia fiel de la dictadura populista de Venezuela. Y nadie dice nada.
Como cuando lanzaron el globo de ensayo de la reelección de Evo Morales, luego desmentida en el doble discurso del gobierno, en ese y otros temas. Camino a justificar la dictadura de los más, se ataca a la Corte Nacional Electoral, un bastión democrático representativo que no ha sido copado todavía. Como otros, desde que empezara esa innovación a la masacre blanca de los relevos de gobierno de antes: la forzada e hipócrita adhesión al salario presidencial cortado a la mitad, cuando se sabe que por debajo de cuerda compensan descuentos a los nominados a dedo del partido, incompetentes que no entraron por méritos. No es casual que el nuevo spot de propaganda del gobierno, aquel del ¡Evo soy yo!, evoque al monarca absolutista Luis XIV de Francia, ese del ¡El Estado soy yo! Y nadie dice nada.
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