La intolerancia llevará al desastre

Al calor del fuego atizado por la controversia sobre las autonomías, el tema del regionalismo se ha puesto candente. Más aún, cuando el gobierno muestra la hilacha de totalitarismo cuando declara irrelevante el resultado del referéndum sobre autonomías departamentales. Hoy es necesario sacar la cabeza de la tinaja para evitar que la lenta marea de la intolerancia regionalista nos ahogue dentro de ella.

Me sigue sacando sonrisa que hace años era directivo de un colegio cooperativo, fundado en Cochabamba para eludir la disyuntiva entre establecimientos fiscales huelguistas, escuelas religiosas segregadoras de género y pretenciosas schools que enajenan niños de su país so pretexto de aprender inglés. En la víspera del aniversario del colegio, una de mis hijas que debía bailar un tinku, rogó a su madre que yo, que debía discursear, ‘por favor, no hablase como camba’.

Qué bichito este de mi magín, que trae a colación la Bolivia de enconos regionales que se están volviendo étnicos sin serlo. Ha tenido que ver que el Presidente se ofenda porque le dicen colla, cuando él debiera dar ejemplo del orgullo de ser indio, mestizo o criollo; colla, camba o chapaco: cualquiera de las variantes étnicas, culturales y regionales que hacen a la diversidad de Bolivia. O puede que me hayan chocado amenazas aymaras de marchar a Santa Cruz a sangre y fuego, reeditando escenas de Terevinto en 1958. O quedó grabado en mi retina el puñete de un diputado gobiernista, colla, a uno opositor, camba; cómo el agresor se fue colocando en posición hasta propinar el golpe traicionero, cual víbora que repta hasta ponerse a distancia y morder su veneno.

Al calor del fuego atizado por la controversia sobre las autonomías, el tema se ha puesto candente. Más aún, cuando el gobierno muestra la hilacha de totalitarismo cuando declara irrelevante el resultado del referéndum sobre autonomías departamentales. Quizá se ve perdido después de anuncios de prefectos y entidades cívicas en Cochabamba, La Paz y Chuquisaca, amén de las de Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija, que proponen dar el Sí a la Autonomía, para “enterrar al centralismo por siempre y diseñar un país con mayor justicia, equidad, inclusión y desarrollo armónico”, como declaran los capitalinos.

Coletea el gobierno, más preocupado con un designio político dictatorial que con el diseño de una Bolivia progresista. En su propuesta de 45 regiones, evoca la cantonización étnica de Yugoslavia que la disolviera en media docena de países después de conflictos sangrientos. Trasunta el divide ut regnes –dividir para reinar- de Maquiavelo. El mismo Presidente de los bolivianos es portavoz de estribillos intolerantes, que exacerban lo que nos separa en la patria multiétnica y pluricultural que contempla la Constitución. Acertado quien lo retrató en musical quechua, como miski simi, jaya ch’unchula -boca dulce, tripas agrias-: que habla lindo, pero carga en sus entrañas resentimientos amargos.

Estrechando la mano del diablo se titula la narrativa del general canadiense que presidió la exigua fuerza de la ONU en Ruanda en 1994. Pequeño país africano de tres etnias -la mayoritaria Hutu, menos los Tutsi y la minoritaria Twa-, allí la intolerancia étnica fue culpable de 800.000 seres humanos trozados a machetazos, ante la mirada impávida del mundo. No he leído el libro, pero un recuento televisivo de su retorno a la nación del genocidio, dio cuenta de sus lágrimas al ver partir al destacamento armado belga que se lavó las manos días antes que empezara la matanza. Me impactó un comentario sobre la Iglesia Católica: teniendo la fuerza moral para evitar la tragedia sermoneando desde el púlpito dominical que Dios condenaba el odio entre Hutus y Tutsis, se dejó confundir con la “democracia de la cantidad”, adoptando una posición pasiva que toleró el genocidio porque los Hutus eran más y “tenían derecho a controlar y hacerse de todo el país”.

Me dirán que soy exagerado, que tragedias como esas solo ocurren entre negros. Entonces recuerdo a los palestinos inmolándose en buses de sus primos hermanos, los israelíes. Se me vienen a la cabeza limpiezas étnicas de eslavos del sur, a puro mazazo, en la europea ex Yugoslavia. Recuerdo los cuerpos ensangrentados de rubios ingleses e irlandeses. Evoco las pilas de cadáveres de judíos famélicos de la solución final con esa metódica eficiencia germana. El denominador común de las tragedias fue y es la maldita intolerancia. Que sea étnica, religiosa o política no importa. Es intolerancia pura y simple.

La intolerancia no es repentina como un tsunami. Es gradual como la marea, que sube de a poco los niveles del mar de resentimiento que todos llevamos dentro, hasta que rompe los diques de la conducta civilizada e inunda en odio que primero relampaguea en la mirada, luego arremete de palabra, después de hecho. Finalmente, mata a garrote, a machete, a balas, a gas letal. De soslayo habla de ella el Informe de Desarrollo Humano (IDH) 2004 del PNUD: “el multiculturalismo, rasgo básico de toda sociedad, en Bolivia tiende a desagregarse en cada uno de sus múltiples componentes, que así se vuelven auto-referentes, fenómeno en el que prima la desconfianza en el relacionamiento con los otros diferentes a uno. Asimismo se debilita la tolerancia social y política…”

Cuando Bolivia tenía el doble de territorio y tres mares, fue exiliado en ella el ilustre argentino Bartolomé Mitre. En un ensayo visionario, recomendó a los bolivianos sacar la cabeza de la vasija del provincianismo, otear el mundo, respirar aires de otros pueblos y modos, para remontar la estulticia y la cojudéz atávicas. Me permito acotar que hoy es necesario sacar la cabeza de la tinaja para evitar que la lenta marea de la intolerancia nos ahogue dentro de ella.

No ayuda la determinación autocrática por la opción política del todo o nada, de los designios del gobierno en la Asamblea Constituyente. Menos aún, la resistencia abierta a la autonomía, que lo que pretende es perfeccionar la democracia, mediante mayor delegación de poder y decisión a los departamentos del país. Subsanar ridiculeces, como que los prefectos tengan que rogar en la sede de gobierno, para lograr un camino vecinal entre poblados de su región.

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