Ciencia política para tontos

Especulaba si la Asamblea Constituyente será como aceite de hígado de bacalao o como aceite castor. El primero es un reconstituyente que buena falta le hace a Bolivia. El segundo impele a exilio apurado o te chorreas en los pantalones; expulsa tanto a los parásitos rateros como a la buena flora intestinal. Su defecto es que deja las tripas limpias, pero proclives a llenarse de bichos estalinistas de corte bolivariano.

Se especula si la Asamblea Constituyente será como aceite de hígado de bacalao o como aceite castor. El primero es un reconstituyente que buena falta le hace a esta Bolivia debilucha. El segundo impele a exilio apurado o te chorreas en los pantalones; expulsa tanto a los parásitos rateros como a la buena flora intestinal. Su defecto es que deja las tripas limpias, pero proclives a llenarse de bichos estalinistas de corte bolivariano.

En tales divagaciones estaba, cuando después de meses sin saber de un amigo, me mandó un correo. Quizá estaba en rehabilitación biliar, no tanto porque le guste la buena comida y el ron seco, que me consta que degusta, sino por la bronca de lo que pasa en el Chapare, después que él trabajara allí 10 años empujando el desarrollo alternativo, mientras los cocaleros, que ahora reinan en el país, clavaban sus abarcas en el barro para que el carretón no se moviera.

Mi amigo me envió una reseña de orientación cívica, Ciencia Política para tontos. La reformulé al contexto boliviano, donde sobran los necios, con la intención de aportar al buen entendimiento entre los electos en las urnas, por sesudo análisis de los votantes, para representarnos en la Asamblea Constituyente (uy, lo antedicho suena a demagogo; de creerlo estaría en el mismo plano de un político pinocho). Mi pretensión, pues, es picar un locoto valluno, cuando no un ají gusanito amazónico, o un aribibi cruceño, que hagan llorar, pero con sardonia, del actual escenario boliviano.

Casi seguro es que la Asamblea Constituyente no será una ópera seria y solemne, sino una zarzuela liviana y mordaz. Bosquejo algunos personajes de tal farándula en el teatro Gran Mariscal, que quizá cambie de nombre a Gran Ollantay, honrando al general de amores prohibidos con la princesa Cusi-Cóyllur, hija de Pachacuti, emperador Inca con quien ya se compara el Presidente Morales. El cambio podría darse en atención a la pose indianista de su gobierno, sin que importe que el drama colonial en sí sea tan mestizo como la mayoría de lo boliviano.

¿Qué personajes tendría la zarzuela, que bien pudiera llamarse Amanecer en Cullanasuyo? Una ciencia política para tontos, aplicada a un libreto, identificaría algunos. Para empezar, hay un gran número de estridentes tenores y sopranos masistas, entre los que se destacan ciertos tipos. Está el socialista de Lovaina: es uno que tiene dos vacas; el gobierno expropiará una vaca y se la dará a su vecino; se hinchará de plata montando una ONG para enseñarle a su vecino cómo administrar su vaca. La socialista bolivariana es una masista que tiene dos vacas; el gobierno expropiará las dos vacas y repartirá la leche; hará cola por horas para obtener leche; la leche estará agria o se acabará antes que le llegue su turno. Curioso es el socialista altiplánico: su prototipo es el Mallku Quispe y tiene dos toros; sus allegados son heridos o mutilados al intentar ordeñarlos: le echa la culpa a los k’aras. Alguno es socialista corcho: tiene tres vacas; era pirista y se cancheó la primera con cupos en la robolución del 52; luego fue mirista y le llegó otra medrando de la hiperinflación de la UDP; la última se la ganó de campesino masista de Sabaya, (cerca de Orinoca, ahora patrimonio nacional por decreto), donde no siembran, salvo cadáveres de agentes aduaneros, pero cosechan bien del contrabando. Hay algún socialista camaleón: era rosado, luego naranja, después azul y blanco, ahora a cuadritos de wipala. Hay muchos socialistas sin tierra: son masistas que no tienen ni una vaca; ganaban 15 pesos diarios de bloqueadores o manifestantes; agarraron la onda cuando avasallaron una granja lechera en el altiplano y se zamparon un churrasco de sus vacas de raza. Impunes, están camino a Santa Cruz con la misma cantaleta, si los dejan.

Los neoliberales son menos. Está el Neoliberal de corazón sangrante: es uno que tiene dos vacas; su vecino no tiene ninguna; se siente culpable por ser exitoso. Fíjense en el Neoliberal oligárquico: es un ex adenista que tiene dos vacas; su vecino no tiene una: ¿y qué?, dice. Hay uno que otro Neoliberal ganadero camba: es uno que primero tuvo una vaca: comió locro carretero (arroz, yuca, charque y agua de río) y bebió chapunato (alcohol con jugo de toronja); cinco años más tarde contó sus vacas y eran diez: comió palometa, arroz con yuca y bebió cerveza paceña; después de 10 años, contó sus vacas y tenía 50: comió pacumuto, arroz con queso y bebió singani; a los 20 años, contó sus vacas y eran 100: comió paella (majao) de mariscos, bebió whisky escocés y vino blanco; entonces llegaron avasalladores masistas, tumbaron el monte, vendieron las troncas, se comieron las vacas, cultivaron arroz en tierras que tornaron desérticas y se murieron de hambre.

En el elenco tocará pito algún cura tercermundista: no tiene vacas, pero le traen leche fresca sus feligreses; le gustaría que mande la poblada, con derecho a ser dueños de todo. Se cayó de la hamaca después de la paliza a un obispo en Venezuela; peor cuando se enteró de que en Bolivia iban a expropiar las escuelas religiosas y no habría más procesiones porque Evo y sus ministros son pachamamistas o comunistas.

La gran protagonista de la charada es Bolivia, país que es como una vaca lechera. Tanto que la ordeñan, la vaca es esquizofrénica. Algunas veces la vaca piensa que es camba, otras veces que es colla. La vaca camba no quiere compartir con la vaca colla; la vaca colla quiere controlar la leche de la vaca camba. Al fin la vaca clama para ser cortada en dos: la vaca esquizofrénica muere feliz. ¿Y los chapacos?, preguntará alguno. Pues con sus trillones de gas natural, comerán bife de chorizo argentino y porotos con rienda chilenos. Dirán: “bolitas, no sean giles, ¿viste?: ¡chitas la payasá!” Porque me late que son pachorrudos, no cojudos.

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