Mientras España, que sufrió la hemorragia de un millón de vidas en la Guerra Civil Española, ha restañado heridas y hoy se cuenta entre las 20 potencias del primer mundo, Bolivia sigue su penoso zigzagueo de cambiar todo para que todo siga igual, sufriendo otra masiva emigración de su gente, empeñada en irse a cualquier parte a trabajar de lo que sea.
Cosmoba suena a moscovita, le dije al dueño de la tasca en la rua Orzán y chef Antonio, al que felicitaba las delicias regadas con generoso vino de la casa, a base de pescado y frutos de mar, carnes y encurtidos bovinos y porcinos, con que sobrealimentaba mi cintura y mi ácido úrico, pero que saboreaba servido por su hija y cobrado por su esposa. Es juego con el apellido Camoba y que en Londres trabajaba de cocinero en el Children´s Hospital, cerca de Cosmos Place, respondió. Lo mismo que el vuestro es hoy un país de emigrantes, nosotros lo fuimos hasta hace 40 años: a los 17 marché a trabajar a Inglaterra y luego a Alemania.
No pude menos que ponerme tristón. Al cabo fui uno de varios en la diáspora boliviana en los 60′s, el mismo año que el gallego se marchó a Londres. Con la diferencia de que su país, que además sufrió la hemorragia de un millón de vidas en la Guerra Civil Española, ha restañado heridas y hoy se cuenta entre las 20 potencias del primer mundo. Mientras tanto, Bolivia sigue su penoso zigzagueo de cambiar todo para que todo siga igual, sufriendo otra masiva emigración de su gente, empeñada en irse a cualquier parte a trabajar de lo que sea.
Algo, si no mucho, ha tenido que ver el turismo en el salto español. Sopesen 60 millones versus cuatrocientos veintidós mil: son las cifras de turistas que cada año visitan España y Bolivia. Un cálculo pesimista de mil dólares por cabeza y he aquí que la madre patria recibe una transfusión anual de $60 mil millones de dólares en su economía. El turismo más mochilero a Bolivia, a razón de $500 por cabeza, la tonifica con $211 millones: un magro 0,4% de los ingresos hispanos.
Que España tenga 39 bienes merecedores de la declaratoria de Patrimonio de la Humanidad, comparados a los nacionales que se cuentan con los dedos de una mano, debe movernos no a la conmiseración envidiosa, sino a insuflar voluntad de logros concretos para que Bolivia se convierta en un país turístico por excelencia. Es tarea inmensa, pero vale la pena. Como esa potencia turística de varias autonomías que es el reino español, también tenemos leyenda, prehistoria, arqueología, historia, paisajes y diversidad cultural. Más todavía, nos sobra naturaleza y biodiversidad.
Ahora que se triplicarán los ingresos por el gas natural y, quisiera pensar, por las regalías mineras, cabe desear que no se quemen tales riquezas en el incensario del altar de las repartijas asistenciales. Invertir juiciosamente, sembrar el gas, debe ser una consigna patriótica para el gobierno de Evo Morales y los otros que vengan a través del proceso democrático.
No será solo cuestión de mejor infraestructura caminera o de medios de transporte más modernos. Es cierto, el equivalente español a los micros en Bolivia hasta se agacha hidráulicamente para subir o bajar pasajeros. Pero los diferencia de los bolivianos que a nadie, menos a una dama, se le ocurriría pedir a voz en cuello “me lo para, maestrito” y que el chofer acceda a parar sabe el diablo qué de alguna buena moza –o su vehículo en media calle, en plena curva, en cualquier lugar que no sean las paradas claramente señalizadas.
En el transporte, la puntualidad entraría con sangre con un reguero de tardones dejados por buses que partieron a horario. Con chóferes descansados, limpios y bien educados, que no acepten que se coma dentro del bus, peor si se trata de un oloroso pollo con papas aceitosas o patitas de cerdo con abundante picante, que saturan de emanaciones fragantes antes y después de comerlos. Que adviertan la falacia a madres que piensan que sus críos son querubines cuya caca no hiede. Que multen a machos que revientan sus vejigas en las paradas y a damas de pollera con mingitorio en la cintura, que se sientan en cualquier parte, chorrean, se ventean y ya está.
En vez de robar, o peor, asesinar turistas, se tendrá que educar en la simpatía de la sonrisa a peatones, taxistas, varitas y policías de semblante estreñido, cuando un despistado extranjero pida orientación. A guías ampulosas en soporte de papel y cedé, preferible es que las alcaldías impriman millares de planos del centro de las ciudades, con los atractivos turísticos claramente indicados, sin olvidar advertir que usarles como papel higiénico causaría insoportable picazón en las almorranas. Que las prefecturas produzcan mapas de circuitos turísticos en los departamentos, donde además de glosar los atractivos, indiquen cómo llegar a ellos y cuánto pagar por los servicios, aparte de actualizar su contenido cada dos años. Y prevenir que ocasionan diarreas si fueran utilizados como embalaje de alimentos.
De nuestro país apenas supimos en un flash televisivo en Galicia. Una semana después del Día de Difuntos, dijeron que seguía paseando a sus muertos, mostrando a una paisana portando una bandeja con dos calaveras enjaezadas de flores y panes. Un poco macabro, comentó una española. Acoté que mucho peor es atar antorchas a los cuernos de un toro, acosarlo a lanzadas y enloquecerle de miedo y dolor antes de la hazaña de matarle en la plaza del pueblo, cosa que hacen en España so pretexto de la tradición. No era de mi etnia la de las calaveras, pero saco la cara por mi Bolivia, qué caray. Pero me queda el sabor amargo de reflexionar sobre un país limosnero, que da la espalda a lo que sería su pasaje a la prosperidad: la industria sin chimeneas del turismo.
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