Qué diferencia con la seguridad social de España. En Bolivia, más de dos millones y medio son mal atendidos por una que pretende cubrir gastos sin ingresos, o con recursos que son pura tinta en el papel de pagarés del Estado, que se los ha gastado o nunca los hizo realidad. Proponen gastar más de lo que no hay, modificando la edad para jubilación de 65 a 55 años para varones y 50 para mujeres. Los politiqueros cederán poco antes de elecciones nacionales, ante la presión de 850.000 gremiales, artesanos y trabajadoras del hogar que propugnan ingresar a los beneficios.
¿Graznan las gaviotas?, me preguntaba al escuchar su plañidero sobrevolar en el cuarto de hotel en A Coruña. Sin resolver la cuestión escuchaba el quejumbroso “no puedo ser feliz/ no te puedo olvidar/ no se puede tener/ conciencia y corazón”, en la voz del gran bolerista cubano Benny Moré, que le cantaba a un amor de carne y hueso. Pues tener conciencia y corazón es posible, pensaba, cuando decidí escribir sobre la seguridad social, en base a unos apuntes que tomé la vez que acompañé a mi esposa, de polizonte, en una visita dentro de su especialización judicial. En plena sesión de honor, un ronquido mío desencadenó un codazo suyo y me llevó, adolorido en mi amor propio, a mirar vitrinas callejeras mientras le esperaba.
El interés por la seguridad social partió de contrastar la realidad española con la boliviana. En Galicia, un mesurado funcionario exhibió orgulloso que su institución sobresale por su eficacia en la maraña de la burocracia hispana. Uno, que se indujo en sus burócratas la mística de servicio al bien público. Dos, que su institución apega su cobertura, tanto en ingresos por cotizaciones, como en egresos por prestaciones, a la progresión de la economía hispana. Tres, sus ingresos y egresos cuadran sin déficit y el 93,5% de su presupuesto anual de 80 millones de euros no se insume en la arena de salarios al personal, sino que honra prestaciones económicas, asistencia médica y servicios sociales. El saldo de 4,53% y 0,75% es overhead administrativo magro para operaciones financieras y tesorería e informática, respectivamente. Una repartija de la torta que sería un gran logro en cualquier país.
Contrasté la situación en Bolivia. A 50 años del Código de Seguridad Social, el advenimiento del gobierno de Evo Morales no ha cambiado cosas y seguimos con más de lo mismo: huelga de hambre por aquí, reposición salarial por allá; paro indefinido por acá, un obrero a la presidencia del sector por acullá. Me pongo al frente de aseveraciones cuerudas de que las huelgas y paros no afectan la calidad de los servicios de salud. Para qué tenerlos, me he preguntado muchas veces, cuando se va a languidecer o a morir anclado en hospitales donde no hay ni aspirina para paros cardíacos, pero abundan paros de empleados sin mística; sopapo a su insensibilidad ha sido la llegada de médicos cubanos, que enrostran que aún en urbes principales hay demasiada gente sin atender de las más sencillas y curables afecciones. El régimen de pensiones se debate en el infierno del incierto nuevo sistema, más aún después de la resurrección de YPFB con los fondos de los bolivianos retenidos en las AFP’s, el purgatorio de la antigua modalidad de jubilación y el limbo de la “generación sándwich”.
Más de dos millones y medio de ciudadanos son deficientemente atendidos por una seguridad social que pretende la alquimia de cubrir gastos sin ingresos, o con recursos que son pura tinta en el papel de pagarés del Estado, que se los ha gastado o nunca los hizo realidad. Como somos estúpidos, algunos salvadores de la patria proponen gastar más de lo que no hay, modificando la edad para jubilación de 65 a 55 años para varones y 50 para mujeres. Como somos ilusos, los politiqueros cederán, lo más probable que poco antes de elecciones nacionales, ante la presión de 850.000 gremiales, artesanos y trabajadoras del hogar que propugnan ingresar a beneficios que escasean en los hechos. Hasta los abogados, cuándo no semejante sacrificado gremio, lloriquean que son discriminados de los servicios de medicina, odontología, laboratorio clínico, farmacia y de pensión de jubilado, que son puros espejismos, en la mayoría de casos, dentro la seguridad social boliviana.
Pero es improbable que algún dirigente político tenga la valentía de ponerle el cascabel al gato fulero de la seguridad social en Bolivia. Así como Jesús dijo que es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico ingrese al reino de los cielos, en Bolivia es más probable que ingresen al sistema cleferos, changadores e indigentes, antes de que en el ambiente politiquero en que se manejan los asuntos públicos se reconozca un hecho simple en la seguridad social: no se puede tener lo que no se puede pagar.
Pregunté al orondo funcionario público cual había sido el punto de quiebre entre un pasado ineficiente y corrupto y la actual bonanza de la seguridad social en España. Me dijo, medio a sotto voce, que había sido Franco quien devolvió el sentido de respeto y acatamiento de las leyes. No que le importase un bledo, acababan de quitarle al Caudillo el último de los títulos Honoris Causa que le dieron en vida: de la Universidad de Salamanca, hermosa ciudad adulada por el dictador. Y en un viaje a Ferrol, donde nació, constaté que los resabios de resentimiento que persisten en España, tenían la casa de Franco como santo en Cuaresma, tapada con un velo que cubría hasta la plaqueta recordatoria. Pero a diferencia de los bolivianos, que son minuciosos como orfebres en desmantelar todo lo que hubiese construido el gobierno precedente, los españoles conservan lo bueno para seguir construyendo el progreso de su país.
¿En qué terminó la saga del codazo al dormilón? Pues en que no hay mal que por bien no venga. Para consolarme bebía una caña, como llaman en España a la cerveza de barril, en el mesón O’bo al lado de la Inspección Provincial de Trabajo y Seguridad Social de A Coruña. Entonces descubrí que su cocinera había ganado un primer premio nacional de la tortilla con patatas. Degustaba una ración cuando me enteré que Carmen Castedo, ganadora del concurso el año 2003, no solo seguía firme en su trinchera gastronómica, sino que había preparado mi plato. Ahí mismo pedí su autógrafo: no todos los días comes tortilla española de una campeona.
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