Inocentada onírica sobre la corrupción

En un país donde se hace escarnio de la presunción de la inocencia y del derecho al debido proceso, cuidado con que la Ley contra la corrupción, la impunidad y la investigación de fortunas, termine pareando a Marcelo Quiroga Santa Cruz con torvos personajes como Tomás de Torquemada y Joseph McCarthy.

No sé si es porque la Nochebuena no lo es tanto para los huérfanos, los entenados y los desposeídos; tal vez tenga que ver el que estuve ausente de mi país demasiado tiempo, o quizá como el mutilado a su pierna cercenada, extraño hijos perdidos a la separación de la distancia. Lo cierto es que en esta Navidad no dejó de ser invitada subrepticia una tristeza secreta, y la disimulé, con los ojos vidriosos, llevándome a la boca otra cucharada de picana. Antes de una siesta de barriga llena y corazón contento, distraje la melancolía con la lectura de anuarios de fin de año de los periódicos.

Entérense, amigos, que el 9 de diciembre se recordó la Convención Internacional de Lucha contra la Corrupción, aprobada por Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) en 2003, y la que Bolivia fue noveno país en adherir en junio de 2005, mediante Ley de la República. Menos mal que en el trámite en el Senado, con mayoría opositora hasta que el gobierno hizo ofertas que no pudieron rehusar una trinca de vuelca gorras, no tuvo que ver Andrés Gallardo, cuya sonrisa piola festoneaba una glosa haciendo conocer que este representante de no sé que distrito y qué importa cual partido político, faltó al plenario en 14 sesiones, pidió licencia en otras 14, y fue reemplazado por el suplente en 42 ocasiones. Tal forma de corrupción debiera ser castigada con la publicación de su foto, bajo rótulo de “Diputado Chachón”, si la sanción efectiva fuera norte de nuestros legisladores.

Cercano a mi corazón fue conocer que un promedio de 50 alcaldes por mes fueron procesados por anomalías en el manejo de fondos públicos, que aunque no lo parece, es dinero de todos. Tan insólita medida algo le debió a la Movida Ciudadana Anticorrupción (MCA), que el pasado 12 de diciembre desarrolló la “Jornada por la Honestidad”, en la plaza Avaroa de la sede de gobierno, con la participación de 15 entidades estatales, no gubernamentales y organizaciones sociales. Entonces se me apareció Marcelo Quiroga Santa Cruz, preocupado de que su nombre fuera trapeado en otra mentira en este país de grandes apariencias y escasos logros: la Ley contra la corrupción y la impunidad. Y me despertó el zarandeo de mi esposa, inquieta de los revuelcos y el sudor frío en que me tenía la pesadilla, cual inocentada onírica ocasionada por dormir con el estómago repleto.

Porque los 50 alcaldes procesados mensualmente ocurrió en Brasil. Y congresales como el Gallardo faltón y el trío de reveseros explican que hace más de 10 meses, la ley honrada con el nombre de Marcelo Quiroga Santa Cruz sigue penoso trámite en el Congreso. Pareciera que de dientes para afuera hay entusiasta voluntad para aprobarla: ya en marzo 2006 los partidos políticos con representación parlamentaria anunciaban su respaldo. Pero así como es época en que la lluvia bondadosa con la tierra reseca, puede tornarse en tormenta de granizo destructor, el doble discurso de la intención política aviesa le pone trabas a una norma de urgente necesidad.

En un país donde se hace escarnio de la presunción de la inocencia y del derecho al debido proceso, cuidado con que la Ley contra la corrupción, la impunidad y la investigación de fortunas, termine pareando a Marcelo Quiroga Santa Cruz con torvos personajes como Tomás de Torquemada y Joseph McCarthy.

El primero fue un religioso español famoso por hacer de la Inquisición un implacable organismo de persecución religiosa. Católico radical, percibía a los judeoconversos, musulmanes y apóstatas como capaces de destruir a la Iglesia y al Reino de Castilla y Aragón. Hoy tenemos fundamentalistas como Román Loayza, en cuyas manos la Ley Quiroga Santa Cruz sería como la Inquisición: los enemigos del Reich de 200 años que tal alucinado proclamó hace poco, serían los neoliberales, k’aras y oligarcas.

Torquemada utilizó la Inquisición durante 11 años para mandar a la hoguera a unas 2.000 personas; las inculpaciones eran extraídas mediante tortura y se quemaba en ceremonias públicas. Hoy, sin proceso previo se encarcela a ejecutivos a los que se quiere forzar a renunciar, como el Ing. Bakovic. Dicen que la influencia del cura fanático sobre los Reyes Católicos fue decisiva para la expulsión de los judíos en 1492; mañana en Bolivia se puede hurgar la xenofobia para quitar tierras a productivos menonitas. Si a guisa de impune justicia comunitaria queman ladronzuelos, linchan autoridades y asesinan a militares, tenemos un contexto adecuado para luchar contra la corrupción al estilo de la Inquisición.

McCarthy fue el tristemente célebre senador que encabezó la caza de brujas políticas en Estados Unidos, en la paranoia de la Guerra Fría. Denunció la infiltración de comunistas y por 3 años acusó y acosó de subversivos a funcionarios y artistas; reflejo del ambiente de esa época, sus acusaciones sin pruebas fueron tomadas en serio. Créanme que el senador Antonio Peredo, ejemplo de moderación hasta ahora, en sus últimas actuaciones me recordó a McCarthy. Quizá urgido por sus mandantes de ser más activista, pareciera haber perdido la brújula democrática al justificar métodos de la GESTAPO en el apresamiento inconstitucional de un ciudadano cubano.

A mí que me revisen, pero son muchas cucharas en la olla adosar la investigación de fortunas y el tema de la impunidad a la ley propuesta, aparte de que guerra avisada no mata moros. Si la Ley Safco ha sido inefectiva en meter a la cárcel a los rateros que medran del Estado, la Ley Marcelo Quiroga Santa Cruz quizá tendrá demasiado de fanáticos quemadores en hoguera y de cazadores de brujas políticos en ese criollísimo “te agrediré hoy que tú me agredirás mañana” de la politiquería boliviana. Al tiempo que los vampiros que sangran al país, bien gracias. Y la lucha contra la corrupción seguirá siendo una inocentada onírica.

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