De la congoja a la náusea

Mentira que los “movimientos sociales” son una categoría sociológica, siendo apenas un sinónimo de turbamulta, que no es novedad en la contienda política en Bolivia. Su versión contemporánea son las montoneras masistas, organizadas en gremios, equivalentes en jerga castrense a los batallones. Los dedos de titiritero que les prestidigitan son capitanes pagados por el régimen.

No me canso, ganso, de repetirlo, mirlo, oclocracia es el gobierno de la muchedumbre o de la plebe amontonada en turbamultas. El 16 de enero de 2007 vivió un momento estelar en Cochabamba. Conviene insertarlo en los anales de la patología de masas, dentro del acápite de intentos de putsch políticos, que en la historia han malparido engendros monstruosos. Son ejemplo de anomia social que es antesala de totalitarismo, donde poco importa si son zurdos o diestros, como lo demuestran la Rusia de Stalin y la Alemania de Hitler. O regímenes populistas como la Argentina de Perón o la Venezuela de Chávez.

La dinámica de la turbamulta es impredecible cual cornada de toro furioso, que nunca se sabe si irá a la derecha o a la izquierda, arriba o abajo, como algún torero lo ha sufrido. De tal verdad fue inoculado -¿será que prende la vacuna?- el gobierno de Evo Morales, cuando se descontroló el manejo de la turbamulta y derivó en la coronación bufa del Comandante Loro del Ejército Guerrillero Túpaj Katari (EGTK), en la precarnavalera política de un gobierno departamental “popular”.

Es momento de reflexionar con calma, dice alguno. Evoca a la señora despistada que en algún episodio de Los Simpson, en reunión de ciudadanos, preguntaba una y otra vez que quién se acordaba de los niños, cuando el tema en tapete era la contaminación nuclear, o el incremento de los impuestos. No opinaré sobre si ya hay guerra civil en Bolivia, como arguye otro, aunque lo sucedido en Cochabamba parecía una escaramuza de tal insensatez. Pero desde mi trinchera desenmascaro unas falacias de moda, que de tanto repetir, hasta son coreadas por medios noticieros respetables.

Mentira que los “movimientos sociales” son una categoría sociológica, siendo apenas un sinónimo de turbamulta, que no es novedad en la contienda política en Bolivia. Su versión contemporánea son las montoneras masistas, organizadas en gremios, equivalentes en jerga castrense a los batallones. Los dedos de titiritero que les prestidigitan son capitanes pagados por el régimen, cuya guardia pretoriana son los milicianos cocaleros. Ni cómo negar que el Estado Mayor de tal ejército radica en la Plaza Murillo. Digan lo que digan para lavarse las manos de la sangre vertida en el zafarrancho, en Cochabamba los dirigía un senador del MAS, regante cuyo mérito no es aumentar el flujo de aguas para riego: aleccionaba a la poblada incendiaria y festejó, cual maestre de un culto diabólico, la muerte de un joven asesinado con alevosa saña. Su brazo derecho era una senadora suplente del partido de gobierno, filmada desviando víveres donados para socorro de afectados por desastres naturales; ¿le aplicarán la Ley SAFCO? Conclusión una: el gobierno organiza.

Mentira es que las turbamultas sean impulsadas por la conciencia social de los movilizados. Los cocaleros son amenazados de multa si no aceptan turno en las vigilias, manifestaciones y bloqueos; o peor, de quitarles su pedazo de tierra. Su desplazamiento corre por cuenta del gobierno. Aparte de los víveres escamoteados, es conocido que reciben un jornal diario, en burla cruel de generación de empleo, en país donde es problemático conseguir albañiles o plomeros: casi todos han migrado. Pero Evo canceló los gastos reservados, dirá algún escandinavo ingenuo, ignorante de que cuenta con millones de libre disponibilidad del padrino caribeño, amén de dineros de colectas en países como Suecia, que, si hubiera seguido la senda oclocrática que hoy campea en Bolivia, no tendría los niveles de bienestar de que gozan sus dadivosos ciudadanos. Conclusión dos: el gobierno financia.

Transité de la congoja a la náusea por lo ocurrido en el corazón de la patria, leyendo un comunicado de la Cancillería para uso en el exterior. Según tal trapeo de la verdad, lo ocurrido en Cochabamba fueron agresiones de “grupos intolerantes contra los movimientos sociales que buscaban de manera pacífica respuestas a sus legítimas demandas”. Bueno, la “legítima demanda” era echar de su cargo a un Prefecto electo. La “manera pacífica” fue bloquear el centro de la ciudad y sitiar y quemar la gobernación. En su lógica mentirosa, una inepta ex Ministra de Gobierno no destituyó al jefe de policía en medio de la trifulca, ni replegó a los guardianes del orden poniendo la alfombra roja a los pirómanos. Los “grupos intolerantes” eran ciudadanos cansados de una ciudad sin Dios ni ley, donde hasta el municipio hizo de polvorín de los exaltados.

Exhortando a la paz, grupos cívicos cancelaron una concentración en un sitio lejano a los sitiadores. Éste fue ocupado por enardecidos ante rumores de que “aviones llenos de cambas” aterrizaban en la ciudad. Desafiando a los “oligarcas, k’aras, hijitos de papá”, a que se atreviesen a venir, al día siguiente tomaron de su propia medicina en la batahola resultante. Fueron dos muertos y más de 200 heridos, muchos sin contar porque acudieron a clínicas privadas.

Por eso del hipo fui a las arcadas porque un fundamento que sustenta la candidatura de Evo Morales al Premio Nóbel de la Paz, es “su permanente predisposición a la solución pacífica de los conflictos, demostrada como dirigente sindical y como Presidente”: que lo digan los muertos de Huanuni. Y vomité mis tripas con otro punto: “el respeto a la diversidad cultural”, más “su invariable discurso y acción contra los revanchismos étnicos y el ejercicio de la justicia por mano propia”. Lo pregonan los muertos en Ayo Ayo, Huarina y el malherido asesinado en Cochabamba. Que lo digan los cocaleros del Chapare, que paraban buses de pasajeros provenientes de Santa Cruz y amenazaban, cuando no forzaban el retorno, de quienes eran identificados como orientales por el carné, o según algún ocurrente, por hacerles contar hasta 10, donde no pasaban del “doj” o “trej” camba en vez del “dosh” o “tresh” colla.

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