Bolivia ya figura como lunar canceroso en el mapa de riesgo político y económico en la América del Sur, en compañía de Ecuador y Venezuela, donde invertir es más una aventura que una apuesta empresarial. Después de la expropiación de Vinto a la Glencore, será visto como si hubiese contraído un virus ébola altamente contagioso: ni la Madre Teresa rediviva va a querer darnos la mano.
Qué envidia causa Perú, un vecino país 6.68 veces más que Bolivia. Para no hablar de Chile, 7.46 veces mayor. O de Argentina, 22 veces más grande. O Brasil, 59.4 veces. Hasta el pobre Paraguay es 1.13 veces mayor. No hablo de territorio ni de gentes, sino del tamaño de la economía medida por el producto interno bruto. Cavilaba estas cifras pensando en la Glencore, la empresa suiza a la que expropiaron la refinadora de estaño en Vinto, no el de manzanares en Cochabamba, sino aquel pétreo del altiplano de Oruro.
Allí se realizó un sueño secular de Bolivia: transformar los minerales de las entrañas bolivianas en estaño de buena ley. Convertir al país en exportador de metal en vez del triste rol de arañador de socavones, changador de bolsas metaleras en ferrocarriles foráneos, camino a mares extrañados en buques ajenos, hacia refinerías inglesas de magnates dizque bolivianos, pero con sede en Nueva Jersey, Estados Unidos.
Acostumbrado en su provincianismo a ignorar de negocios que cotizan en bolsa de valores, qué puede imaginar un impulsivo y desaprensivo Evo Morales que estuviera jodiendo al país al ‘nacionalizar’ Vinto para agradar a Oruro el 10 de febrero de 2007. Porque los reverberos después del soponcio de la expropiación vienen después, igual que un maremoto engendra tsunami destructor. Me lo recordaba un amigo alemán, tal vez con más tiempo y tino para navegar en la cornucopia de información del Internet, que el pesado ambiente del entorno adulón de asesores nacionales y extranjeros del Palacio Quemado.
Porque bastaba entrar al sitio www.glencore.com para enterarse que la firma suiza no es “a small fry operation”, ni tampoco empresita “fly by night”, que es como los gringos describen a compañías chilicutis, o montadas entre gallos y media noche para timar, como alguna que oferta invertir en negocios al nuevo YPFB. La Glencore es una corporación de alcance mundial, con intereses en aluminio, zinc, cobre, plomo, níquel, carbón y aleaciones ferrosas. Tiene también inversiones en agricultura. Solo en el negocio petrolero controla el 3% del consumo mundial de crudo y productos refinados. Sus ventas en el año 2005 estuvieron en el orden de $91.000 millones (3.3 veces el producto interno bruto de Bolivia). Sus activos fueron $32.000 millones, lo que significa que todo lo que produjo Bolivia en bienes y servicios, unos $27.000 millones, no alcanza para adquirirlos.
Vayan unas puntualizaciones para los que se regodean, ebrios de orgullo patriotero y etnocéntrico, excitados por el discurso del presidente Morales de quitar Vinto a los gringos explotadores, amenazándoles, además, de iniciar juicio por daños y perjuicios. Primero, con toda seguridad los $140 millones de dólares que le costó la inversión en Bolivia a la Glencore, son como un pelo en el gato. Segundo, la estúpida ‘nacionalización’ de Vinto tendrá efectos dañinos al país, en proporción mucho mayor que el efímero gozo de “quitar algo a los gringos poderosos”. Será como amorío subrepticio, torpe y carnavalero, con el que se termina, meses después, en un diagnóstico positivo en examen de SIDA.
Como primera medida, la Glencore se preocupará de los clientes a los que no podrá cumplir por el desatino boliviano. Después, ponderará el coste de acciones legales para obtener indemnización. Mentira es que nacionalizar las minas a los barones del estaño o la nacionalización de la Gulf Oil, que no fueran compensados tales hitos de la adrenalina patriotera. Es mentira también que la expropiación de Vinto no signifique devolverles, dólar sobre dólar y algo más, lo invertido por la empresa suiza. Son fanfarronadas presidenciales las amenazas de juicios a la Glencore.
Lo más dañino es que Bolivia será puesta en la lista negra. ¿Qué más queremos que estar en lista negra del capitalismo neoliberal e imperialista?, elucubrará algún alucinado de la retórica de la nueva izquierda, que tiene en Fidel, Hugo y Evo su trinidad de idiotas latinoamericanos. Pues ello significa que se bloquea toda inversión en Bolivia. En una corporación como Glencore, eso alcanza a decisiones internas, efectos corporativos externos y consignas negativas en organismos de protección de inversiones privadas en el mundo. A nivel de nación, Bolivia tiene tratados de protección de inversiones que ahora se atropellan y que serán motivo de fricción con otros Estados. El país ya figura como lunar canceroso en el mapa de riesgo político y económico en la América del Sur, en compañía de Ecuador y Venezuela, como un lugar donde invertir es más una aventura que una apuesta empresarial. Ahora será visto como si hubiese contraído un virus ébola altamente contagioso: ni la Madre Teresa rediviva va a querer darnos la mano.
Qué afán de abrirse frentes en un gobierno que anda perdiendo las riendas de la gobernabilidad, dirá alguno. Pero a río revuelto, ganancia de pescadores. Y el pescador mayor en el entuerto boliviano es Venezuela, país del que ya somos una suerte de protectorado, con amenazas de envío de tropas para auxiliar al régimen de Evo Morales, el posible suministro de armas de mayor poder de fuego que los fusiles máuser de los Ponchos Rojos, y el cuidadoso copiado de libreto venezolano para hacer un dictadorzuelo de Evo Morales, un clon de quien acaba de consumar su transición de presidente a dictador en la tierra del Libertador. Porque con estupidez como expropiar Vinto a la Glencore, siendo un país paupérrimo, solo quedará la dependencia de los petrodólares que Hugo Chávez maneja a su antojo.
Etiquetas: Economía boliviana, Expropiación, Recursos Naturales, Seguridad jurídica