De que Kelly no fuera llamada Cusi Coyllur y no quiera ser originaria lo imponen tiempos de una irreducible globalización. El quid del asunto es si so pretexto de cambios en favor de los más desposeídos, que apoyamos la mayoría de los bolivianos, nos embuten la camisa de fuerza de la dominación hegemónica de una de sus etnias. Pero los activistas aymaras que la propugnan no son la mayoría ni en su etnia.
No importó que q’elli, que en quechua suena casi igual que Gene Kelly o Grace Kelly, pero que significa caprichoso o mañoso, que su madre -criolla mestiza como la mayoría de los bolivianos- le pusiese ese nombre a su primogénita. Yo mismo tal vez apenas atiné a orinar, cosa corriente cumplido el año, cuando me llamaron Winston: eran tiempos en que la II Guerra Mundial era equivalente al Campeonato Mundial de Fútbol y los Juegos Olímpicos juntos, y se escuchaban sus vicisitudes por la radio de onda corta. Pero tuve suerte de que mi padre creyese en el gran Churchill, el Beckham de entonces, aún antes de la batalla de Stalingrado, punto de inflexión en lo que hasta entonces era una ola de victorias germanas; no le fue tan bien a uno llamado Hitler, que de adulto inició trámite legal para cambiar de nombre.
Tamaña introducción es para aligerar un tema sério demais, como diría un carioca, cuyo portugués haríamos bien en aprender. En otros tiempos quizá tales extranjerismos se tildaban de alienación cultural. Hoy deben ser tomados como irrefutable e inevitable evidencia de la globalización, fenómeno acelerado por la revolución de las comunicaciones.
Es algo que soslayan los ideólogos mentecatos que inventaron el término “originario”. No tendría trascendencia que el discurso del Presidente de los bolivianos tenga especial predilección por lo “indígena-originaria”, salvo que sobre el “originario” descansa el ideario de la tan mentada Bolivia del cambio que propugna el gobierno de Evo Morales.
¿Qué es ser “originario” en el léxico de la nueva izquierda boliviana? Asumiendo que es ser oriundo de una de las etnias sobrevivientes del peculiar proceso de aculturación boliviano, ¿cuál es el punto cero desde que se cuenta tal sentido de pertenencia? Porque en la dinámica de cambio sociocultural a lo largo de la historia, no es lo mismo definirlo a partir de cuando huestes incas ocuparon Tiahuanaco en el siglo 15, encontrando el sitio en ruinas, que cuando los españoles hollaron suelo charquense, poco tiempo después de que los orejones cuzqueños habían reducido a sangre, fuego y apareamientos, (vaya modo de sojuzgar este último), a los cacicazgos aymaras. O el primer censo boliviano, que fue la “visita” del Virrey Toledo en 1572.
Y es que el concepto es tan espurio como originaria es la whipala, que desciende de los pendones hispanos de Flandes. En un país cuya diversidad se debe a las variedades y matices de mestizaje, el concepto de “originario” tiene una clara intencionalidad política. Es una noción político-partidista de carácter excluyente, mientras que la de mestizo, categoría que abarca más del 70% de la población boliviana, es integradora. Porque el mestizaje junta bajo un mismo paraguas a poblaciones diversas dentro el país; afuera de él, inserta la variante boliviana al conglomerado de la “raza cósmica” latinoamericana, que a su vez enriquece lo diverso de la aldea global que es el planeta Tierra.
La madre del cordero es una estrategia política de divide ut regnes, divide para reinar, practicada desde muy antiguo, pero definida claramente por Maquiavelo. Basta comparar el mapa de la división política de Bolivia en nueve departamentos, con el de los trescientos y pico municipios del país. No es solo cosa de coyuntura política, ocasionada porque le salió corneta al gobierno la elección de prefectos complacientes a sus designios, que motiva hoy que se privilegie la relación directa entre municipios y gobierno central, dándole la espalda a los gobiernos departamentales y a los prefectos disidentes. No es tampoco que el régimen esté empeñado en profundizar una descentralización administrativa que le debemos a las reformas estructurales del odiado Goni.
Se trata de una característica de la estrategia política gubernamental, de la que es parte el concepto de “originario”, con clara intención hegemónica y autoritaria. ¿Alucino? No señor, lo reconoce el intelectual aymara Esteban Ticona, que siendo sociólogo y antropólogo, solo por el canciller yatiri que lo preside se entiende que funja de director de la Academia Diplomática: “para qué queremos autonomía si vamos a gobernar todo el país” parece ser una expresión común en el discurso “originario”.
De que Kelly no fuera llamada Cusi Coyllur y no quiera ser originaria lo imponen tiempos de una irreducible globalización. Pero el quid del asunto es si so pretexto de cambios en favor de los más desposeídos, que apoyamos la mayoría de los bolivianos, nos embuten la camisa de fuerza de la dominación hegemónica de una de las etnias que nutre el caudal mayor de la bolivianidad, constituido por el mestizaje. Porque así como los activistas aymaras que la propugnan no son la mayoría en su etnia, ese gran pueblo de fenicios bolivianos tampoco es el mayor segmento poblacional del país. Igual que Kelly no desea ser originaria, tampoco aguantará ser dominada por blancos, mestizos, quechuas, ni cualquiera de las treinta y tantas etnias indígenas del Oriente. Menos de la etnia aymara, que sus ideólogos y adláteres quisieran que fuera primus inter pares, primera entre iguales, a tiempo que esconden intenciones totalitarias.
Al final, miente y miente que algo queda, decía Goebbels. Solo así se explica la vigencia de un concepto falaz como el de “originario”. Es parte del aguacero de sandeces que empapa las noticias diarias. Como el de la ministra de Justicia que clama: “ya era tiempo que Chito Valle sea ajusticiado”, alegre de que se lo lleve a la justicia. Y que una ministra de Desarrollo Rural, beniana que parece que nunca tuvo el agua hasta el coto y las reses que se mueren no son de ella, asevere que “el estado de desastre natural se declara cuando se presenta una catástrofe como un tsunami o un terremoto.” Cuidado que se contagien dengue o fiebre hemorrágica por hablar huevadas.
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