Ni americanos ni venezolanos feos

Historiadores bolivianos sostienen que la afrenta malagradecida de enviar de vuelta a su país al Mariscal Sucre con el brazo libertador tullido, tuvo que ver con la exaltación del nacionalismo. Quizá el devenir adverso de Bolivia tenga que ver con algún maleficio al respecto. A la exacerbación de ridículos indigenismos, prefiero un nuevo nacionalismo boliviano que se enfrente a nuevas formas de dependencia. Ni americanos, ni tampoco venezolanos feos.

No es del norte de donde llegan las tormentas que dañan maizales y alfalfares campesinos; ni los aguaceros que punzan el alma de migrantes agarrados de uñas y dientes a laderas deleznables. No son septentrionales las lluvias que empreñan quebradas pedregosas, de aguas que fluyendo a la pampa roban sueño a los agricultores que perderán millonadas en lagos de soja; ni son septentrionales los rebalses, lentos pero inexorables, de ríos que suben hasta hacer mares de llanuras y matar reses a miles.

En nuestro hemisferio vienen del sur. De vastedades antárticas que se derriten por el calentamiento global, debido a industrias y vehículos que vomitan dióxido de carbono: como se devuelve al espacio parte de la radiación solar, ésta es bloqueada dentro la atmósfera de la Tierra dando origen al llamado efecto invernadero. Su resultado son desajustes en el frágil equilibrio de temperatura de aguas oceánicas y vientos y nubes en formación, que ahora tienen nombre de fenomenales Niño y Niña, sálvese quien pueda.

Este año un oriniento Niño se ensañó con Bolivia, principalmente con sus dos tercios nororientales. Todo mientras el Presidente, viajes por aquí, viajes por allá, se ufana de conseguir ayudas por aquí, ayudas por allá, que luego se encogen ante la muralla de leyes de donantes que se manejan en Estados de Derecho, y el sentido común de no dar más al que no sabe aprovechar sus riquezas e invertir con juicio las ayudas. Su régimen se muestra negligente y cae en chambonadas. Su entorno de bisoños e ineptos repite, una y otra vez, el estribillo mirista: “no son delitos, sino errores”, cual mantra de fanáticos Hare Krishna gobernando, a los que les faltan campanitas pero les sobra la retórica de aparentes cambios. Observen el sainete de errores de forma y de fondo en contratos petroleros: tanto bombo y platillo, tanto posar en actitud heroica en nacionalizaciones de pacotilla, para que hoy miles hagan cola para conseguir garrafas de GLP y otro tanto ennegrezcan sus ollas cocinando a leña.

Pero si el Niño no moja desde el norte, salpicados estamos por males que llegan del septentrión. A la dependencia tradicional de la primera potencia mundial, ahora llegó la variante venezolana, montada en corcel bolivariano de mesianismo populista, con las alforjas llenas de petrodólares. Mostró la hilacha hace poco, cuando Evo Morales retornó del Japón.

Llegó justo a tiempo para que el pupilo boliviano del populismo chavista matara no dos, sino cuatro pájaros de un tiro. Uno, retomó protagonismo para seguir siendo prima donna mediática, cual versión en helicóptero ajeno del René Barrientos que en su avión llevaba plata en maletín a pueblos olvidados. Dos, relegó a prefectos disidentes a segundo plano, al explotar réditos de popularidad de la desgracia ajena, todo un Santa Claus en marzo, llevando ayuda a damnificados de inundaciones. Tres, apoyó al padrino venezolano en refriegas baladíes de gira alternativa a la del Presidente estadounidense por Latinoamérica. Cuatro, dio una vuelta más a la llave de la dependencia de Venezuela, cuyo mandamás ordena e insulta en Bolivia como si fuera su fundo.

Quizá muchos bolivianos preguntarían dónde hay que hacer cola, si se enteraran de que militares venezolanos están repartiendo cheques. Tal ocurrió el otro día, so pretexto de ayuda directa a munícipes. El efecto dañino en la institucionalidad es demoledor. ¿Cómo aplicar la Ley Safco si hay mal uso, cuando el dinero no es canalizado en las cuentas nacionales? Hoy que se disuaden denuncias de corrupción, amenazando al que da y al que recibe mordidas, como en el caso de los “avales” oficialistas para obtener pegas, ¿acaso procesarán a los milicos venezolanos, confiscarán su chequera como evidencia, y meterán en la chirola a los burgomaestres seducidos?

Quizá ya hipnotizaron a los militares bolivianos, obsequiosos como estafetas ante los centuriones platudos de Hugo Chávez. La estrategia fue simple: pan o palo. Caminando por ahí me encontré con un camarada del servicio militar, ahora general jubilado. ¿Cómo es que un fantoche como Hugo Chávez tiene a las fuerzas armadas venezolanas en el bolsillo?, pregunté. Los tiene mejor aviados que astronautas y les da muchos juguetes, contestó. Salvo una veintena de instalaciones militares fronterizas -¿quién puede estar contra ellas?- y un par de helicópteros, los juguetes todavía no representan amenaza ni para un regimiento de carabineros de Chile. Pero en la gestión de Morales se han incrementado sueldos a los militares como en ningún otro período de la democracia. Y el palo es la amenaza siempre presente de milicias armadas tipo Ponchos Rojos, o de paramilitares como los “talibanes andinos”, armados de Kalashnikov venezolanos, que sacudan la placidez de la vida de jerga y juerga en un estamento militar que necesita recuperar la brújula patriota.

Me refugio en la novela El americano feo, de William Lederer y Eugene Burdick. En ella se describe, casi proféticamente porque fue antes de Vietnam, cómo los EE.UU. perdieron la pulseta con los comunistas en el sudeste asiático, debido a la arrogancia y a la renuencia a comprender culturas locales. Quizá un conflicto de mañana sea entre nacionalistas bolivianos y petulantes saudíes sudamericanos.

No me suscribo a tal tesis, pero hay historiadores bolivianos que sostienen que la afrenta malagradecida de enviar de vuelta a su país al Mariscal Sucre con el brazo libertador tullido, tuvo que ver con la exaltación del nacionalismo. Me sangra el alma por lo que le pasó al límpido Sucre; quizá el devenir adverso de Bolivia tenga que ver con algún maleficio al respecto. Pero a la exacerbación de ridículos etnicismos indigenistas, prefiero un nuevo nacionalismo boliviano que se enfrente a nuevas formas de dependencia. Ni americanos, ni tampoco venezolanos feos.       

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