Reflexiones en el adiós a un amigo

Yo no voté por Evo Morales, pero como muchos bolivianos, creía que el veneno de las manifestaciones, huelgas de hambre, crucifixiones, bloqueos de arterias y carreteras cruciales, y tanta otra forma de irrespeto a la ley y los derechos de otros, tendría un específico antiveneno, en quien había hecho credo diario de dichas prácticas, funestas para el país, para llegar a la cima de la palestra pública.

Yo no voté por Evo Morales, pero como la mayoría de los bolivianos, el año 2004 abrigaba un calorcillo secreto porque este personaje descalabrara la armazón de la democracia basada en componendas y transfugios. Esa que en poco más de cuatro lustros se había impuesto a una seguidilla de gobiernos militares de opereta, y recién nomás había aguantado a un trío de civiles que ni cantaban ni gobernaban; fueron apenas actos de equilibrismo de relleno en el circo de la inestable política boliviana.

Vaya desilusión. De la sartén de la inestabilidad política extrema, tanto de mandamases militares como civiles, estamos camino a las brasas, de uno que recibiendo el voto electoral mayoritario de arranque, obtiene nota regular en el examen de su primer año de gobierno, pero tiene el tupé de pretender embutirnos el ejemplo de su abuelito cubano y su padrino venezolano, ambos dictadores, aferrándose por sabe Dios cuántos años a la silla presidencial.

Yo no voté por Evo Morales, pero como muchos bolivianos, creía que el veneno de las manifestaciones, huelgas de hambre, crucifixiones, bloqueos de arterias citadinas y carreteras cruciales, y tanta otra forma de irrespetar la ley y los derechos de otros, tendría vacuna efectiva, un específico antiveneno, en quien había hecho credo diario de dichas prácticas, funestas para el país, para llegar a la cima de la palestra pública.

Vaya desilusión. Abrir la tranquera para que salga en estampida el ganado había sido fácil; lo difícil es cerrarla habiendo antes arreado dentro los confines de la ley a la turbamulta. ¿Qué diferencia hay entre la dieta diaria de reivindicaciones del más variado cuño, cuyo portaestandarte fue Evo cocalero y sus endiosados “movimientos sociales”, y la actual piromanía de protestas que tienen al gobierno de Evo Presidente oficiando de bombero que apaga incendios aquí, allá y acullá?

Yo no voté por Evo Morales, pero aún siendo saetero confeso, que desde mi trinchera lanzo flechazos contra los gobernantes de turno en una Bolivia desgraciada, alguna vez entretuve la noción de que había que apoyarle, seguramente influido -¿acaso los que escriben son inmunes a la propaganda?- por su popularidad, que alcanzó niveles de santón de pueblo. Por lo menos eso traslucía un grafito, no sé si sardónico, que leí por ahí: “Dios ha llegado. Ahora es presidente”.

Vaya desilusión. El partido de gobierno es nomás más de lo mismo de la politiquería criolla. Sus activistas no son cual corazón de plutonio cuya explosión nuclear desencadene vientos de cambio en el país, sino una bomba sucia, un conglomerado variopinto de hambrientos oportunistas, tránsfugas ambiciosos y fanáticos acomplejados por sangre o por ideología obsoleta. La corrupción, mal endémico de la política, mostró sórdido desgrane en un rosario de negociados. Vender pasaportes chinos, repartir bienes incautados a narcotraficantes y subastar cargos públicos mediante avales con tarifa, son apenas aristas visibles de un iceberg de dimensiones desconocidas. Hasta el diamante en la corona del gobierno, la recuperación de YPFB, mostró estar mal engarzado con el escándalo de la avivada del primer presidente; ahora salió a relucir que el brillante había sido piedra en bruto, con un inepto tercer mandamás y la pérdida, trastoque y confusión de contratos con las petroleras.

Esto pensaba mientras caminaba un kilómetro acompañando la cureña con el féretro de mi amigo el Gral. Emilio Lanza Armaza, con el contrapunto de dos bandas militares tocando marchas, que de ser boleros de caballería me hubiesen arrancado sollozos apenas reprimidos. La muerte es una carrera en la que nadie quiere salir primero, pero es destino que casi siempre le toca al bueno, y Emilio lo era. Entre las virtudes que le adornaban estaban la valentía, el temple, la jovialidad y la caballerosidad.

Qué más prueba de valor aquel memorable 11 de mayo de 1981, cuando se presentó ante García Meza y su corte de militares de rapiña, respondiendo al “¿qué quiere, Lanza?” del dictador, con un estentóreo “que se vaya, ¡carajo!”, con el que se inició el derrumbe del régimen dictatorial del testamento bajo el brazo.

De su temple da cuenta el aguante de situaciones adversas. Si este país ha tenido caraqueños civiles como Nilo Soruco, también ha habido  quiteños militares, como los doce del patíbulo que le acompañaran al exilio en Ecuador. Más dolorosa aún debe haber sido la patraña urdida por camaradas sinuosos, al imponerle 6 meses de cárcel por 50 reses de una hacienda militar, donde él mismo había realizado el primer inventario del ganado. Igual llegó a General de División.

Es prueba de su jovialidad el intrigante correo “violencia y racismo” con glosa de su puño y letra: “¿será que llegamos a estos extremos?” Contenía la fotografía de un patito amarillo, que miraba a un grupo de patitos negros y pensaba: “¡negros de mierda!”. O el registro fotográfico de un bebé hipopótamo en orfandad por un tsunami en África oriental, que desarrolló una tierna amistad con una centenaria tortuga gigante.

De su bonhomía dan fe correos electrónicos con que nutría la amistad con tantos que ahora le extrañarán. Me puse a revisar un centenar de ellos, cual deudo adolorido que mira fotografías viejas. Y si no hubo lágrimas en ausencia de algún bolero de caballería, en la soledad de mi estudio no pude contenerlas, cuando abrí un correo enviado por mi caballeroso amigo. Era Frank Sinatra cantando My Way (A mi manera), y me conmovió lo mucho de él y otro tanto de muchos otros, que tiene la estrofa “Amé, reí y lloré/ tuve fracasos y también pérdidas/pero ahora que ya amainan las lágrimas/ lo encuentro todo tan divertido/ Y al pensar en todo lo hecho/ puedo decir, sin pena alguna/ que no, no me arrepiento/ lo hice a mi manera”.

Descansa en paz, amigo Emilio Lanza.

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