El desbarajuste de los contratos petroleros y la penosa inoperancia de la nueva YPFB no son suficientes tareas para el actual desgobierno. Ahora la emprenden contra la Iglesia Católica, enceguecidos por clisés históricos falsos y reacios a reconocer el rico sincretismo cultural que se manifiesta en la religiosidad mestiza boliviana.
La semana pasada cavilaba en que quien mucho abarca poco aprieta, refrán que el Gobierno haría bien en tomar a pecho, después del desbarajuste de los contratos petroleros y la penosa inoperancia del nuevo YPFB plagado de rugratitis, que en el ambiente corporativo equivale al chilpayate incapaz de discernir entre lo urgente y lo importante, porque tiene la barriga distendida por la anquilostomiasis.
Era Jueves Santo. Me tocaba el alma el Rex tremendae majestatis/ Qui salvandos salvas gratis/ Salva me, fons pietatis! del Réquiem de Mozart, al recordar al humano Nazareno en el Huerto de Getsemaní, rogando al Padre que apartase el amargo cáliz de su sacrificio del día siguiente. Un amigo me había enviado la entrevista de Patricia Janiot de CNN, a Evo Morales, el 24 de junio del 2006. El titular era una iracunda cita textual del Presidente boliviano: “La Iglesia Católica es un símbolo del colonialismo europeo y por tanto debe desaparecer de Bolivia”.
Quizá algo tuvieron que ver el calor de la fogata y los ponches de la noche de San Juan, fiesta española del solsticio de verano, trasplantada a nuestros pagos por el sincretismo religioso como solsticio de invierno, motivo ahora de folklóricos saludos al sol naciente en Tiahuanaco. Pudo haber pateado al fútbol, británico de origen, o golpeado al ráquet, variante moderna de la hispana pelota de frontón, deportes que practica, asiduo, el Presidente. Pero arremetió contra la Iglesia Católica. Sentenció que su margen de acción será reducido al mínimo en el Estado socialista boliviano, “puesto que ésta no es una institución política ni social, sino simplemente tradicionalista”.
Su mánager de 25.000 libros podría haberle soplado que una definición de diccionario de “institución” —organismo que desempeña una función de interés público, especialmente benéfico o docente— cala estrechamente al rol de la Iglesia Católica, y quizá a algunas de las otras persuasiones cristianas. ¿Cómo negar su dimensión de institución política, si es el paño de lágrimas al que se acude cada vez que estamos al borde del despeñadero de la violencia? Tapar el sol con un dedo es negar el papel social de la Iglesia Católica, habida cuenta de sus miles de establecimientos escolares, técnicos y universitarios; sus centenas de centros asistenciales; su decena de medios de comunicación, todos orientados al bien público.
O quizá fue sólo que la ignorancia es atrevida, más si es aleccionada por esos injertos de indianismo de Fausto Reynaga en farfulladas castristas, que salpican el discurso de Patzi y Choquehuanca, dúo dinámico aymara en el gobierno de Morales. Lo cierto es que un mes después del desaguisado en CNN, Félix Patzi lanzaba otro ataque frontal, mostrando sus lagunas de etnohistoria e historia colonial y contemporánea de Bolivia. Con características medias verdades y mentiras completas del ajtapi sociológico, indianista y estalinista de su jerga politiquera, acusó que la Iglesia Católica ha estado al servicio de las oligarquías y de los ricos por más de 514 años (sic).
Bueno, estar al servicio de los ricos hace 514 años era servir a Huayna Cápac, su casta de orejones Incas, sus sátrapas aymaras de los cacicazgos de Carangas y Pacajes y la claque sacerdotal incaica, que se apropiaban de 2/3 del producto del sudor del pueblo. Cuando llegaron los españoles a lo que es Bolivia, casi 40 años más tarde, se inicia una historia de claroscuros, como toda gesta humana, pero de mayor duración e impacto creador de la nación boliviana que sus ascendientes quechua (o aymara). De la cual es nuestro mayor acervo la impactante diversidad cultural debida al sincretismo religioso. Se lo debemos a la Iglesia Católica, junto con la música del barroco mestizo de las Misiones de Mojos y Chiquitos, los cuadros de Melchor Pérez de Olguín, los templos que embellecen el territorio nacional, y Luis Espinal.
Es precisamente la riqueza producto del sincretismo religioso a la que luego atropelló Evo Morales. Luego de la abolición de la enseñanza de religión en las escuelas públicas y privadas, dijo que el siguiente paso es abolir las festividades religiosas tradicionales en el país, como la festividad de Urkupiña en Cochabamba, la fiesta de Jesús del Gran Poder en La Paz y el culto a la Virgen del Socavón en la “entrada” del Carnaval de Oruro: “son símbolos del colonialismo europeo y derroches económicos innecesarios que no concuerdan con su política de formar un Estado socialista”.
Algún ingenuo dirá que Evo Morales se desdijo de sus declaraciones, que enterró el hacha de guerra de aviesos planes contra la Iglesia Católica. No lo parece el postulado que Félix Patzi vertió en un reciente artículo: “La descolonización en primera instancia significa poner en vigencia a escala nacional toda la concepción del mundo de las sociedades indígenas en todos los aspectos y niveles institucionales del quehacer nacional”. Su idea de descolonizar de lo europeo es colonizar con lo indígena, y como su posición es claramente etnocéntrica, significa imponer lo aymara, o “quechuaymara”.
No creo que hayan cambiado los planes de Evo Morales delineados en junio del 2006. Su pose condescendiente con la Iglesia Católica es sólo una retirada táctica. Cuando se vio forzado a cambiar al entonces ministro Patzi, le nombró coordinador entre el Gobierno, movimientos sociales y asambleístas del MAS. Su tarea central en Sucre: presentar un borrador de Constitución, que será el conejo que Evo Morales sacará pronto de su chistera de mago, habida cuenta de la inoperancia ignara de sus constituyentes. Es una posición en que insistirán en devaneos indiano-estalinistas en la nueva Constitución, manifiestas en su intención de hacer del Estado un dios omnipresente, como en los países comunistas.
¿Bastará el consuelo de que quien mucho abarca poco aprieta?
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