Un mal boliviano es una fiebre de acoso nacional, fácil de contagiar a la plebe por los politiqueros, de que las penurias nacionales se deben a maquinaciones perversas urdidas desde el extranjero. La democracia necesita resoluciones y la verdadera tarea no es anular al príncipe sino ver cómo poner controles a su autoridad. Hacer ver a líderes propensos al populismo autocrático, como Evo Morales, que no viven en una isla.
En una reunión de amigos, no faltó el que lanzó el consabido halago sobre mis escritos, acompañado de un “pero, ¿puedo hacer una observación?” Le dije tres veces que no, pero insistió: deberías variar tu tónica si no quieres ser encasillado, sentenció. No sé a qué encasillamiento se refería, ya que desde el primer momento en que se me despertó la urgencia de escribir, me definí como saetero que lanza dardos desde solitaria atalaya, a mandamases de turno en esta Bolivia mal gobernada.
Se refería a mis críticas al Presidente Morales, de quien repito que no me interesa que sea lechoso, áureo, cobrizo, azabache o cualquier matiz de la mixtura de razas en la variopinta Latinoamérica. No importa el color del gato; lo importante es que cace ratones, decía Deng Xiaoping, que llevó a la China a progreso acelerado, con una mezcla de comunismo político y neoliberalismo económico. Una solución para su país sin receta prestada o impuesta.
Recordé al amigo insistente, cuando ponderaba lo desacertada de la traducción del Dictionnaire amoureux de l’ Amérique latine como Diccionario del amante de América Latina, de Mario Vargas Llosa, que mejor se hubiera leído como Diccionario de uno que ama a la América Latina. El título anterior me hizo sospecharlo en la onda de Los cuadernos de don Rigoberto, obra en que el gran escritor no dio en el clavo, al incursionar en el género erótico que Henry Miller ensalzara.
Pero quién soy yo para juzgar el trabajo de un inmenso Vargas Llosa. Mi propósito es otro. Correré cien metros con vallas indagando sobre el delirio de persecución populista que nos aqueja, con la energía de un esbozo sobre América Latina del libro en cuestión. Estimulado, además, con los esteroides de El regreso del idiota, parte dos del ya clásico Manual del perfecto idiota latinoamericano, de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa.
El mal es una suerte de paranoia colectiva, acaso una fiebre de acoso nacional, fácil de contagiar a la plebe por los politiqueros, de que las penurias nacionales se deben “a maquinaciones perversas urdidas desde el extranjero”, dice Vargas Llosa. Cuando lo que se requiere es capacitar contrapartes nacionales efectivas, los demagogos optan por el tonto pero efectivo recurso, de achacar el atraso y la pobreza del país a “ignominiosos capitalistas”, demonios neoliberales, sórdidos organismos internacionales o transnacionales voraces.
En Bolivia, fíjense nomás con qué facilidad se ha olvidado la noche negra de los militares, la frustración de la UDP, la hiperinflación y la audacia de las reformas estructurales que sacaron al país del borde del precipicio. Nuevos pescadores aparecieron en la poza de la demagogia, para hacer tragar a las truchas populares no solo anzuelo, sino también peso y liñada, con la carnada de que nada tienen que ver sus propias taras o limitaciones, “pues somos nada más que víctimas de factores, instituciones o personas foráneas que deciden nuestro destino”, retrata Vargas Llosa.
Tal delirio de persecución no aguanta ni el más somero análisis. Ahí está la comunista China. Son capitalistas los que la catapultaron al nivel de candidata a potencia mundial. Es neoliberal su política económica, con toda suerte de incentivos a la inversión. No han hecho asquitos a los recursos que han venido de acuerdos con el Banco Mundial o el FMI. Es foráneo el capital que ha fluido a sus enclaves de desarrollo, que crecen más y más. Su lista de inversionistas es un quién es quien de transnacionales.
El complejo paranoico latinoamericano, que le echa la culpa de todo principalmente a EE.UU., tiene hoy además su versión interna en Bolivia. Con la política divisionista del país sobre falsas bases étnicas, se ha exacerbado el prejuicio regionalista. Ahora se le cargan los males a la locomotora económica del país. Lo exhibía un diario de esos de a peso el otro día, en el que un analista al que quizá algún camba le había birlado la corteja, echaba la culpa a la Media Luna de la inflación. ¡Por una conspiración de los oligarcas cruceños subían de precio la carne, el arroz, el azúcar, la harina y la yuca!
El delirio paranoico incapaz de mirar hacia adentro, viene acompañado de una deformación derivada de la tradición autocrática latinoamericana, en que los absolutismos coloniales fueron precedidos por despotismos nativos. El sistema neopresidencial o Bonapartista describe bien el ególatra esquema de Venezuela y Cuba, que se pretende imponer en Bolivia mediante la Asamblea Constituyente. Es gobierno que en su variante marxista-indigenista es de corte autoritario, con apariencia parlamentaria diluida por el abuso oclocrático. El apego a la democracia es deformado por poses totalitarias, con el apoyo militar nacional cooptado con prebendas y/o juguetes bélicos.
Nos recuerda Sergio Fabbrini, renombrado politólogo italiano, que Maquiavelo explicaba que las democracias necesitan resoluciones y que la verdadera tarea no es anular al príncipe sino ver cómo encarrilarlo. Parte del tema es cómo poner controles a su autoridad. En el caso de líderes propensos al populismo autocrático en países dependientes, como Evo Morales, también cabe hacerles ver que no viven en una isla.
Porque como dice Fabbrini, “el Estado nacional ya no es una respuesta satisfactoria para resguardar la democracia”. Sin embargo, hoy la integración regional entraña acuerdos de que si hay un signatario en el que peligra la vida democrática -ocurrió en el Mercosur con Paraguay- se lo aísla del comercio, de relaciones económicas y diplomáticas: una terrible exclusión en un mundo globalizado. Con los atisbos totalitarios en Bolivia, todavía se está aplicando una política de apaciguamiento. Ojala que no sea como la que se implementó con Cuba en los 60, dizque para evitar que el proceso se radicalice.
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