Se invoca a reflexionar sobre engaños que se ciernen sobre Bolivia, a título del llamado socialismo del siglo XXI. Por ejemplo, los prejuicios raciales, étnicos y regionales. La Carta Magna que es palabrero abracadabra para exorcizar los males del país, con casi 800 artículos, cuando la de EEUU es una página de 30 líneas manuscritas y una docena de enmiendas del listado de derechos ciudadanos. No es democracia lo que impondrán al pueblo boliviano, sino un totalitarismo populista de viejo cuño.
En el Día de San Roque, sería feliz poniéndole pimienta a un francés dado a chamán ingiriendo hongos alucinógenos en Amsterdam, que apuñaló a su perro, dice que para liberar su espíritu, no sé si el suyo o el del infortunado amigo del hombre. Entraría en frenesí inspirado, con apuntes a los Diálogos de la Vagina y el Clítoris, taller del que fui notificado pero no asistí, excluido por ser varón; espero hacerlo cuando la terapeuta sexual presida uno sobre la pendencia entre el pene y la próstata.
Mayor satisfacción sintiera si la sardonia que me hace reír llorando sobre el devenir de la patria, diera giro didáctico a temas profundos. Que redujera reacciones emocionales y atenuase el efecto del pan y circo de la estrategia politiquera del gobierno. Que escudriñara falacias de moda, orientando a reflexionar sobre engaños que se ciernen sobre Bolivia, a título del llamado socialismo del siglo XXI.
Tomen, por ejemplo, los prejuicios raciales, étnicos y regionales, producto de la explotación o de la ignorancia temerosa del otro en esta Bolivia diversa. Se manifiestan en la controversia sobre lo originario, lo indígena y lo mestizo de los bolivianos, aspecto gravitante de la visión de país que se quiere imponer en la Asamblea Constituyente.
Tal entuerto es un diálogo trivial de sofismas. El término “originario” no establece un punto cero, un hito de arranque en el calendario, que permita discernir los que lo son y los que apenas llegan a ser arrimados, por no decir advenedizos, en un proceso dinámico como es la aculturación en Bolivia. ¿Y qué carajo les importa ser originarios a los Yuqui, etnia que se extingue en el trópico de Cochabamba, tísica y alcohólica, mientras los cocaleros, madereros y pichicateros asedian sus tierras cual chacales, hienas y buitres?
Cazador de mariposas que soy, hace meses que recolecto material sobre la Asamblea Constituyente robótica, calificativo este último con que denomino a la mayoría de monigotes a los que dan cuerda desde el Palacio de Gobierno. Hoy tengo tanta referencia, de variado tipo, tamaño y color, que pienso que todo está dicho. Pero parto de diferencias en conceptos. Uno, que los constituyentes ignoran que una Carta Magna no es palabrero abracadabra para exorcizar los males del país. Ya se está en casi 800 artículos, cuando la de EE.UU. es una página de 30 líneas manuscritas y una docena de enmiendas del listado de derechos ciudadanos. Dos, que es un diálogo de sordos: aún con la rabieta de un asesor presidencial que la declarara apócrifa por no saber de la misa la media, ya se publicó el texto de la constitución que el gobierno embutirá al país siguiendo una receta caribeña. ¿Qué podría opinar sobre tamaño berenjenal, salvo un antipático “yo se los dije”?
Se benefician de que se ha arriado la bandera de los dos tercios, pendón alrededor del cual se armó una contraofensiva briosa a nivel nacional, contra el atropello del subterfugio de la mayoría absoluta, esa que no fuera acordada en la Ley de Convocatoria. Pareciera que la bronca de la clase media es tan fuego de chala como la ira en las rebeliones campesinas: apenas pueden, aquellos vuelven a sus empresas, sus mesas de rummy o de cacho en las ciudades; éstas amainan cuando hay que sembrar, aporcar o cosechar en los campos.
Se aprovechan de que no hay oposición política en Bolivia. La segunda agrupación del país, une la falta de liderazgo a su reducido tamaño comparada con el partido de gobierno. Pareciera que en la brega política, más peso que el destino del país tiene el diálogo ‘existencial’ entre la panza y los cachetes.
Tal es el vacío opositor, que aunque las encuestas revelan una notable reducción del apoyo a la gestión del gobierno, la demagogia de un émulo de Barrientos, que no habla quechua tan bien, pero tiene talego de petrodólares venezolanos, mantiene preeminencia sobre las alternativas de los desgastados líderes opositores. Lo que queda de partidos tradicionales, cuyos más notables exponentes ya cansan en sus entrevistas en la tele, juega a favor del gobierno por el egoísmo renuente a reconocer la necesidad de unirse en torno a un liderazgo opositor alternativo a sus cacicazgos.
Los ciudadanos presienten que algo huele mal en Bolivia. Encuestas develan que la mayoría piensa que el país va por camino errado; que hay desencanto con la situación política. Sin embargo, aún preocupados por la gestión gubernamental, en ausencia de alternativas claras de liderazgo, no se le carga el fardo a Evo Morales. Al que hay que reconocerle, uno, su carisma; dos, que le sonríe la suerte al tenderle la mesa con un contexto económico favorable. Un tercer atributo sería su viveza natural, en la que más de alguno cifra esperanzas de que recupere sensatez, se aleje de quimeras populistas, y se convierta en un gran Presidente.
En vez de tal ensoñación, se despierta a la pesadilla de transitar al totalitarismo con la ampliación ilegal y tramposa del sainete de incapaces de Sucre, machacando en su carácter “originario, soberano y plenipotenciario”. Patean el tablero que dirime lo constitucional de lo abusivo, expulsando a los tribunos que no marcan el paso. El partido de gobierno no respeta cortapisas pactadas, haciendo más bien alarde de violar, distorsionar o interpretar a su antojo. ¿No es entonces iluso esperar que respeten el mandato vinculante de las Autonomías departamentales y la mayoría de los dos tercios?
No creo en aparecidos, pero de que los hay, los hay. Así que prefiero evocar al punzante humorista inglés H. L. Mencken, quien apuntaba que la democracia es la teoría de que el común de las gentes saben lo que quieren, y por tanto merecen que se la embutan bien y dura. Pero no es democracia lo que se enchufará al pueblo boliviano, sino un totalitarismo populista de viejo cuño. Como dice la canción: ay pena, penita, pena.
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