Si no fuera por la suerte

Los eventos personales, al recurrir de manera generalizada, se convierten en problemas sociales. Los de la categoría de inseguridad ciudadana, son sintomáticos de la patología de una sociedad en crisis. Al problema concurren, entre otros, el acelerado proceso de urbanización; la prédica del odio de los que no tienen a los que sí; la debilidad institucional, cuando no la corrupción, de la Policía.

Pensé titular esta nota Con el testamento bajo el brazo, pero se me adelantó un periodista amigo, aunque con diferente contenido. Se sorprendiera alguno acostumbrado a mis diatribas contra el gobierno de turno, que el rótulo no se refiriera a la amenaza del hombre fuerte del dictador García Meza, próximamente en cartelera cuando retorne al país para hacer compañía a su mandamás en Chonchocoro. Tampoco se refiere a ese péndulo siniestro, retruca dialéctica la llaman algunos, de que a los excesos autoritarios de radicalismos populistas de nuevos salvadores de la patria, sobrevienen, previa catarsis de fuego y sangre, noches negras de dictaduras en el otro extremo de un desdichado vaivén.

Trato de que en los tiempos actuales, es aconsejable andar con el testamento no bajo el brazo, sino puesto a buen recaudo debido a la inseguridad ciudadana.

La realidad de la jungla peligrosa de bestias en que se han convertido las calles, me abofeteó cuando volvió mi hija a las 4 de la tarde, con la cara lívida y los codos y la rodilla rasmillados. Recién llegada de una ciudad universitaria española, donde no es imprudente caminar las calles y sentarse en un café con su computadora portátil, salió a buscar conexión a Internet sin cables en uno del Prado de Cochabamba. Paseo con símiles, por céntrico y por seguro pensaba ella, en su homónimo de La Paz, la avenida Monseñor Rivero de Santa Cruz y la Plaza Mayor de Salamanca. De un taxi blanco en marcha, un delincuente pretendió arrebatarle la laptop; como ella la cargaba en bandolera, terminó arrastrada hasta que un viandante la ayudó a librarse del trance.

Hacía poco que su novio caminaba por el Prado camino a su casa detrás del estadio. Aparecieron esos muertos vivientes que son los cleferos que viven debajo el puente de Calacala, le acosaron por dinero y le cobraron la billetera vacía moliéndolo a golpes.

En una fiesta, en un mar de llanto una dama le confiaba a su amiga lo que pensé era otro drama de violencia familiar. Me equivocaba. Resulta que la señora bajaba a pie con su maletín, del aeropuerto de El Alto a la ciudad, en uno de esos días de paro que menudean en la sede de gobierno. Pensó que fue providencial un taxi que la recogió, hasta que luego subieron otros sujetos confabulados, la llevaron a un sitio alejado, y la violaron brutalmente, a más de robarle sus pertenencias.

Me acordé de un par de conocidos que en instancias separadas, llegados a los aeropuertos de La Paz y de Cochabamba, tomaron el primer taxi que se les cruzó en la puerta, solo para que en el camino aborden un par de cómplices, los golpeen sin misericordia hasta revelar contraseñas bancarias, la cereza del pastel en el robo de dinero, laptops, relojes y anillos del amasijo de costillas rotas y hematomas en que les dejaron.

Hace unos días, luego de una noche de dados en un céntrico café-bar, a la madrugada dos amigos tomaron dos taxis. Uno sacó suerte llegando sin novedad a su casa. El otro murió de lesión cerebral, golpeado, desvalijado y luego tirado del auto en marcha. Ya me habían contado de un paisano, que saliendo de una fiesta de riberalteños en Santa Cruz, tomó un taxi, fue robado y agarrotado hasta morir.

A plena luz del día, hace poco el lujoso departamento de otro amigo, con guardia de seguridad que por poco me desvistió cuando entregaba una tarjeta de Navidad, fue abordado por piratas de nuevo cuño. Su hija fue amordazada y sus valores sustraídos; los ladrones habían saqueado antes el apartamento vecino de una anciana.

Me invade la desazón con historias negras de convictos que pululan en las calles, en componenda siniestra con carceleros para cometer fechorías. Me corroe la ansiedad con los juzgadores inermes ante amenazas –también son padres de familia– que sueltan a maleantes con medidas cautelares de risa. Le doy la razón a uno que sospeché de alharaca, contando que al tomar un taxi, pela el revólver, lo muestra al conductor y advierte de su mortífero uso si suben otros al vehículo o surge algún movimiento sospechoso.

No por primera vez evoco una canción de Phil Ochs en la cantarina voz de Joan Baez, abanderada de tiempos cuando mi corazón sangraba por César Chávez y sus trabajadores migrantes en California: There But For Fortune, que traduzco Si no fuera por la suerte. Pudiera ser nuestra Bolivia la de la estrofa “Muéstrame el país donde las bombas cayeran, muéstrame las ruinas de edificios que enhiestos fueran, y yo te mostraré, muchacho, que de no ser por la suerte, allí estuviéramos tú y yo”. Con la rampante inseguridad ciudadana me inspiré en unas líneas para añadirle: “Muéstrame el pasajero muerto a garrote en un taxi, muéstrame el hogar hollado por ladrones, y yo te mostraré, muchacho, que de no ser por la suerte, allí estuviéramos tú y yo”.

C. Wright Mills explicaba que los eventos personales, al recurrir de manera generalizada, se convierten en problemas sociales. Los que juntamos dentro la categoría de inseguridad ciudadana, son sintomáticos de la patología de una sociedad en crisis. A la raíz del problema concurren, entre otros, el acelerado proceso de urbanización; la prédica del odio de los que no tienen a los que sí; la debilidad institucional, cuando no la corrupción, de la Policía.

Dios y el santo patrón de los derechos humanos me perdonen, pero extraño la ley de fuga a los asesinos. Actualizaría el cepo colonial para escarmentar a pegadores de mujeres. Añoro una versión nuestra de la justicia musulmana que cercena manos a ladrones: una que fritara unas criadillas o les hiciera saborear un caldito de cardán luego de castrar o cortar el miembro a los violadores. Flaco consuelo es refugiarme en Charles Bronson y su seguidilla de filmes de vengador solitario, que salía a visitar a las alimañas de la noche cual cebo viviente, para zurcirles a balazos apenas le violentaban.

Advertisement

Etiquetas: , , ,


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.