Regionalismo, politiquería y llunquerío

El regionalismo boliviano se exacerba con generalizaciones ridículas. Regionalismo y politiquería hacen cavilar sobre la Asamblea Constituyente camino al naufragio, o a la imposición, siguiendo el libreto venezolano. El trasfondo es la pugna entre el centralismo de La Paz como sede de gobierno y las autonomías departamentales. Furtivo detrás está un proyecto hegemónico de corte aymara, disfrazado de plurinacionalidades.

Me saca de quicio la petulancia regionalista boliviana, una que se exhibe en generalizaciones ridículas. Esas de que las mujeres lindas están en la media luna o de que los hombres laboriosos son de la luna llena. Esto pensaba mientras me enternecía con Nessun Dorma (Nadie duerma), aria de la ópera Turandot de Puccini, que en la voz del finado Luciano Pavarotti, me rebujaba la tristeza por la muerte de José Guillermo Justiniano. Qué mejor epitafio para mi amigo Chacho que el magnífico Do de pecho del gran tenor cantando: ¡Disípate, oh noche! ¡Tramontad, estrellas! ¡Tramontad, estrellas! ¡Al alba venceré! ¡Venceré! ¡Venceré!

Perdonarán mi obstinada compulsión de hacerme al sastre musical, ajustando al traje de alguna canción el recuerdo de alguien o de algo, pero Justiniano fue un camba cultivado en lo personal, eficiente en lo profesional y patriota, no patriotero, como político. Fue evidencia de que esa Santa Cruz locomotora de la economía que se engalana hoy en la Expocruz, se destaca tanto por la belleza femenina, como por una pléyade de talentos cambas y collacruceños -qué caray, el camba nace donde le viene en gana- que la distinguen.

El regionalismo y la politiquería me hacen cavilar sobre una Asamblea Constituyente camino al naufragio, o a la imposición siguiendo el libreto venezolano. Mucho tuvo que ver el terco veto al tratamiento de la capitalidad, como si no hubiera temas de índole más peregrina salpicando la agenda del cónclave. Quizá se debe a que el trasfondo no tiene que ver con desenterrar rencores de la falsa guerra por el federalismo (vg., autonomía), entre paceños y sucrenses. Ni con relucir torvos aceros del regionalismo, evocando matanzas en Ayo Ayo y Mohoza, o alardear de cabildos de millones arreados con plata del gobierno.

El trasfondo es la pugna entre el centralismo de La Paz como sede de gobierno y las autonomías departamentales. Furtivo detrás está un proyecto hegemónico de corte aymara, disfrazado de plurinacionalidades, en el que los altiplánicos dominarían a través de segundones mestizos quechuas -una mayoría-, además de guaraníes, guarayos, chiquitanos, y otras salpicaduras de etnias también amestizadas, cuando no casi extintas. En 1898 como hoy, se soslaya que el quid es la visión de país parida por el desplazamiento del centro de gravedad económico de Bolivia. Estos años lo tiene Santa Cruz, la locomotora económica del país. Mañana pesará el sudeste gasífero.

Tal vez es bueno recordar el origen histórico de Bolivia, idea que se me vino cuando Joaquín Aguirre Lavayén, ejemplo de los collacruceños arriba aludidos, me mostrara un panel gigante de los constituyentes del Congreso de Tucumán, estudiosos en la Universidad San Francisco Xavier de Chuquisaca. Esa sola razón es suficiente para respetar una capitalidad en la ciudad de los cuatro nombres, así se plasmara en un gradual traslado de poderes públicos. Y de que el país se llamara Charcas, como sugirió el erudito Josep Barnadas, ya que Potosí, crisol original de la nacionalidad, está demasiado cerca al cielo.

Me decía el patricio, que el 9 de Julio de 1816 nació una patria grande de tierras argentinas, bolivianas, chilenas, paraguayas y uruguayas, cuya capital hubiese sido una más o menos equidistante Córdoba. El acta de fundación, en español y quechua, de las Provincias Unidas de la América del Sur, como se llamó la nueva nación, fue suscrita por enviados charquenses, llamados de ‘las Provincias Altas’, de Cochabamba, Potosí, Chuquisaca, Tarija y Santa Cruz. La Paz estuvo ausente porque estaba ocupada por el ejército realista. Pero es innegable que la paternidad ideológica del nuevo país, de dos mares y unos 6 millones de Km.2, fue de Charcas.

Entonces sobrevino el llunquerío hipócrita de Casimiro Olañeta. Fue cuestión de una galopada a Desaguadero, límite arcifinio del Perú con la tierra charquense que durante 40 años fuera parte del Virreinato del Río de la Plata, fundado en 1776. Dos caras y doble discurso, armas de la politiquería criolla, se lucieron ante un ingenuo Sucre, que a su vez convenció a un escéptico Bolívar, ambos grancolombianos de origen venezolano, a quienes motivaba, más que liberar Charcas, apagar los últimos fuegos de la resistencia realista.

Nuestro país no fue ni peruano ni rioplatense. Hoy se debate aún en las tensiones que la política criolla ocasiona por regionalista, politiquera y adulona. ¿Acaso no es expresión extrema de regionalismo provinciano, la exacerbación de resentimiento étnico en una población mayoritariamente mestiza? Postergar o maquillar los asuntos cruciales de Estado, en favor de trivialidades con efecto mediático, evidencia que continúa la politiquería de siempre. Ahí está el vomitivo de adulones, foráneos y nacionales, propiciando a Evo Morales para el Nóbel de la Paz, cuya proclividad al llunquerío más rancio, se vislumbró cuando el ‘primer Presidente indígena de Bolivia’, que ojala le llegara a los talones a Benito Juárez, hizo monumento nacional de su aldea natal.

No soy diestro en cibernética como para repetir la ocurrencia de algún mordaz flamenco o valón (los dos grupos étnicos en Bélgica), que metió subrepticiamente al reino en el sitio de subastas eBay: ya habían ofertado 10 millones de euros cuando se dieron cuenta de la artimaña. Pero regionalismo, politiquería y llunquerío me provocan fantasías de subastar Bolivia. Sería por algo más que la pichanga de petrodólares del reparto demagógico de cheques venezolanos, con que obtiene aplausos un mandatario de aires ególatras que no lee libros. No que prefiera la lectura de arrugas, como su Canciller yatiri, sino porque asevera aprender de la voz del pueblo. No se percata que prestar oídos a la alabanza tupida que conlleva la celebridad, es un embrujo iluso de algo tan efímero como la espuma de cerveza.

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