Porque la ignorancia les inhibe valorarla, hoy se tolera la destrucción de nuestra rica biodiversidad natural, que es el patrimonio más valioso de los bolivianos. La voluntad política solo alcanza para ritos aymaras que ensalzan a la naturaleza de dientes para afuera, ya que no la respetan ni la preservan.
Puede que sea imprudente referirme a ellos días después de eventos que puedan haber aumentado el nivel de bilis en Evo Morales y su corte. El primero, la derrota 5-0 del seleccionado nacional ante Uruguay, y el empate sin goles con Colombia en La Paz, pese a sortilegios de yatiris en Tiahuanaco y despedida con oferta de premios, seguro que de petrodólares venezolanos, del mismísimo hincha número uno. Ya se notaba lo endeble de la defensa de los nuestros, si un guatón primer mandatario les metió dos goles en partido de entrenamiento. Machaca nomás que en el gobierno de países y en el manejo de equipos de fútbol hay un símil compartido: para salir triunfantes no valen recetas populistas de hipnótico oropel, en sustitución de la planificación a largo plazo y el trabajo tesonero de todos en concierto.
El segundo es la decepción de Evo Morales en su candidatura al Nobel de la Paz. Viéndolo bien, fue un triunfo del buen sentido en los parlamentarios de Noruega. No valieron ni que se reuniese a la esmirriada diplomacia del país en dispendiosos cónclaves en hoteles en el Lago Titicaca, ni tampoco que folclóricas cholitas tecleen computadoras para motivar a condescendientes gringos y tercermundistas a que firmen adhesiones.
Para entusiastas que anuncian renovados esfuerzos para el Evo Nobel del año próximo, vaya una advertencia. Puede que la decisión noruega haya tenido que ver con la resistencia a un líder cocalero convertido en presidente, que, como el tigre que no pierde las manchas, aumentó la superficie cultivada de coca sin un estudio de mercado legal de la hoja. Ha logrado poner al país, una vez más, en avanzada de la producción de cocaína, así fuera, como dice algún cínico, para narices mercosureñas y europeas, no para estadounidenses bien suplidos por colombianos.
Mirando al planeta Tierra desde la lejanía en que el sabio Carl Sagan gestionó la foto memorable que tomaron desde algún satélite, nuestra aldea global es apenas un puntito intrascendente, cuya destrucción no afectará la inmensidad del universo. El calentamiento global y otras locuras planetarias matarán a todos los terrícolas, sin discriminar si son collas o cambas, indios o blancos, neoliberales o populistas. No valdrán nada los antagonismos que la locura humana ha labrado con deleite de orfebre, en su afán de promover el odio entre congéneres. Tampoco la cínica confusión del derecho a la búsqueda de la felicidad, con el hedonismo empecinado en el logro del placer a ultranza.
Estamos a una década de una tragedia planetaria irreversible, si no se impone la sensatez traducida en voluntad política para evitarla. Es el meollo de discurso de Al Gore, favorito mío que ganó el Nobel de la Paz en 2007, junto con el IPPC, siglas de la ONG Panel Intergubernamental de la Conservación del Planeta, que ojala tomara cargo de proteger el medio ambiente en Bolivia.
En el notable documental Una verdad incómoda, que le valiera otro premio, Al Gore exhibe una llamativa diapositiva mostrando la desproporción de países, por continente, que contribuyen al calentamiento global. Destaca Estados Unidos como país contaminador por excelencia. Aparte de promover lo que después fue el Protocolo de Kyoto, fue cínico en su reticencia a firmarlo.
Si bien Sudamérica es enana en cifras globales del calentamiento de la Tierra, tal no debería llamarnos a la complacencia. Porque su contribución dañina es cíclica y tiene que ver más con la orgía depredadora de sus bosques. El norte tiene sus chimeneas industriales; el sur, sus motosierras y sus piras anuales para robar madera, terrenos de cultivo y pasturas a la selva.
En el hemisferio sur, septiembre es el mes de la primavera, de la amistad, del amor y de la gracia juvenil, aparte de la efeméride de dos departamentos bolivianos que alardean de sol septembrino radiante y del cielo más puro de América. Pero ya no se da la idílica situación que inspirara a los compositores de sus himnos. Ese mes el astro rey es mortecino e impuro el aire que se respira, por la locura de los incendios que han dejado chica a la necedad de festejar el solsticio de invierno con fogatas en San Juan.
Mientras me adhiera al mandamiento ético de citarlo, no tengo empacho en repetir cifras que investigó mi amigo Hernán Zeballos. Entre 1960 y 2005, el país ha perdido 11 millones de hectáreas de bosques: son 110.000 Km2. Es más de 2.6 veces el tamaño de los 41.288 Km2 que albergan a los laboriosos, disciplinados y ecológicos suizos, en los que algún charlatán de feria convertiría a los bolivianos en una o dos décadas de gobierno.
Más sugestivo aún, apuesto a que el medio millón de hectáreas que se perdieron entre 2004 y 2005, se han incrementado a partir de 2006, año en que comienza el gobierno de neocolonialistas aymaras que se llenan la boca con la reverencia a la Pachamama, y con sus milluchadas saturan de humo un Palacio de Gobierno nunca tan quemado como ahora.
No soy el único en apuntar que la orgía pirómana se debe al desatino de ‘colonos’ que preparan terrenos para sus cultivos, en época de vientos que hacen incontrolables los incendios. Pero la intrusión en parques nacionales y áreas de preservación forestal se basa en un siniestro utis possidetis -la posesión vale por título- de los depredadores. Cuentan con un poderoso aliado en un gobierno nada informado de la salud del planeta, poco interesado en la ecología y más empeñado en la politiquería de ganar adeptos, ¿acaso los cocaleros de un rubro empobrecedor de suelos no son su vanguardia?
Porque la ignorancia les inhibe valorarla, hoy se tolera la destrucción de nuestra rica biodiversidad natural, que es el patrimonio más valioso de los bolivianos. La voluntad política solo alcanza para ritos aymaras que ensalzan a la naturaleza de dientes para afuera, ya que no la respetan ni la preservan.
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