Tal vez a Evo Morales le gusta más el trato que le ofrece Kirchner, que no anda zarandeando con el indio aquí, indio allá, siendo que el altiplánico no refriega al caribeño la hilacha de zambo. Pero destaca el nivel subalterno de Morales llamar ‘jefecito’ a Chávez: es que el que pone el heno, monta, y el que monta, manda. Evo tiene en petrodólares de Chávez la billetera de su demagogia populista.
La otra noche, antes de caer en los brazos de Morfeo, recalé en un satírico programa estadounidense de entrevistas. Se burlaron de militares enfrentando a monjes en Myanmar (que persisten en llamar Birmania); tomaron el pelo a una firma contratista de la muerte en Irak. Luego anunciaron al Presidente de Bolivia. Me regodeaba en conocer quién sería el comediante que personificaría a Evo, cuando he ahí que aparece Morales en persona, blazer de cuello Mao con ribetes indígenas, en fino cuero negro cortado en el atelier más fufurufo de La Paz.
Estaba listo para un reprise de la tomadura de pelo que le hicieran en España poco antes de su asunción como Presidente. Menos mal que no fue Sacha Baron, aquel del zafio Borat, quien hizo las preguntas. Y que la mesura del Presidente Morales se sobrepuso a uno inclinado a la sorna que fue sobrio al indagar. Me quedó la curiosidad sobre los entretelones de cómo llegó Evo al programa: tan deficiente es el apoyo logístico de embajadas a los mandatarios, como limitados en cultura general son sus personeros designados a dedo.
La mesura que le valiera prevalecer a Evo enfrentando a un sardónico entrevistador en septiembre, se perdió en noviembre y transformó en sainete la Cumbre Iberoamericana de Santiago de Chile. El protagonista fue un palabrero Hugo Chávez, guapetón de barrio lo llama el vicepresidente de la Conferencia Episcopal Venezolana, conminándole a “que recoja su lengua, grosero, patán, que no insulte, no degrade”, sin atraer la atención del “por qué no te callas”, del Rey de España al malcriado en Chile, un éxito mundial en versión salsa, paso doble y ringtone de celular.
No voté por él, pero es el Presidente. En el entuerto santiaguino me punzó un solitario Evo, en el ostracismo de otros mandatarios quizá, al que un caballeroso Uribe de Colombia, invitó y tomó del brazo para que abandone pose de pelao reteao, que es como en mis pagos se llama al mozalbete que recibió regaño por alguna travesura. Alimentó alguna recóndita esperanza mía, de que este vencedor inédito en urnas, se convirtiera en el mejor presidente que ha tenido mi desdichado país, si tan solo dejara el rol de pongo de Hugo Chávez.
Algo tuvo que ver una nota escondida en un diario, de primeras planas copadas por los dimes y diretes del incidente entre Rodríguez Zapatero, el bocón Chávez y un Rey sacado de sus casillas. El Vicepresidente García Linera declaró: “creo que el presidente Evo se lleva muchísimo mejor con Kirchner que con el presidente Chávez, pero no se habla de eso”. Bolivia y Venezuela son dos proyectos políticos diferentes, pues en la primera “el proceso de cambio viene de abajo hacia arriba, promovido por movimientos sociales” y en la segunda “hay un fuerte liderazgo político (Chávez) que está promoviendo de arriba hacia abajo los procesos de cambio”.
Oro en bruto lo uno. Quizá sugiere que a Evo Morales le gusta más el trato que le ofrece Kirchner, que no anda zarandeando con el indio aquí, indio allá, siendo que el altiplánico no refriega al caribeño la hilacha de zambo. Pero destaca el nivel subalterno de Morales llamar ‘jefecito’ a Chávez: es que el que pone el heno, monta, y el que monta, manda. Evo tiene en petrodólares de Chávez la billetera de su demagogia populista, que le permite ir en helicóptero venezolano de guarnición en guarnición, de municipio en municipio, y repartir cheques de compra de lealtades.
Puede que el Vicepresidente boliviano no necesite babear adulación como su homólogo venezolano, aunque pareciera que pisa huevos al lado de Evo. Pero conocida es su sinuosidad. Culebrea de la contemporización del fundamentalismo aymara, versión poncho rojo ocultando un fusil, a ponderar el empuje de la locomotora económica del país, Santa Cruz, hoy denostada como nido de oligarcas, junto con dos tercios del país. Oro de Corocoro, que los gringos llaman de tontos, es el culebreo de la supuesta diferencia de los procesos políticos de Chávez y Morales. Porque el proceso boliviano le marca el compás a la tonada bolivariana, pasos más atrás como corresponde a yaraví de yanacona.
Nada más lejos de Kirchner que las actitudes tercermundistas de Evo, que parecen remedo insolvente de Chávez en pose de buscapleitos de barrio. Con Perú, Brasil, EE.UU., España, se agria el ambiente bilateral, para luego, en contrasentido necio, quebrar la cola. Pidiendo a Alan García que abra el cerrojo marítimo de 1929; rogando a Brasil que retorne con inversiones en hidrocarburos. ¿Tiene sentido morder la mano de la ayuda de EE.UU. so pretexto de complots, para luego organizar tours oficiales a Washington para mendigar prórroga del APTDEA? Parece orden de Caracas, que en reverberos del incidente en Chile, el ministro de la Presidencia azuce campesinos ignaros con un complot del Partido Popular del ex presidente Aznar de España, “que tiene el 54% del Parlamento español” y “más del 60% de los municipios españoles”, y las regiones donde el referéndum autonómico ganó con el Sí.
La menor afinidad de Evo con Kirchner se muestra más en indicadores económicos. Comparen la reducción del desempleo argentino, cuando sigue penoso en Bolivia, a pesar de que emigra del país la crema de la gente en edad productiva. Compárese el crecimiento económico de Kirchner, de casi dos dígitos, con la farra de gasto que apenas superará el crecimiento vegetativo de la población boliviana, aún con cheques venezolanos, con el narcotráfico repleto de excedentes de coca, con precios de materias primas en niveles históricos. Falta que el mal gobierno de Evo, similar al de Chávez, pero yesca, con sus agresiones al sector productivo, degenere en abundante caviar ruso, vino español y queso francés y carestía de huevos, leche y azúcar en los mercados: como en Venezuela, cuya inflación supera a la nuestra.
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