El régimen de Evo Morales apunta a otra frustración sinsentido. Un collage variopinto de terroristas fracasados, estalinistas trasnochados y tránsfugas oportunistas se enmadejan con gremios parasitarios, indianistas retrógrados y pretorianos de coca ilegal, aglomerados en torno a un avispado pero ignaro indígena.
Sea este ensayo mi adhesión al neopesimismo, ilustre estirpe de pensamiento crítico, que resurge en el mundo a la sombra del sinsentido de atropellos unipolares y la resurrección de monstruos populistas autocráticos, en un planeta averiado por la desidia mundial sobre el calentamiento global.
En alguna acotación sobre el carácter nacional, he lamentado el rasgo de provincianismo que nos hace pensar que somos el pupo del mundo. Que los países que cuentan para algo andan pendientes de lo que pasa en Bolivia, como si todavía estuviésemos generando la argentífera riqueza potosina que pusiera cimientos al desarrollo capitalista e industrial de Europa.
En verdad, en el siglo 19 la dinámica de cómo nos ven en el mundo, decayó de la percepción del país como la Prusia sudamericana, en tiempos del organizador que fue Santa Cruz y Calahumana allá por 1835, a la dizque tachadura de Bolivia del mapa de la reina Victoria, luego de vejámenes a que el tirano Melgarejo sometió al enviado imperial inglés, 40 años más tarde.
Traumas colectivos en 1879, 1903 y 1936 jalonaron un ethos nacional auto-conmiserativo, en un país llorón de mares perdidos que era campamento minero y tierra de pongos. Que vivía a espaldas de tres cuartas partes de su territorio, hoy llamada Media Luna. A los ojos del mundo, la Bolivia cercenada fue degradada de verla como un aislado Tibet, a percibirla como un Afganistán conflictivo en Sudamérica, visión siempre anclada al altiplano.
La era de frustraciones políticas quizá empezó en la década de los 40, con la filtración de ideologías mesiánicas de corte marxista, llegadas del gran espejismo que fuera el paraíso de obreros y campesinos en la Unión Soviética de la década de los 30, injertada en el pie amargo de la derrota en los tuscales del Chaco. Fue su exponente un PIR de promesas de cambio, defraudadas por ser cómplices del contragolpe de la Rosca minera y el magnicidio de Villarroel.
En 1952 sobrevino la mamada ‘robolucionaria’ del MNR. Se blindó de hitos revolucionarios que no fueron tales. La nacionalización de las minas indemnizó bajo la mesa a barones que habían extraído minerales hasta dejar carcasas horadadas por socavones de silicosos. La reforma agraria no pasó de repartir tierras, convirtiendo las haciendas en minifundios de pegujaleros, más tarde cocaleros, después pichicateros. La reforma educativa abrió paso a la escolarización más general, pero también más ineficiente, donde la noble profesión de maestro se contagió del virus trotskista que tiene a educadores más en las calles que en las aulas. Sus mayores logros fueron la movilidad horizontal que acabó con el ‘residenciamiento’ indígena en sus comunidades, aparejado con la marcha hacia el oriente, posible por la carretera a Santa Cruz, designio geopolítico gringo que fue logro al apropiarlo el gobierno. Quizá el hito más durable del MNR fue una nueva burguesía de sanguijuelas del Estado y contrabandistas.
Por circunstancias que no es del caso abordar me libré de ser mirista, gracias a Dios, siendo de una camada que fuera indoctrinada por sacerdotes tercermundistas que rebasaron los confines de la doctrina social de la Iglesia. Si en los 70 la dictadura aceleró el advenimiento de ese partido de idealistas, una década más tarde la angurria de poder tendió puentes sobre los ríos de sangre que les separaban de Bánzer. Peor, mutó a muchos en lovainómanos -cruce de sabio de Lovaina con cleptómano-, algunos de los cuales continúan ejerciendo la lucrativa ocupación de gestores de corrupción en el gobierno actual, gracias al camaleonismo y al transfugio políticos.
No estaré cuando de aquí a treinta años algún estudioso lamente lo que se vislumbra en el régimen de Evo Morales. Todos los elementos apuntan a otra frustración sinsentido. Un collage variopinto de terroristas fracasados, estalinistas trasnochados y tránsfugas oportunistas se enmadejan con gremios parasitarios, indianistas retrógrados y pretorianos de coca ilegal, aglomerados en torno a un avispado pero ignaro indígena, que ha evolucionado de austero enchompado que captara la simpatía del mundo, a clon vanidoso de populista autocrático que es el mandril venezolano.
Baste apuntar a la discrecionalidad odiosa del centralismo estalinista de nuevo cuño, que alardea de recuperar el dominio estatal del país. No le importa la soberanía virtual de las nuevas republiquetas -de contrabandistas en el altiplano y el sur; de cocaleros en el Chapare-, pero ataca las autonomías regionales. Hay policía para reprimir sucrenses, pero no para comunarios que ocupan minas porque las regalías deben ser para el ayllu, no para el Estado, alerta un admirado columnista. Se expropian tierras en el este y el sudeste, pero no se toca eriales improductivos del altiplano, donde trabajar canales de riego incaico y tecnología de carpas de invernadero, harían cornucopia de cultivos orgánicos. Más bien, se avasallan impunemente áreas protegidas y parques nacionales.
Por eso entran al ruedo visiones apocalípticas sobre el país. Un autor chileno habla de que “para la mayor parte del mundo desarrollado, lo que acontece en Bolivia es un conflicto típico del Cuarto Mundo, un conflicto de pobres, revoltosos, excluidos e inviables”. ¿Se llegará a un real punto de inflexión, quizá violento? No lo creo: en el país todo cambia para seguir igual.
Ya es diciembre, tiempo de Navidad trocada en festín de mercaderes. Al año estaré en el mero medio del dígito seis, y con paso cansino acaso trapee mi dignidad cobrando un bono demagógico. Seguro que tararearé a Chico Buarque: “oh, que será, que será, que está en el cada día de cada crisis, durmiendo entre el valido y el desvalido, en todos los sentidos; oh, que será que será, que no tiene decencia y no la tendrá, no puede estar prohibido y no lo estará, pues no tiene sentido”.
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