El alardeado tiempo de cambios es solo de relevo de politicastros. Lo prueba el sistema educativo boliviano que todavía se encuentra en una suerte de oscurantismo en cuanto a su situación, sus logros y temas pendientes. Al llegar Evo Morales a la presidencia en 2005, tiraron por la borda 10 años de mejoras en cobertura del ciclo primario. Del ciclo secundario, nada, y ni tocar esa vaca sagrada que es la universidad pública boliviana.
Hoy los escribidores escarban de a poco la evidencia de que son burros los que gobiernan el país, con impronta de unos a los que lavaron los cerebros con repetir falacias de Fausto Reynaga y dogmas obsoletos de Fidel Castro. Cual monjes penitentes, analistas chicotean sus espaldas con el cilicio de la perfidia gobiernista, desmenuzando la tomadura de pelo al país de la Ley de Convocatoria a Asamblea Constituyente, que sirvió de papel higiénico en el Palacio Quemado. Columnistas rasgan sus vestiduras por normas atropelladas del proceso asambleísta, que hiciera que levantamanos escudados por turbas, aprobaran en grande y en detalle una ilegítima Constitución masista en cuartel sucrense y recinto orureño.
El futuro demostrará que el alardeado tiempo de cambios es solo de relevo de politicastros: la politiquería es la misma de siempre. Ya hay indicios de que el cáncer sempiterno, la corrupción, también corroe al gobierno de Evo Morales, con lo que la fanfarria de que Bolivia cambia solo pregonaría un relevo de rateros.
Cuadrilla de golfos apandadores, unos y otros. Refraneros casticistas analfabetos de la derecha. Demagogos iletrados de la izquierda. Así empieza la deslumbrante prosa de Arturo Pérez Reverte en un Permitidme tutearos, imbéciles, artículo en que afirma no querer “que acabe el mes sin mentaros -el tuteo es deliberado- a la madre. Y me refiero a la madre de todos cuantos habéis tenido en vuestras manos infames la enseñanza pública en los últimos veinte o treinta años. De cuantos hacéis posible que este autocomplaciente país de mierda sea un país de más mierda todavía.”
Es rayo coprológico de cielo hispano que cito sin falsos remilgos, para que caiga también sobre las cabezas de gobernantes bolivianos, de ayer y de hoy. Hoy que se sufre en las calles del país el acoso de muertos de hambre del norte potosino, iletrados quechua que son, uso ese cuadro desgarrante como fondo para abordar la mamada de la educación en el gobierno de Evo Morales, pesando en mi alma su cinismo de alardear logros inexistentes o ilusos sobre la pobreza y la ignorancia.
Lo hago con una carambola de las puteadas de Pérez Reverte al leer el Informe 2006 de la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA), realizada en 57 países, y un reportaje de Carlos Manuel Sánchez que explica por qué Finlandia es el número uno en educación. Causalidad más que casualidad, lo cierto es que Suomi puntea entre los más desarrollados y menos corruptos del mundo. Es el secreto finlandés, asevera Sánchez.
Tanto el creador del Capitán Alatriste como el periodista, cuestionan el estado de la educación formal en España, cuya economía está entre las 10 primeras del planeta, pero donde los alumnos de 15 años se aplazaron al no alcanzar el promedio en conocimiento científico, matemático y lingüístico. En este último campo, el nivel de comprensión lectora de escolares españoles de 15 años ha bajado de forma “muy notable”. Diferente es Finlandia, donde lo normal es que un joven termine la secundaria con excelentes notas en ciencias y matemáticas, hablando inglés a la perfección y leyendo un libro por semana.
Algo de sadomasoquismo me aqueja al hurgar la situación boliviana y zaherir a otros enrostrándosela. Porque si da para clamar la brecha entre Finlandia y España, es para llanto la fosa marina que separa la efectividad de la escuela en Bolivia de sus pares europeos, o inclusive de los países vecinos.
Y no es que no haya esfuerzos progresistas en el país, que los hay. En la Reforma Educativa del primer gobierno de Sánchez de Lozada, tomó una década, hasta 2004, documentar una línea base con el estudio La educación en Bolivia: indicadores, cifras y resultados. Se reconocía que hacía “tan sólo diez años, el sistema educativo boliviano se encontraba en una suerte de oscurantismo en cuanto a su situación, sus logros y temas pendientes, contexto en el que el diagnóstico de la realidad educativa no era posible”.
El panorama de 2003 era aún más lapidario. Lykke E. Andersen, de la Universidad Católica Boliviana, y Manfred Wiebelt, del Kiel Institute for World Economics de Alemania, habían producido el estudio La Mala Calidad de la Educación en Bolivia y sus Consecuencias para el Desarrollo. No agriaré con cifras el festejo del Día de Reyes, así beneficie a pocos niños en nuestro pobre y desigual país. Pero resumía la situación que “mientras Bolivia se encuentra cerca de alcanzar la meta del milenio en lo que se refiere a educación básica universal, la calidad de la educación que reciben los niños en las escuelas públicas es muy baja”. A eso se sumó la corrupta picardía criolla. Habiendo incentivos económicos para lograr mayor cobertura, en Oruro se dio el curioso caso de que el número de educandos superaba el total de niños en la edad correspondiente.
Observen el laborioso construir de los horneros y la osadía del gorrión, tarajchi le llaman en el valle que me acoge, que invade sus casas lanzando al vacío los huevos de los hornos. Fueron tarajchis los que tomaron el timón de la educación al llegar Evo Morales a la presidencia en 2005. Tiraron por la borda 10 años de mejoras en cobertura del ciclo primario, por pajas mentales como leer arrugas, entreveradas en lagua involutiva con sandeces de enseñar 35 lenguas nativas en utopías ‘descolonizadoras’. Del ciclo secundario, nada, y ni tocar esa vaca sagrada que es la universidad pública boliviana.
A Pérez Reverte le hace hervir la sangre la arrogante impunidad, la ausencia de autocrítica y la cateta contumacia de los gobernantes en manejar la educación en España: como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Es mal que mereciera censurarse con mayor vitriolo en Bolivia. Por eso me adhiero con bronca a lo sentenciado por el ilustre escritor: ¡cuánto más peligro entraña el imbécil que el malvado!
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