Postulo que un contrasentido solucionaría el dilema de la conservación en un país rico en biodiversidad, pero notable también por la pobreza de sus habitantes: imbuido de un carácter ecológico, el turismo -en sí intervención disruptiva- puede ser una vía para dinamizar esos tres aspectos de conservar el medio ambiente.
Atizada por la propaganda oficial, hoy está en boga atribuir cualidades mágicas a los que se ha venido a llamar “originarios”. Les hacen inimputables de ser pícaros, malos o feos como el resto de los mortales, en un rasgo central del racismo al revés que ostentan.
La verdad es otra. En lo que al medio ambiente se refiere, la incultura depredadora se muestra en excrecencias de plástico en la ciudad y en el festín anual de la piromanía en el campo. Se concatena en individuos ignaros que no dudan en matar un oso de anteojos para hacer llaveros de sus patas, un tigre para vender su cuero, un caimán bebé para disecar en grotesca pose, o una tortuga de río para pintar dudoso arte en su caparazón vacío.
Entiendan bien apologistas del buen “originario”: a ellos les motiva el capitalista afán de lucro, que en la miseria rural es apenas un amago de llevar algo más a la boca. Su depredación será conjurada con estrategias de largo aliento: educar, disuadir, emplear. Todas implican mayor vigencia del Estado, que no significa, válgame Dios, el centralismo estalinista del actual gobierno, sino un efectivo imperio de la ley para todos.
Postulo que un contrasentido solucionaría el dilema de la conservación en un país rico en biodiversidad, pero notable también por la pobreza de sus habitantes: imbuido de un carácter ecológico, el turismo -en sí intervención disruptiva- puede ser una vía para dinamizar esos tres aspectos de conservar el medio ambiente.
Lo demuestran una orureña y un francés pioneros del turismo ecológico en Bella Vista, escénico poblado que oficia de vigía de la Reserva Forestal Iténez. Sobre un par de hectáreas aledañas al río San Martín, construyeron el Hotel Tucunaré, un paraíso de cabañas techadas de patujú, donde el confort de las habitaciones se imbrica con el uso de material local en medio de más de 75 especies arbóreas identificadas con nombres vernáculo y científico; casi 30 de ellas, frutales que se turnarán para brindar delicias a lo largo del año.
Quizá por ello avistar aves no requiere abandonar los predios. Cuando llegué me acogió la algarabía de un centenar de cotorras retozando en un mango al que aún le quedaban jugosos frutos; me despertaron al día siguiente atacando un guayabo aledaño a mi ventana. Se ven colibríes de 6 tipos, desde uno tan diminuto que parece un moscardón, hasta aquel de cola bifurcada que asemeja versión menuda del quetzal; tucanes de 3 clases, loros de 5, parabas azules y rojas, maticos, tordos, chopochoros, tojos. Mariposas en cien colores.
La atención es una mezcla de sofisticación europea y originalidad camba. El turista arriba en avioneta desde Santa Cruz, y es llevado al hotel en carretón adornado de palmas y flores. Desayunará viendo retozar bufeos en el río, con jugo de carambolo, fruta fresca, huevos criollos de yemas de un naranja intenso, crepas con sirope de guapurú, pan caliente, mermelada de camucamu y biscochos remojados en café con leche.
Si le gusta la pesca, navegará en un Río Blanco de aguas color petróleo hasta recodos donde menudean 50 tipos de peces. Almorzará pescado chapapeado en alguna playa, con guarniciones y bebidas frías que el hotel habrá dispuesto. Retornará a la hora de la oración, con el crepúsculo moteado de garzas y algazara de trinos salpicada de croar de sapos y ranas.
Si le gusta la cabalgata, a la madrugada le llevarán a una ganadería cercana, donde acompañará a vaqueros locales en el arreo. Le dará hambre galopar en yegua mansa por bajíos con el agua regándole la cara. En la estancia le esperará un desayuno ganadero: leche de la teta de la vaca, jugo de guayaba, bifes de hígado y carne con cebollas, huevos criollos, masaco de yuca y charque, café destilado y chicha camba. Podrá optar por turismo social: visitar artesanos de tejidos, ver cómo fabrican jabón de lejía o aprender el baile de las mamas.
Fanny, una enfermera cuya vocación es la alta cuisine que aprende de un chef de pleno derecho, esperará con un menú digno de reyes: ensalada de zanahoria salpicada de nueces y regada de vinagre de chocolate, con huevos rellenos de jengibre y mostaza de Dijon; filetes de tucunaré a la mantequilla, perejil y hierbas locales; pato al confite con fettuccini a la hierba tropical. Todo rociado con vinos bolivianos de altura o franceses de rara denominación de origen. De postre, mousse de chocolate criollo y degustación de licores con sabor de selva inventados por el gourmet: camucamu, guapomó, maracuyá, carambolo, guapurú. Si uno cae bien, el café viene con chorro de fino coñac francés, y continúa a botella completa en tertulia de militantes de la buena vida.
El efecto multiplicador es significativo. En aras de la calidad, se rehúsa aumentar el hospedaje del hotel en más de 20 camas. La fina atención ocupa 5 empleados fijos y 12 eventuales. Un grupo de 6 turistas genera 40 empleos en la gente del pueblo.
Cómo llegaron a ese fin de mundo convence de que no hay mal que por bien no venga: gracias a Evo Morales, dijo. Oriundo de Chateaudun, a 130 Km. de París, con 3500 buceos registrados el francés se jubiló de experto en salvataje, rondando su alma la cuestión existencial de cuántos años le quedan de vida, habida cuenta de sus horas sin oxígeno. Visitar un paisano, chef en un hotel de Santa Cruz, terminó en saga de un mes: primero la guerra del agua en Cochabamba; Chapare y otro despelote en Ivirgarzama; 4 días en lancha a Trinidad prolongada 3 días más por la muerte de un marinero. Luego de tal ordalía, fue sensato alejarse del mundanal ruido y sus bobadas en Bella Vista.
Tanta cháchara de cambio en el país. Si de cambio revolucionario se tratara, yo no vacilaría en licitar internacionalmente un programa en el que pioneros como Claude y Marcela Brosse, tomaran cargo de conservar áreas protegidas de Bolivia a través del turismo ecológico.