El cantonalismo étnico de Bolivia

El linchamiento de unos jóvenes en Chapare a título de justicia comunitaria hace reflexionar en el huevo de la serpiente que es trocar el concepto de Nación boliviana por el de Estado plurinacional. Trastocar un ideal nacional de unidad en diversidad, signado por el mestizaje y la interculturalidad, por una politiquera “voluntad de reconstruir las identidades de pueblos y naciones indígenas”.El cantonalismo étnico es imposible de consolidar, sin sangre de por medio, en el contexto de instituciones nacionales débiles.

Después de un par de artículos donde mi sardonia tuvo rasgos de la bonhomía que debe primar en Navidad y fin de año, acoplados con otro par en que abordé paisajes de la Bolivia profunda, hoy retomo la diatriba como motivo central. Tal estado de ánimo fue catalizado por la noticia televisiva que impuso que ronde en mi cabeza un fado triste en lugar de un carnavalito alegre: la desesperanza de los familiares de unos jóvenes, que por ser cambas fueron linchados en Ivirgarzama, en la republiqueta cocalera libre de Chapare.

El crimen ocurrió en momentos en que ya preocupa internacionalmente que en Bolivia ocurran linchamientos, torturas y quemas vivas, a título de la justicia comunitaria. Dizque justicia a la que el gobierno de Evo Morales pretende otorgar rango constitucional y equiparar a la justicia ordinaria, dice la Human Rights Foundation. Basada en usos y costumbres atávicos que no se cuestionan legalmente, su aplicación a priori en Bolivia “ha dejado un saldo entre noviembre de 2005 y septiembre de 2007 de 28 casos que van desde servicio a la comunidad hasta pena de muerte, incluyendo chicotazos o azotes y hasta crucifixión”. A los que se debería añadir el enterramiento vivo en Ivirgarzama.   

Esta vez no apelo a la empatía, es decir a que el lector se ponga en los zapatos de infelices víctimas de la irracionalidad criminal de la turbamulta. Más bien, no sin lamentar que sean tan pocos los que disciernen temas acuciantes y tantos los que asienten como borregos dejándose llevar a los arrecifes por los cantos de sirena del populismo oclocrático, hoy abogo porque se entienda un aspecto de la aberración de Constitución que el gobierno de Evo Morales impondrá a los bolivianos.

Y digo impondrá porque me confieso escéptico a que la proverbial prudencia boliviana se manifestará, una vez más, en aquella aproximación al despeñadero, para luego mirar al abismo y dar un paso atrás. Dirá alguno que hay esperanza, que ya se acordaron tres temas a revisar -Constitución ilegal, retruca autonomista y despojo confiscatorio de ingresos de hidrocarburos- entre el Presidente Morales y los gobernadores departamentales, todos ellos elegidos en las urnas. Digo yo que aún en el caso de consensuar en la cumbre entre el Ejecutivo y los Prefectos, el huevo de la serpiente está ahí para ser empollado por la ignorancia, los prejuicios y los resentimientos de un pueblo dividido como nunca por falacias étnicas inducidas por el gobierno.

Mentiras étnicas que de tanto repetirse por la propaganda oficial se están volviendo verdades. Miente, miente, que algo queda, decía Goebbels, ministro de ensalzamiento nazi y vertiente de esquemas de propaganda de regímenes autocráticos y populistas, sea de izquierda o de derecha. Dicho sea de paso, también de los gurus del marketing que venden desde pasta dental hasta presidentes.

El huevo de la serpiente es trocar el concepto de Nación boliviana por el de Estado plurinacional. Trastocar un ideal nacional de unidad en diversidad, signado por el mestizaje y la interculturalidad, por una politiquera “voluntad de reconstruir las identidades de pueblos y naciones indígenas”. Donde a título de ensalzar la autarquía de bolsones étnicos, se ha abierto el corral para que en un país de raquítico imperio de la ley, irrumpan en estampida comunarios que asaltan concesiones mineras e invaden predios agrícolas.

Reitero que un injerto de obsoleto comunismo en pie de indianismo trasnochado ha resurgido, como la tuberculosis, en nuestra parte del mundo. Tiene una noción de nacionalidad que ignora gradaciones en la complejidad de conglomerados sociales. En el caso de las plurinaciones en que se dividirá Bolivia, da lo mismo que alguna etnia no haya superado el nivel de tribu, para calificar a uno de los 36 compartimientos estancos plurinacionales.

Es que hay intención hegemónica: la batuta de las plurinacionalidades la lleva la aymara. Ni son eruditos los “reconstructores”, sino rumiantes de rancio pienso castrista, vitaminado por petrodólares del “narcisismo-leninismo” chavista, en un país pobre donde parece que los menos aprecian la noción antropológica de aculturación y los más la marxista de lucha de clases.

Por eso redoblo mi tambor advirtiendo de que en el futuro pueda darse el desmembramiento de Bolivia. Como en Yugoslavia, lo que pudiera suceder se interpretaría como un “nacionalismo desnacionalizador” de aquí a un par de lustros. Porque lo que provocará la Constitución ilegal del MAS, es que los referentes de una identidad colectiva -la bolivianidad-, pactada en torno al concepto de unidad en la diversidad, definiendo compromisos y lealtades que moldean el sentido de pertenencia a una patria, se devalúen para dar paso a referentes de identidades colectivas diferenciadas y hostiles. Las plurinaciones propuestas imponen diferencias donde antes prevalían procesos de mestizaje: generan fricciones donde antes regía la convivencia. Es entorno político que propicia un dividir para reinar del populismo autocrático, mediante la manipulación mediática de las masas.

Los aleteos autocráticos del gobierno de Evo Morales, para fortalecer el Estado centralista en molde estalinista que fragüe la coexistencia en tal pastiche étnico, están a contrapelo del proceso descentralizador y autonómico a nivel de regiones, ratificados en democracia por referendos departamentales multitudinarios. El cantonalismo étnico es imposible de consolidar, sin sangre de por medio, en el contexto de instituciones nacionales débiles. Un Poder Judicial manoseado, un Tribunal Constitucional castrado, un Alto Mando militar obsecuente, una Policía resfriada de corrupción, un Poder Legislativo de levantamanos y un Poder Ejecutivo guiado más por la ambición prorroguista que por el ideal de servir al bien público en una democracia representativa.

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