Evocando al tío Tito

Un homenaje póstumo a Guillermo Aponte Burela se enhebra con reflexiones sobre el socialismo como una vía a los procesos de cambio para construir sociedades más prósperas y equitativas. De que es preciso inculcar que la libertad es un bien preciado cuanto trabajoso de mantener. Que urge difundir la convicción de que pueda uno discrepar de las ideas de alguien, pero debe defender a ultranza su derecho a tenerlas y expresarlas. Los avatares políticos de tío Tito destilan otro aspecto vital del credo de la libertad: la tolerancia.

Le contaba a mis hijas que quizá tarareaba la canción Cacería de Chico Buarque, “hoy es día de gracia, hoy es día de caza y del cazador”, un 18 de noviembre hace 32 años cuando conocí a su mamá. Encontrar a mi media naranja de tres décadas no estaba en mi agenda, si batía ojos con una choca sentada en mesa vecina, en medio de la algazara de tres amigos que había acarreado a la fiesta de los benianos, que se burlaban de mis aires de seductor de cuarta. En eso llegaron el tío Humberto, su esposa Arminda y el tío Tito, chaperones de una hermosa joven en vestido rojo con arabescos bordados. Tomó meses aguantar chuscas para sacudirme el apodo que me endilgaron los amigos, cuando al responder al tío Humberto sobre mis estudios, no captó lo de la antropología y acotó: “este Wijton puej es todo un larause”.

Invitado a su mesa después, el tío Tito contó que venían de escapada de otra fiesta, donde un opa de apellido ilustre, que en Riberalta comía bichos por un peso para regodeo de borrachos, había impuesto incómodo asedio a los bailes de su sobrina. Libaciones más tarde, de pie y con voz estentórea, anunció: “mi sobrina no va a bailar con ninguno de estos cambas: ¡va a bailar solo con vos!”, exclamó apuntándome. Al día siguiente, el almuerzo dominguero al que me invitaron fue precedido por jovial bienvenida, en que revólver en mano, el tío Tito me conminó a precisar la naturaleza de mis intenciones con su sobrina. El resto es historia, terminé, fingiendo cara de compungido ante la risa de mi hija.

No sabía entonces que hacía diez años el tío Tito era prominente figura de la izquierda boliviana, una que profesa la fe de que es un proceso el cambio para construir una sociedad más próspera y equitativa. Una que se diferencia de aquella mesiánica de ilusos ingenieros sociales que creen que es más pura el agua del arroyo revolviendo el cieno del resentimiento. Tanto más meritorio en cuanto por cuna de buena estirpe, formación académica en el exterior y brillante futuro como profesional, el Tío Tito escogió destacarse en el servicio público, cuando tenía todas las de ley para ser lo que hoy en día, en simplificación prejuiciosa, es el denuesto de oligarca con que meten en bolsa demagógica a gatos de toda laya y color.

Cuando selló mi ventura conyugal en 1975, yo tampoco conocía que estaba en Cochabamba con la libertad restringida por esa penosa coartación que es ‘residenciar’ en algún lugar. Leyendo sobre su vida en la modalidad de historia oral que Lupe Cajías lograra en su Memorias de un socialista, digerí que la astucia aderezada de suerte y acompañada del vino fino que son los amigos, fue tal vez la dieta que le salvó de un campo de concentración como fuera aquel de Curahuara de Carangas, del reclusorio político de una Isla del Sol digna de mejor suerte, del secuestro, tortura y posterior sacrificio de Luis Espinal, o del asesinato a sangre fría de Marcelo Quiroga Santa Cruz.

Sin embargo, conoció el destierro forzado bajo Barrientos, a quien en retorno clandestino a Bolivia le rechazó una invitación a desayunar, porque “me va a querer humillar y yo que soy de la cría respondona no me voy a dejar y me van a agarrar a patadas o me va a volver a expulsar del país”. Ministro de Salud en el gobierno de Juan José Torres, renunció medio año después para fundar el Partido Socialista, aglutinando cuatro grupos de izquierda que más tardaron en agruparse que en disgregarse.

El golpe de Bánzer inició saltarina rayuela en el exterior. Asilado en Lima, viajó a Santiago de Chile para acogerse a la hospitalidad de Allende, colega y amigo. El golpe de Pinochet le llevó a la Argentina de la temible Triple A. Huyó a São Paulo de lentes oscuros y peluca, desde donde completó la ronda al territorio patrio en Porto Velho, en la lejana Rondônia. Escapando, escapando, continuó con un periplo nacional primero en su estancia en el Beni, luego en ganaderías de amigos, después en clandestinidad cruceña. No había perdido la bonhomía cuando le conocí “residenciado” en Cochabamba.

Tengo dos frutos de amor en las hijas de la unión que apadrinó la instructiva danzarina de tío Tito. Son contrapuestas en ideología, tanto que las llamo mi ojo izquierdo y mi ojo derecho. Son el resultado de inculcar que la libertad es un bien preciado cuanto trabajoso de mantener. De imbuirles una paráfrasis de aquel dicho de Tomás Payne, creo, en sentido de que pueda uno discrepar de las ideas de alguien, pero debe defender a ultranza su derecho a tenerlas y expresarlas. La lectura de los avatares políticos de tío Tito destila otro aspecto vital del credo de la libertad: la tolerancia.

Casualmente estos días se ha develado el atentado a la libertad, de seguimientos con videos, cuando no la intrusión en la telefonía privada. Clon que es del proceso chavista, la propensión al resbalón totalitario de un régimen populista como el actual, acoplado de disponer de fondos reservados y medios tecnológicos, hace recelar que tales atropellos no se limitarán solo a políticos y periodistas. Haciendo de dos males un bien, se justifican con que gobiernos previos tuvieron gastos reservados, siendo que es lo mismo que igual, pero más, la dádiva millonaria de libre disponibilidad del padrino caraqueño. Es rasgar de vestiduras de fariseos torvos que ojala tuvieran la bonhomía del Tío Tito, y su vocación de servicio al bien común.

Evocando a Guillermo Aponte Burela, el tío Tito, me viene a la mente un verso de Silvio Rodríguez que le retrata: “Cierto que huí de los fastos y de los oropeles, y que jamás puse en venta ninguna quimera, siempre evité ser un súbdito de los laureles, porque vivir era un vértigo y no una carrera. Pero quiero que me digas, amor, que no todo fue naufragar, por haber creído que amar era el verbo más bello. Dímelo, que la vida me va en ello.”

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