Pasarela de truculentos y majaderos

Qué pasarela. La truculencia de la llamada justicia comunitaria en Epizana. El cínico criticar a las petroleras por no invertir, luego de la bravuconada de nacionalización de hidrocarburos, la toma de instalaciones por milicos en uniforme de guerra, la encarcelación de ejecutivos extranjeros sin derecho a defensa, los improperios a los vampiros transnacionales, la inseguridad jurídica y la incertidumbre de la nueva Carta Magna. Las “vigilias” de agricultores, cocaleros y regantes, que cercan el Congreso para imponer la aprobación de convocatoria a referendos. Falta la evidencia de la corrupción sempiterna, que convertiría a este gobierno en relevo de rateros.

Dicen que las noticias con el añadido del testimonio gráfico del camarógrafo, protagonista a veces heroico pero poco reconocido que filma los hechos, tienen un efecto diferido que poco a poco termina por anestesiar la sensibilidad de las personas. Evoco la callosidad ocasionada por la divulgación diaria de florestas en llamas por el NAPALM; de filmes que ganaron premios, como la de la niña quemada que gritaba de dolor en desnudez chamuscada, o el oficial survietnamita que volaba los sesos de un prisionero en vivo y directo durante la ofensiva Tet. Fueron parte de una dieta diaria de truculencia que la gente compartía con la cena familiar a través de la televisión.

Esto pensé la otra mañana cuando a pesar de mis reparos, mi esposa insistió en ver las noticias. Nuestro desayuno fueron los cadáveres en charcos de sangre de 3 policías torturados y ahorcados en Epizana, filmados con el mismo celo con que se detienen en montes y colinas íntimos de hembras en pasarela de prendas interiores y trajes de baño. Empezó el usual ‘yo no fui’ entre pobladores y comunarios, antesala de sesuda jurisprudencia cuando siente reales la justicia comunitaria, sello legal que dará carta blanca a la crueldad de los linchamientos en la nueva Constitución parida también con el fórceps de la turba aleccionada.

Mientras los noticieros televisivos mejoran ratings con la truculencia amarillista, empieza el usual ‘cover up’, el encubrimiento de tan despreciable crimen. Ya los pobladores del pueblo asesino urdieron una de policías fuera de servicio que recaudaban extorsiones para sus comandantes; falta que la plana mayor de la policía eche tierra en el tema, en sórdido callar y otorgar. Algunos adláteres del régimen inventarán alguna peregrina conexión con los cruceños autonomistas a los que hay que satanizar. Los comunarios se escudarán en atavismo bárbaro que ahora llaman justicia comunitaria. Un fundamentalista aymara embutirá papo de sabiduría originaria, ignorante de la etnohistoria que documenta transplantes masivos de poblaciones, en castigo de faltas menores en el despotismo asiático de la época precolombina.

Ya son demasiados casos de semejante truculencia criminal. No deseo afectarme con tal insensatez, así que froto hojas imaginarias de sardonia para que deformen mi cara adusta y la truequen en ironía jocosa de pagliaccio que ríe por fuera y llora por dentro. En ese empeño, las noticias proveen abundante material para una pasarela de majaderos que acompañen a la de truculentos.

Una niña expulsada de su club de tenis por chillar como la Sharapova, quizá porque no tiene edad como para imitar a la pantera rubia en celo. En bárbara justicia religiosa, un docente universitario condenado a 8 meses de cárcel y 180 chicotazos por tomar café con una mujer que no era su pariente en Arabia Saudita: quizá le mutilaban los labios si le daba un ósculo; cortaban su lengua si era beso francés.

Son chiquilladas en comparación a lo que pasa en la pasarela cruel y majadera del país. Miren al Vicepresidente enrostrando a las petroleras de no invertir, luego de la bravuconada de la nacionalización de hidrocarburos, la toma de instalaciones por milicos en uniforme de guerra, la encarcelación de ejecutivos extranjeros sin derecho a defensa, los improperios a los vampiros transnacionales, la inseguridad jurídica y la incertidumbre de la nueva Carta Magna. Tanta majadería recordó a un abusivo concubino que reclama a su vapuleada mujer que le haga cariñitos después de haberle hinchado la cara a sopapos. Vino luego del papelón que hicieran primero él, y Evo después, tratando de convencer a Lula brasilero que cediera algo del insuficiente gas boliviano a Cristina argentina.

Observen al máximo dirigente campesino, dueño de medio centenar de naranjos infestados de roya pero de buen pasar como bravucón sindicatero, declarando que ningún compañero se iba a exceder en las “vigilias” de agricultores, cocaleros y regantes, que cercaron el Congreso para imponer la aprobación de la convocatoria a los referendos. Pregúntenselo al infeliz al que le patearon las cachinas, en vivo y directo, por mostrar un cartel que dudaba de la propaganda del Evo Cumple (Chávez Ordena). Fíjense en la plebe de pega mujeres con puñetes arteros a una periodista, ahora congresista, pero de la oposición. Indaguen con el corrupto de prontuario, diputado del partido de gobierno, que socapa el delito porque otros lo han hecho en el pasado: ¿repartió fotos de congresistas opositores, para que la turbamulta, “en ejercicio democrático”, les saque la entretela al intentar entrar al hemiciclo?

Lo que se está viviendo en Bolivia es un simple episodio pasajero de gobierno que usa la dicotomía de la “izquierda” y la “derecha” de una manera discursiva y demagógica. En la práctica, continúa la tramoya de la toma del poder para efectos de variantes de explotación y concentración de riqueza en nuevos poderosos de la sociedad de consumo. Lo demuestra el desfile de majaderías que suma y sigue todos los días. El gobierno de Evo, disfrazado de gallardo caporal que cambiaría las cosas en Bolivia, es nomás una estación más en el vía crucis de este país mal gobernado y peor administrado.

Falta la cereza en la torta, la evidencia de la corrupción sempiterna, que convertiría a este gobierno en relevo de rateros. Parafraseando una zamba que cantaba Antonio Torno, ya se está dando un casito aquí, otro más allá, y el camino largo que baja y se pierde del paisaje de la pudrición de siempre. No me consta si es verdad, aunque cuando el río suena es que piedras lleva, pero quizá un último casito fue de uno de los hombres del Presidente, que con su sueldito que no puede ser mayor a los quince mil bolivianitos del sueldo de su jefecito, se compró una casita de trescientos mil dolarcitos.

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