Los días que vendrán

Sospecho tres aspectos del programa de gobierno de Evo Morales. Uno, que los recursos son usados como incentivos a la docilidad política, no a la producción. Dos, la autonomía chúcara de Santa Cruz la hace inelegible y se pretende domarla quebrando el espinazo a su producción agropecuaria. Tres, la fanfarria de diálogo y de recursos para fomentar la producción es pura bulla cosmética.

El otro día veía a un preocupado ejecutivo de la Cámara Agropecuaria del Oriente, en entrevista con el ubicuo Carlos Valverde, a quien marea ver un día en críticas al populismo atropellador de leyes, y al siguiente en apología de subversivos en Colombia, que el hijo del adalid del federalismo de hace años, vierte sin pelos pero sí con sapos y culebras en la lengua.

Mauricio Roca develó el descarado y cínico doble discurso de Evo Morales, al ofrecer $600 millones de dólares para dar impulso de emergencia al aparato productivo del país. Pero al reunir a los sectores interesados en la Santa Cruz locomotora de tales empeños, sus ministros culipandearon unos modestísimos $5 millones que se pidieron de inmediato, para salvar de la hecatombe de La Niña un importante saldo de producción agropecuaria no afectado por lluvias e inundaciones.

Conociendo el ventajismo que hace a dirigentes de zonas del país que apenas conocen garúas, reclamar un pedazo del pastel de recursos solidarios para los infelices que están, como se dice por allá, con el agua al coto, hago hincapié de que el dinero pedido no era en forma de talegazos sin control. Eran recursos para una efectiva campaña que reparase vías de transporte, puentes y vados, haciendo posible sacar el arroz a las peladoras, la caña de azúcar a los ingenios, las reses al matadero, las hortalizas a los mercados de abasto, etc. ¡Mierda!, exclamaría Carval, el gobierno exigió una lista de requisitos más larga que la Cuaresma y tan tardona de cumplir, que La Niña sería mujer casada y parida para entonces.

Sospecho tres aspectos de tal programa del gobierno de Evo Morales. Uno, que los recursos son usados como incentivos a la docilidad política, no a la producción. Dos, la autonomía chúcara de Santa Cruz la hace inelegible y se pretende domarla quebrando el espinazo a su producción agropecuaria. Tres, la fanfarria de diálogo y de recursos para fomentar la producción es pura bulla cosmética de Evo Morales, ante europeos crédulos y condescendientes con el indígena-originaria, barbarismo de idioma y crimen comunitario insertos, que mal gobierna una Bolivia merecedora de un gato del que poco importa el color, sino que cace ratones -léase buen gobernante.

Amigo de la prosa que soy, no caeré en la ocurrencia cínica de otros tiempos, cuando se tapaban componendas con clisés vacuos y engañosos, como el empate catastrófico. Más que unirme al coro de exhortadores a concertar y dialogar, pienso que es evidente el doble discurso en Evo Morales y son demasiadas las veces que le ha servido para meter los dedos en la boca a la oposición democrática.

Su estrategia de talegazos le ha valido la obsecuencia de altos mandos en los estamentos armados, guardianes constitucionales que son, aparte de que los militares están vacunados de salir a las calles por la retahíla de juicios en el pasado reciente, nada menos que por actuar en el modo en que fueran entrenados. Si hay una consigna compartida es cuidarse de servir de perros de presa de cualquier mandamás.

El vacío dejado por militares renuentes y policías ambivalentes, está siendo copado por militantes de endiosados movimientos sociales, dirigidos por señores de la golpiza, no de guerra, que son incentivados por el gobierno para copar las calles y acallar las crecientes muestras de enfado con su mal gobierno. Son embriones de milicias urbanas de complemento a fuerzas de choque regimentadas, de ponchos rojos en Achacachi y cocaleros en el Chapare, que ahora sin la rienda siquiera de la Unidad de Patrullaje Rural (UMOPAR), quizá se armarán con rifles Kalashnikov venezolanos en el futuro. Estas fuerzas irregulares actuarán cuando la situación se deteriore aún más.

Para indagar en los días que vendrán, no basta lamentar la creciente  inflación, cuando no la carestía de alimentos nacionales que se pretende cortar con prohibiciones ilusas e importaciones dispendiosas. Si entra en vigencia la Constitución ilegal del MAS, que lo hará si no se la resiste, hay que mirarse en espejo venezolano, algo que no es la primera vez que preconizo.

La política agraria de Hugo Chávez, padrino del régimen de Evo, que se llenara la boca con la soberanía alimentaria, ha sido caricaturizada como el modelo del conuco, aclarando que eso en Venezuela es una parcela pequeña de tierra destinada al cultivo casi sin regadío ni laboreo. Tomen el estado de Yaracuy, uno de 24 en la tierra de Bolívar, que con 7.100 Km2 es una versión en pequeño de Santa Cruz, dedicado también a la agricultura y la ganadería como base de su economía.

Documenta Joseph Poliszuk que en Yaracuy han sido invadidas 27.000 Has de haciendas ganaderas, dejando de producir 216.000 litros de leche al día. Si todos los rebaños estuvieran productivos, habría leche para que sus 600.000 habitantes consuman los 120 litros que la Organización Mundial de la Salud recomienda a cada persona por año. Y sobraría, dice la Fedecámaras de Venezuela, equivalente a la CAINCO de Santa Cruz. En Yaracuy las invasiones de tierras han ocasionado déficit de 21.000 novillos, que faenados satisfarían el consumo de carne de 250.000 ciudadanos. Se está proveyendo carne en condiciones artificiales, resolviendo el desabastecimiento mientras los precios del petróleo se mantienen altos, pero acabarán con los hatos ganaderos, dicen los expertos.

¿Acaso no pasará lo mismo en Bolivia, donde aparte de no contar con la chorrera de petrodólares, la mortandad ganadera de ayer y de hoy por las inundaciones, y de mañana por las plagas, reducirá a niveles ínfimos los hatos de ganado? Negro pensar que atormenta es que el etnopopulismo de disco rayado de castrismo y estalinismo de hoy, buscará destruir lo construido para ser artífice del nacimiento de un nuevo orden, que no es otra cosa que una quimera más que atrasará Bolivia por otros 20 años.

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