Trivialidad en la retórica étnica

El gobierno de Evo Morales logró visibilidad internacional para Bolivia, así fuera por la curiosidad de un primer presidente indígena. Pero en el país puso en vigencia un enfoque prejuicioso y resentido de su diversidad cultural y étnica. El artículo pincha globos de liviandad en algún escrito que sustenta medias verdades gobiernistas.  Concluye que es iluso y distrae de problemas más acuciantes, pretender cambiar la historia en base a cambios de nombre.

Que no diga algún fundamentalista que solo escribo diatribas sobre el régimen de Evo Morales, pensé el otro día de feriado. Pasé la tarde viendo La Strada, brillante obra de Federico Fellini, en que su esposa Giuletta Massina tocaba el alma con el rol penoso de una que fuera vendida por un equivalente de 100 pesos a un rústico fortachón de feria, papel en que Anthony Quinn ya mostraba la hilacha de gran actor. Dicho film neorrealista del renacimiento del cine italiano de posguerra, aparte de la calidad de sus creadores, descarnaba la dura realidad que vivía Italia, en reconstrucción de las ruinas de la II Guerra Mundial. Fue solo hace 60 años y comparen la bota peninsular de entonces, con la hoy próspera nación receptora de bolivianos en busca de trabajo.

Pero esta nota no es sobre temas cinematográficos, así reflejen una realidad que hoy se sigue viviendo en Bolivia.

En la desesperanza que las noticias inducen cada jornada, pretendí encontrar algo positivo al desastre del régimen actual. Después de ver La Strada, se me ocurrieron dos facetas positivas del régimen de Evo Morales al principio de su gestión. Afuera, logró visibilidad internacional para Bolivia, así fuera por la curiosidad de un primer presidente indígena. Adentro, puso en vigencia un enfoque prejuicioso y resentido de su diversidad cultural y étnica.

La notoriedad internacional tenía la raigambre de una tradición cultural europea entroncada en ambición material, que fomentó colonialismos sobre pueblos menos aventajados, y como contrapeso lo que los psicólogos llaman sentimiento de culpa, evidente en el mito del buen salvaje, que si no es racista, por lo menos es sesgado de condescendencia, en cuanto los humanos somos la même chose, cuando no la misma mierda, de Mongolia a Canadá, de Ruanda a Bolivia.

La dimensión prejuiciosa vino aparejada con la resurrección de una ideología que se creía muerta desde la caída del Muro de Berlín, que solo en una alucinada Latinoamérica podía resurgir y ser aprovechada por demagogos. En Bolivia acopla estalinismo castrista con mitos indianistas. Estos últimos se apoyan en el retorno a edad de oro precolombina que no fue tal. Se valen de la ignorancia de la gente y de la propaganda en una era de comunicación global.

Tampoco estas solemnes reflexiones son el motivo de esta nota.

En mi onda sardónica relajo mi preocupación y distraigo la de algún lector, pinchando globos de liviandad en algún escrito que sustenta medias verdades gobiernistas. Como la onda de retórica étnica en boga, con la que Xavier Albó rescató notas de seminarista en épocas de tercermundismo eclesiástico, o apuntes de la universidad gringa de la elitista Ivy League donde estudió lingüística, en su De identidades ajenas a una Abya Yala abierta. En efecto, es llegar a extremo trivial discurrir sobre nombres que la historia ha impuesto, así fueran desacertados, mientras la gente languidece sin progreso, el gobierno se ocupa en destruir la economía y un país dividido vela sus armas para una confrontación inminente.

Así fuera el nombre “América” producto de inmerecido homenaje a un geógrafo italiano, no creo que el apelativo de Latinoamérica tenga que ver con hablar latín, del mismo modo que el tronco idiomático Romance del cual derivan el italiano, el francés, el español, el portugués y el rumano, nada tiene que hacer con estereotipos del “latin lover” que pudieran caricaturizar a sus machos. En los pueblos indígenas que conozco, no me consta que en “un nuevo continente posible, todos estos pueblos ya han coincidido en darle un nombre mucho más “étnico”: Abya Yala”. Tiene razón, es sugerente el ribete de los indios Kuna de Panamá para renombrar el Nuevo Mundo, pero no en el mejor de los sentidos. Porque describir así a todo lo que se expandía más allá de sus tierras, tiene toque etnocentrista común en grupos étnicos del mundo, ya que Abya significa un sabroso “virgen ya madura y lista para ser fecunda”, y Yala es territorio.

Semejantes disquisiciones tienen un aire bizantino de contar ángeles en cabeza de alfiler, bueno en círculos de revolucionarios de cafetín, aquí y en Ithaca. Más efectivo para legitimar las raíces indígenas del mestizo boliviano, que es la mayoría del país, sería que Albó abriera su Los mil rostros del quechua, a corolarios sobre la incidencia variopinta del quechuañol. Como los Jesuitas de antaño con su língua geral o el Bill Gates de sistemas operativos de hogaño, planteara versiones enriquecidas del español boliviano -híbrido rico de neologismos indígenas- otorgando mayores espacios de aserción a las treinta y tantas lenguas nativas, en vez de racionalizar la balcanización de Bolivia, so pretexto de legitimación tanto más trivial, en cuanto la mayoría de los pueblos indígenas anda con el buche pegado al espinazo.

Es iluso y distrae de problemas más acuciantes, pretender cambiar la historia en base a cambios de nombre. España, bautizada así porque era la provincia romana Hispania, se llamaría Visigodia, pero los andaluces preferirían Morunia para sus restos del califato de Córdoba; ni hablar del parecer de catalanes y vascos. ¿Qué hacen México con nombre azteca y Perú con uno de río, con decenas de etnias, tribus, cacicazgos, reinos e imperios?

Yo propondría Bolañetindia para Bolivia. Por india, así respingaran los que saben que el calificativo de indio vino de una confusión colombiana, nada que ver con la república hermana cuyo nombre talvez debiera cambiarse a Chibchania, sino con Colón que creyó llegar a las Indias. Por Olañeta, real padre de esta patria según una tesis histórica que no comparto, peor por el rasgo altoperuano de dos caras. El “Bol” no es por Bolívar, sino por la boludez de tanta insensatez en el gobierno, que generaliza un estereotipo nada halagador para los bolivianos.

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