Una tarde con los camaradas de la Promoción Reconquista del Colegio Militar, evoca el actual manoseo de las Fuerzas Armadas, forzadas a permitir que desfilen paramilitares aymaras y aceptar que en las oficinas gubernamentales destaquen los cuadros del Ché que los bolivianos derrotaron en la campaña de Ñancahuasú.
No pude sustraerme al entusiasmo de una tarde con mis camaradas de la Promoción Reconquista del Colegio Militar de Ejército. Son coroneles y generales en retiro que me honran haciéndome parte de su cofradía, aunque solo me cupo el privilegio de hacer el servicio militar como cadete pensionista. Se comentaba el desfile del 7 de agosto, día de las FF.AA., en que pusieron nota folclórica los miles de indígenas llegados, supuestamente por sus propios y sacrificados medios, a la avenida Beijing de Cochabamba, para la Parada Militar y Jura a la Bandera.
Uno observó el show de fuerza del régimen pagando los gastos de semejante despliegue, con equipos y tropas en magnitud nunca vista en Bolivia. Claro, era días antes del Referéndum revocatorio… Otro se asombró del show mediático del evento. Que no me la charlen, dijo, las Araonas cuya foto adornó la primera plana en un diario, eran cochalas de la zona Sur que alquilaron disfraces de cotense; quizá de la misma tienda donde mis hijas rentaban disfraces de tinku con que bailaban en la fiesta de su colegio.
Prevaleció el hacer hincapié en lo positivo de indígenas desfilando con militares, al fin son ellos la sacrificada carne de cañón que llenan los cuadros soldadescos de la milicia. Yo mismo, haciendo honor a Jesús Lara, nombré repetes al grupo de correo electrónico con que acomodo a mis camaradas. El hambre no distingue matices de color de piel y diferencias de origen étnico: apuesto que la que sentíamos de mostrencos en Irpavi, era la misma que la de soldados indígenas que pedían repetir la ración de rancho en el Chaco.
Curiosa la comunidad fraterna de los que aprenden a manejar juguetes que matan. Desde 1952, se oxigenaron sus cuadros de oficiales con cadetes oriundos de ciudades y pueblos de la variada geografía del país. Destinados a diferentes unidades militares, contrajeron nupcias con damitas del lugar: el amor se convirtió en instrumento de integración patria, sepultando prejuicios originados en el desconocimiento de la diversidad boliviana.
Los militares sean de donde fueran, son indoctrinados en el amor a la patria y a sus símbolos, en los que la bandera nacional destaca al frente en desfiles y en batalla. Por eso, mis camaradas coincidieron en lo acertado del 7 de agosto, en que los uniformados no permitieron ni Ponchos Rojos flameando wipalas, ni indígenas con pendones regionales: solo la tricolor que cobija a todos. Acoto que el mismo Evo Morales parece haber entendido esto: ha relegado la otrora ubicua wipala a segundo plano.
Contaba un general que en el desfile no faltó la rechifla de un desubicado a los veteranos que derrotaron la guerrilla del Ché. Fue respondida con presteza, prometiendo hacer lo mismo las veces que fuese necesario para expulsar al agresor extranjero de la patria. Lo mismo debería restregarse en cara de los que destacan póster del Ché en oficinas gobiernistas. Pero en Bolivia pareciera que el copamiento por ideología castrista está en curso, sin matar, más de 30 años después de la derrota de la guerrilla cubana.
La contienda dejó cicatrices en algunos de mis condiscípulos. La reunión derivó en evocación de escenas de guerra que parecen de película, pero que matan de verdad. Fue triste suerte que tocó a varios, en un ejército de viejos fusiles Máuser para desfilar y guerrear; donde en mi tiempo, se hicieron con piedras los ejercicios de lanzar granadas. Solemne, uno recitó los nombres de camaradas muertos en la campaña de Ñancahuazú, a quienes conocieron de cadetes, brigadieres u oficiales: Ayala, Amézaga, Saavedra, Laredo y el condiscípulo Velarde.
Saltó una dimensión de la guerra: dentro de su crueldad hace iguales a los hombres. Metidos en una trinchera, en guardias nocturnas, en marcha sigilosa en procura del enemigo, o respondiendo a una emboscada, el oficial y el soldado son lo mismo: seres humanos temerosos -de miedo está hecho el heroísmo-, cuya vida depende del camarada de al lado, sin importar si es camba o colla, o si su piel es alba, cobriza, negra o café con leche.
¿Por qué entonces no destacan los nombres de soldados, muchos de los cuales calificarían hoy de ‘originarios’, en los recuerdos de la gesta de Ñancahuazú? Los guerrilleros, muchos de ellos foráneos, son conocidos hasta el hastío. Un poco menos, los oficiales bolivianos que fueran emboscados junto a su tropa, por matreros en la guerra de guerrillas, al inicio de la campaña.
Hoy se ensalza la raigambre indígena de los bolivianos. Pero no son fotos del cabo conscripto Daniel Calani, cuyo apellido no es anglosajón, que tomó preso al Ché en la Quebrada del Churo y murió en combate un par de días después, ni del suboficial Bernardino Huanca, que comandó los boinas verdes en la última refriega del auto-calificado “condottieri del siglo 20″ (culminando en el penoso “soldados, no me maten, soy el Ché”), los cuadros en despachos del Palacio de Gobierno, junto al del Presidente Morales.
Por ello, en vísperas del Día de la Bandera en el calendario patriótico, ensalzo los apellidos indígenas de Romasa, Characayo, Callapa, junto a los criollos Vargas, Armaza, Alvarado, Gallardo, Márquez, Cornejo, Maldonado, Sanabria, Flores, Bigabriel, Parada, Miranda, Aráoz, Chavarría, Morales, Lafuente, Cossío, Muriel, Cruz, Moscoso y algunos omitidos pero no olvidados, en estas líneas sin rigor histórico.
Lograré mi objetivo si alguna lágrima corriera en la mejilla de alguien recordándolos, como aquellas que hacen carraspear al soldado boliviano, sea oficial, clase o sarna, cuando en alguna fría noche de guardia, piensan en “esa madre cariñosa, que llorando se quedó, por el hijo más querido, que a la Patria entregó…” Seguro estoy que cualquiera su etnia u origen, todas las mamás despidieron a los suyos camino al monte, con un “hijo mío, me decía, vence o muere con valor”.
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