Paranoias de un bono indigno

Las vicisitudes del autor para cobrar su bono de la tercera edad provocan pena por los humildes de esta pobre Bolivia. Aquellos en el altiplano cuyos  padres no tuvieron dinero, acceso o información para tramitar papeles; esos cuyas partidas fueron banquete de termitas en el trópico o que los olvidaron cuando emigraron al oriente. Sujetos a indignidad que su edad no merece.

No me refiero a Bono, vocalista del grupo irlandés U2 que tanto gozo me ha dado: sigue conmoviéndome su One, que hace años trajo desde lejanas tierras un hijo que me enferma de morriña. Hablo de la renta Dignidad: mejor se llamara indignidad luego de perder la jornada tratando sin éxito de cobrarla. Era un demagógico y electoralista invento de Goni llamado Bonosol, luego barnizado a Bolivida por Bánzer. Repintado a Renta Dignidad por Evo Morales, las huinflas que voy a dejar mis doscientos lucas en sus arcas dilapidadoras.

Caminé hasta el fondo financiero privado donde ya lo había cobrado antes, cargando el fólder donde porto fotocopias de mi cédula de identidad y de mi certificado de nacimiento, que me exigieron de inicio para acogerme al beneficio. “Su carnet de identidad”, exigió una achinada cajera. Se lo di. “Las fotocopias de su cédula y de su certificado de nacimiento”, ordenó. Se las di. Escudriñó con lupa los papeles y los devolvió diciendo “no puedo pagarle”. ¿Por qué?, pregunté. “Su certificado de nacimiento lo nombra Winston y su cédula de identidad Carlos Winston”, respondió.

Pidió que trajese mi certificado de bautismo. Yo estaba demasiado cansado para contarle que el Winston provenía de mi padre, admirador de Churchill, que aún antes de la epopeya de Stalingrado en que se volcó la torta de victorias nazis, me había nombrado su tocayo. Pero el cura que me bautizó, a pesar de ser irlandés de Chicago, rehusó hacerlo con un nombre pagano no inserto en el santoral, así que le añadieron el Carlos; yo solo me oriné.

Mierda que me siento viejo cobrando 200 pesos e indignidades de yapa, pensaba mientras caminaba trabajosamente cuesta arriba a mi casa. Con la mecha corta, telefoneé a mi esposa para preguntarle dónde cuernos en su peculiar sentido de orden estaban mis papeles. Encontré originales de la partida de bautismo y el certificado de bautismo, y marché a la fotocopiadora, que no me iban a pescar con el consabido ‘necesitamos fotocopias’.

Aguanté media hora de plantón a que un cliente resolviera descuentos por esto y aquello en un desembolso, y que contó su dinero con pachorra de benemérito. Enfrenté a la fiera. “Aquí están los papeles”, dije, entregándole los originales. Los revisó como con lupa; devolvió la partida de bautismo porque faltaba una “n” en el nombre: “este no sirve”, dijo. Revisado el segundo, desapareció sin dar explicaciones. Volvió rato después para decirme que no podía pagar la bendita renta, porque en el certificado de bautismo mi nombre estaba escrito sin el apellido materno. “Hable con la supervisora, si quiere”, espetó. Ni tiempo de contarle que mi afición por las bebidas espirituosas quizá se deba a que el cura que me bautizó, verdazinga, se llamaba Tom Collins.

La superiora repitió la cantaleta. Salía del banco cuando se me ocurrió leer el certificado. Volví con las cejas arqueadas: “señora”, reclamé, “el nombre no adjunta mi apellido materno, pero dos líneas más abajo dice que soy hijo legítimo de mi padre y de mi madre, signados ambos con sus apellidos”. Un robusto guardia se aproximaba, amenazante, cuando emprendí una retirada prudente sin cobrar.

Te están fregando, sentenció mi esposa en el almuerzo. Si deseas te acompaño con la ley en mano; requieres solo carnet de identidad para cobrar tu bono o armamos lío, rezongó una hija revolucionaria. Precipitaron una crisis de fijación persecutoria. Al final lo que escribo poco tiene de lisonjas para el narcisista indigenista que gobierna Bolivia, distorsión del narcisista leninista de Oppenheimer al mofarse de Hugo Chávez, el titiritero que digita los hilos.

La paranoia me hizo cavilar que el fondo financiero privado al que acudí para el cobro, había sido comprado por capital venezolano, tal vez con la mano dentro del megalómano autócrata para infiltrar nuestro sistema bancario. ¿Y si son tan eficientes los chavistas que ya estoy marcado como persona non grata en sus listados? Pero me acordé de un general, jubilado él, cuyo hijo sigue la carrera militar como oficial en alguna guarnición altiplánica. Contó a su padre cuán conmovedoras son las escenas de gente humilde, indígenas de tierra adentro, que cobran su renta en el cuartel designado agencia de desembolso.

Viejo lobo de mar de la historia que soy, pienso que las repartijas de plata son argucias electoreras, generadoras de apoyo a caudillos populistas. En Bolivia quizá se remontan a Sebastián de Segurola, criollo cuya efigie es ahora del ekeko, diosillo aymara de la abundancia, que repartía alimentos en el aciago sitio de Túpac Katari a La Paz. A Manuel Isidoro Belzu, que hacía llover monedas a la plebe de las alforjas de su caballo. A René Barrientos, precursor de viajes en avión o helicóptero a rincones de la patria a repartir talegazos. Anteceden todos a Evo Morales, versión moderna con cheques venezolanos, bonos a escolares que no comerán mejor por ello y vejetes sujetos a correteos indignos para cobrar unos pesos.

No pude cobrar mi indignidad. Peor, estoy en dilema de Hamlet sin ser príncipe ni danés: soy y no soy. El trámite judicial para corregir mi personería a lo que figura en mi certificado de nacimiento tarda un año. ¿Y qué hago de los documentos en que figuro como Carlos? Flaco consuelo es que pudiera haber sido bautizado Atenágoras de atenerse el cura a la fecha del santoral.

Siento pena por los humildes de esta pobre Bolivia. Aquellos que sus padres no tuvieron dinero, acceso o información para tramitar papeles en el altiplano; esos cuyas partidas fueron banquete de termitas en el trópico o que los olvidaron cuando emigraron al oriente. Serán víctima de onerosos viajes a la ciudad para hurgar registros, presa de tinterillos voraces. Sujetos a indignidad que su edad no merece, sin poder ventilar su frustración contando su historia. En su nombre lo hago yo.

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