Una Bolivia dividida

Previo al referendo autonómico, meditaba que Bolivia salía mal con cualquier resultado. Ganaba el SI con la contundencia alardeada  por el oficialismo, entonces acelerarían elecciones: habría autocracia oclocrática para rato. Gana el NO y sería por poco. No ganaba el SI por mucho, digamos 60%-40%; entonces Evo Morales se emperraría en imponer su modelo de cambio. Esto último ocurrirá, contra viento y marea. Es otro experimento politiquero alejado de las prácticas de un buen gobierno.

Como cuando se cruzan las alturas del tramo llamado Siberia en la carretera antigua Cochabamba-Santa Cruz, la neblina de proyecciones de análisis de los resultados del referendo persistirá hasta que la Corte Nacional Electoral revele los resultados oficiales. Así debería ser, de no mediar la suspicacia ciudadana en las instituciones del Estado, no del régimen de turno, que han sido manoseadas por el gobierno de Evo Morales. Como siempre, dirá algún cínico; pero, ¿no era esta una gestión de cambio?

Aún con resultados preliminares del referendo constitucional, abundo en reflexiones que hiciera enfatizando ominoso “como en Venezuela”. A la pregunta sobre el pálpito sobre el referendo, respondía que Bolivia salía mal con cualquier resultado. Ganaba el SI con la contundencia que alardeaba el oficialismo, entonces acelerarían elecciones: habría autocracia oclocrática para rato. Gana el NO y sería por poco, y el régimen reaccionaría a coletazos de caimán herido. No ganaba el SI por mucho, digamos 60%-40%; entonces Evo Morales se emperraría en imponer su modelo de cambio, que MAS parece relevo de rateros. Esto último ocurrirá, contra viento y marea.

Días después del referendo fue superfluo destacar quejas sobre tintas indelebles de mala calidad, o traslados de votantes de un recinto a otro. Claro quedó que sería problemático imponer una Constitución con el 60% de apoyo, y en contra de una mayoría de voto consciente.

La estridencia de los festejos y las declaraciones triunfalistas de uno y otro bando hace difícil entrever, así sea entre líneas, la voluntad de los líderes del SÍ y del NO para concertar un pacto social que sea aplicable y aceptable para todos. Digo aplicable, porque no es cualidad de la Constitución aprobada por 60% y rechazada por 40% de los bolivianos. Digo aceptable, ya que la nueva Carta Magna requiere acortarse, aclararse y modificarse, si es que se afianzará por los próximos 50 años como pacto social entre los bolivianos.

Ratifico mi escepticismo basado en la Ley de Murphy -si algo puede salir mal, saldrá peor. Aunque bien en el fondo del baúl yazca adormilado un poco de esperanza, me desalienta sopesar otro experimento politiquero más, alejado de las prácticas de un buen gobierno.

Primero, ¿qué importan tendencias como la caída del voto gobiernista, si los resultados reafirman las fisuras que dividen a los bolivianos? A nivel nacional, 61.1% por el SÍ y 39.9% por el NO. El NO predominante en la Media Luna de 4 departamentos: Pando, Beni, Santa Cruz y Tarija. La superioridad del voto urbano, un juicioso 52% contra un 48% de voto rural aleccionado. La fractura de campo y ciudad, demostrada en antagónicos porcentajes lejos de la consistencia estadística. Vale anotar que si la pulseta se redujera a la pugna entre el centralismo de hegemonía aymara de La Paz, y la autonomía plena reclamada por Santa Cruz, dejando de lado la votación de esos departamentos mayoritarios, el triunfo del NO sería claro como agua.

Concluyo que efectivos han sido el discurso y la propaganda oficiales, basados en sesgos culturales, que como fallas geológicas dormidas, se creían superadas. Fomentaron la división del país sobre dicotomías étnicas falaces que soslayan el mestizaje. Avivaron regionalismos originados en su abrupta geografía y escasa población. Encima, el egoísmo politiquero apagó el fuego de una oposición concertada y efectiva.

Segundo, quizá sea injusto decir que el país vive con el síndrome de “dos caras” desde Casimiro Olañeta, pero ¿cómo dudar que sus políticos son camaleónicos e hipócritas? Lo uno, porque visten una camiseta hoy, y sin remilgos se venden a otra mañana; lo otro, porque dicen una cosa ahora y otra más tarde.

Ahí está García Linera, que ayer aseveró y reiteró que “la Constitución no va a ser legítima si no tiene el apoyo mayoritario de los 9 departamentos”. Después del voto empezó a culipandear que la circunscripción es nacional. Si tal es cierto, ¿cómo no percatarse que va a contrapelo de las autonomías plenas, sean estas las departamentales de la oposición, o esas múltiples, sembradas como minas terrestres, por autonomistas de última hora en su empeño de dividir para reinar? Porque serán los ‘genios’ del Palacio Quemado y la plebe aleccionada y pagada, quienes definan darle a las regiones lo que en recursos les toca. Como el flujo de diesel a Santa Cruz.

Tercero, porque desde 2005 se ha trocado la dependencia del país en cambio desventajoso: de pajarito alimentado de piojos del elefante gringo, se ha pasado a ch’api nido de pulgas que sumiso acompaña al mastín chavista.  En efecto, nunca se ha manifestado como hoy la ingerencia ideológica, militar y financiera de un país extranjero a favor de un partido gobernante: el proceso boliviano tiene libreto y dinero del autócrata de Venezuela.

Llega a tanto la obnubilación, que a pocos preocupan las señales que otrora llenaban calles de vociferantes chovinistas. Como la llegada de aviones venezolanos repletos de soldados y vehículos blindados antes del referendo, o la denuncia de un militar sobre fusiles FAL con munición caribeña repartidos a los Ponchos Rojos y a los cocaleros. Tal vez presagian el fin de la superioridad del poder de fuego de las FF.AA, hoy de por sí emasculadas por los talegazos, con el fin de los viejos Mauser robados en 1952.

Será la crisis mundial la que mine cimientos de la emulación populista en Bolivia. Falta saber si el retorno a la cordura -buen gobierno y sensatez en una democracia representativa- será traumático o pacífico. Un buen gobierno concentraría esfuerzos en la economía. La sensatez, recomendada hace poco por Lula da Silva en sentido de que Evo Morales gobierne para todos los bolivianos, quizá duró hasta que llamó el jefazo de Caracas y le recargó el ego y los complejos con otra dosis de mesianismo populista.

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