El litio, ¿otra frustración nacional?

A partir de un artículo del New York Times sobre el litio en Bolivia, se mira  por el caleidoscopio histórico donde destaca la colusión de la angurria de gobernantes con la codicia de intereses foráneos. Si una de las empresas del litio se mudó a Argentina luego del fiasco boliviano de 1990, y la otra está en Chile, ¿será que una empresa que se compró mayoría de acciones en San Cristóbal, tiene la mirada puesta en el vecino Salar de Uyuni, el mayor reservorio de litio?

A propósito de un artículo del New York Times sobre el litio en Bolivia, empezaron las pajas mentales por ese ridículo rasgo boliviano de contar el dinero antes de tenerlo. De creer en la fábula del mendigo en trono de oro, que en el pasado colonial palmoteaba la espalda con el puente argentífero desde Potosí hasta Madrid. Ni dejó un camino entre Charcas y el mar nuestro, ahora chileno, pero ungió de nobles a chancheros y piratas e hizo prosperar a Europa.

Todavía zahiere la psiquis republicana el guano, el salitre y el cobre perdidos -ni hablar de la cornucopia piscícola de la Corriente de Humboldt- junto con el puerto lagrimeado cada marzo, en un país oteador del Pacífico desde su atalaya altiplánica desde entonces.

En albores del siglo 20, fueron mayoría de pioneros cruceños quienes uncieron su carretón al influjo del caucho amazónico, pero no los suficientes para evitar que vendieran, desde La Paz, la despoblada heredad nacional en el Acre.

Un auge mineral heredó a Bolivia socavones exhaustos y mineros tísicos de la exportación de pedregones estanníferos, nacionalizados después en fanfarria disimuladora de su compra. El país se rindió al mito de ser incapaz de convertir minerales en lingotes metálicos.

La miopía andinocéntrica despreció el acceso al Atlántico por el río Paraguay, optando a penetrar el Chaco cerca al innavegable Pilcomayo. El sacrificio posterior de 50.000 jóvenes legó rosario de antihéroes militares en el gobierno. La gente olvidó la perfidia del vecino del sur, mientras tragó la paja mental de la pugna entre dos transnacionales por el petróleo.

Con sus reservas de gas natural, Bolivia estuvo a punto de convertirse en el nodo energético del sur del continente. Quizá fueron milloncejos de país vecino invertidos en soliviantar el occidente del país, con patrioteros “primero nosotros y luego exportar” o “a Chile ni una molécula de gas”, que echaron a pique el proyecto de puerto de gas natural licuado (GNL) boliviano en enclave chileno y las ventas de gas a México, EE.UU. y Chile. Por eso reí, sardónico, con el aviso peruano en La Paz, solicitando mano de obra especializada para su proyecto de GNL, que exportará gas a birlados mercados antes bolivianos.

Con el actual régimen, vino la eyaculación prematura de nacionalizar hidrocarburos. Renegociando contratos se hubiesen logrado mejores términos sin secar el caudal en aumento de las inversiones petroleras, de no recurrir al show demagógico de ocupar las plantas de gas con tropas militares.

Ese paisaje negro de pérdidas territoriales, y gris de frustraciones pasadas y presentes, lo anoto en la cuenta del otario de los mandamases bolivianos. Fueron y son panaderos de común denominador de codicia, ambición, necedad y precipitación, que en mixtura mayor o menor hornearon recetas de infortunio. La harina ha sido la ignorancia del pueblo. La levadura, los intereses foráneos en un país donde por migajas se levanta la ignara masa.

Mañana será el turno del litio. En el New York Times conciben a Bolivia como una posible nueva Arabia Saudita, no del petróleo, sino del metal liviano del antiguo lecho de mar y sal elevado por orogénicos procesos. El país tiene más del 50% de reservas mundiales de litio. Los geólogos calculan que son más de 6 millones de toneladas. Comparen con 1.1 millones en China y menos de medio millón en Estados Unidos; 3 millones en Chile -se llorará también el desierto de Atacama perdido con el Litoral.

Era de intuir leyendo una noticia de España. Por ley un porcentaje de la próxima zafra de sus automotores tendrá que ser híbrido o eléctrico, es decir, propulsado por baterías de litio. Seguro es que el ejemplo cundirá, dada la carestía y precio elevado de hidrocarburos, y la ansiedad sobre la polución y el calentamiento del planeta. La demanda de litio se incrementará también con tanto adelanto moderno mejorado con la nanotecnología: celulares, artilugios médicos y computadores.

Hace casi 20 años se propuso en Bolivia una pequeña inversión de la mayor empresa del litio, basada en la modesta demanda del metal. Dicen que el proyecto abortó por una zancadilla de intereses foráneos de uno que luego fue Presidente gringo, después defenestrado en la ola que elevó al actual Presidente indígena, aliado a otros intereses extranjeros.

Hoy la China se coloca primero y Chile segundo en la oferta de litio, con cuantiosas inversiones extranjeras de tecnología y capital. En Bolivia se invierte la pigricia de $6 millones para producir carbonato de litio. Su gerente dice que la planta tiene otra meta: “es mineral que llevará a una era posterior al petróleo; arribar a ella requiere elevar la conciencia revolucionaria de nuestra gente”. Ergo, priorizar lo político sobre lo económico.

Alimentan al pueblo de cháchara demagógica, en vez de darle empleos dignos que le permitan comprar un suculento chairo, clamando que el “modelo imperialista de explotación de nuestros recursos nacionales jamás será repetido en Bolivia”. “Tal vez habrá la posibilidad de que se acepte a extranjeros como socios minoritarios, o mejor, ¿clientes?”, afirmó al Times el jefe de la división encargada de litio de la Comibol. ¿No se estará contando la plata antes de tenerla?, digo yo.
Miremos el negocio del litio por el caleidoscopio histórico, pasado y presente. Uno, constante es la colusión de la angurria de gobernantes con la codicia de intereses foráneos, en un país donde con migajas manejan a las masas ignorantes. Dos, si una de las empresas del litio se mudó a Argentina luego del fiasco boliviano de 1990, y la otra está en Chile, ¿no será que el conglomerado japonés Sumitomo, que se compró mayoría de acciones en San Cristóbal, tiene la mirada puesta en el vecino Salar de Uyuni, el mayor reservorio de litio? Bueno, peor sería que fuera George Soros.

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