Amor a la boliviana

La canción Amor a la mejicana de Thalía inspira un contrapunto boliviano de las relaciones entre el gobierno de Evo Morales y EEUU.

Quizá por resabios carnavaleros, aunque poco tiene que ver con Thalía cantando Amor a la mejicana y todo el mundo a bailar, la relación de Evo Morales con los gobiernos de EEUU me indujo a pensar en un amor a la boliviana. Sin tequila, tabaco y ron, pero con mucho contoneo, de esos de alguna fémina tratando de llamar tu atención cuando apechugar a la pareja es lo único que uno quiere.

No intentaré una reseña de las relaciones de Bolivia con EEUU. Sin embargo, cabe anotar que en el trauma de la Guerra del Pacífico, tanto en 1883 -el Pacto de Tregua-, cuanto en 1929 -cuando Chile puso el candado y Perú guardó la llave-, la potencia del norte favoreció que nuestro país no fuera enclaustrado. En la posguerra de la vergüenza del Chaco, quizá la injerencia de servicios secretos foráneos obtuvo el bamboleo del nacional socialismo de unos al nacionalismo revolucionario de otros, todos marcados por el estatismo centralista y oposición a la rosca minera que regaló el estaño para el stockpile de EEUU en la II Guerra Mundial. No sopeso si fue “robolución” o “robailusión” la Revolución de 1952, pero si marca un hito en la dependencia enfermiza de donaciones de recursos y alimentos de un ricachón EEUU, de una inestable Bolivia empecinada en remezones retrógrados.

Luego devino Evo Morales, que perdió histórica oportunidad al ser ungido Presidente de todos los bolivianos por mayoría inédita de votos, pero al empeñarse en jugar al mono mayor con su padrino venezolano, gobierna para unos en desmedro de otros: resta y divide bien, pero es deficiente para sumar y multiplicar. De la misma manera que necio ha sido espantar las inversiones y la tecnología petrolera con poses de bravucón Mussolini andino, iluso trueque fue cambiar la dependencia de la primera potencia mundial por la obsecuente dependencia a un autoritario populista, derrochador de bonanza circunstancial de petrodólares, en un hermano país del tercer mundo latinoamericano.

Los chisporroteos del doble discurso de Evo Morales, en relación a los objetivos de la política estadounidense en Bolivia, exhibe con claridad la causa de las fisuras actuales en la relación bilateral.

Uno, se gambeteó la prueba ácida de establecer con un estudio cuánta coca se requiere para abultar carrillos, hervir mates y leer futuros. Su límite de cato por familia, como el de una parcela por productor, ha resbalado a un cato por cabeza -inclusive las de vacas, perros y loros que las familias poseen. Se vislumbra el Chapare como inmensa factoría de cocaína, donde el campesino cocainero ha adoptado innovaciones técnicas para evolucionar de pozas de maceración y pisacocas, a moledoras y secadoras de ropa. ¿Sabe alguien de algún predio campesino revertido por fabricar cocaína?

Dos, se expulsó a la DEA, que proporcionaba los ojos y los incentivos para una lucha desigual contra el narcotráfico, algo como regalar el pitbull que amedrentaba a los ladrones para no entrarse a la casa.

Tres, sabotearon un desarrollo alternativo que quizá no guarda relación entre los recursos invertidos y los logros obtenidos. Pero no se pueden negar las casi 13.000 hectáreas de productos de exportación, nuevos o mejorados, de banana, cacao, palmito y otros; los caminos mejorados, la energía eléctrica, los avances de infraestructura de salud y educación. Logros que hacen del Chapare una isla privilegiada en el mar de pobreza de áreas rurales de Bolivia.

Cuatro, con la diplomacia en manos de incapaces, empezando por un Canciller yatiri y un embajador crinado que hizo el ridículo con gestos de hippie de cafetín en un Washington apegado a rígidos protocolos, se expulsó al embajador estadounidense “por separatista”. Se insiste que se debe “respetar la política de la coca”, haciendo caso omiso de convenciones internacionales y de leyes que vinculan la ayuda extranjera y los convenios de apertura de mercados, a la adhesión al esfuerzo común contra las drogas.

No comparto los clisés sobre nuestro país, de un académico que hace poco presentó un informe sobre las relaciones EEUU-Bolivia ante la Comisión de Asuntos Foráneos, Subcomité del Hemisferio Occidental, del país del norte. Con simplificación de turista mochilero divide a Bolivia en occidente de indios pobres y oriente subyugado por “mestizos de raza mezclada” -como si existiesen las razas puras, salvo en imaginarios nazis, en la era del genoma humano. En afinidad con el discurso etnocentrista de Evo Morales, machacó varias veces la falacia de que Bolivia es mayoritariamente indígena, cuando en su geografía y su demografía es un microcosmos del universo, como decía D’Orbigny, y hoy casi un 70% de su población se reconoce como mestiza. ¿No es falaz y racista el ideal del “melting pot” estadounidense, si tildan a Barack Obama de negro, cuando es tan “mixed race”, un mulato, como Hugo Chávez es zambo y Evo Morales es mestizo?

Bolivia es casi nada en el comercio estadounidense. Las importaciones de países andinos son el 1.1% de su comercio, y las de nuestro país son apenas 1.2% de las andinas. Pero del lado boliviano, “EEUU es un principal socio comercial y una de las más importantes fuentes de inversión extranjera”.

Si bien en el entrevero se han iniciado escarceos de reconciliación para reparar las relaciones, advierto que el latinoamericanista sugiere que antes de reanudar preferencias arancelarias a Bolivia, EEUU debe insistir en un mínimo de cooperación antidroga del régimen de Evo. “Bolivia no debería obtener un pase libre. Es el tercer productor mundial de coca” y su importancia radica en ser “un frente clave en la guerra contra las drogas”.

Así que tengo mis dudas, porque el gobierno insiste en intransigencias. Parafraseando a Thalía, quizá hoy el régimen se maneja con un “Amor a la boliviana/ de huayño, chicha y singani/ cocaína, whipala y poncho/ corrupto de corazón…”

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