El actual tira y afloje referente a un padrón electoral manoseado, que atenta contra un proceso electoral límpido, evoca que la marcha por el sendero angosto del ejercicio de la política por el bien público, resulta en tropezones donde se ensucian los zapatos en la acequia hedionda de la politiquería. Poco importan temas a dilucidarse en consultas ciudadanas, si el fraude cínico manda.
Un profesor mío en la Universidad de California, Los Angeles (UCLA), incursionó en pretenciosa rama de la historia, llamada oral, de entrevistas a un ex presidente boliviano, que pasó allí un tiempo de exilio dorado como docente. Un libro suyo, que perdiera en la tontería de prestarlo a quien tal vez pensaba que sería doblemente tonto si lo devolvía, anexaba con profusión estadística la claudicación a la dependencia de EEUU, de la Revolución de 1952.
La potencia del norte la prostituyó, no con infiltrados de la CIA como está de moda achacar en la paranoia chovinista actual, sino con talegas de harina y latas de queso y mantequilla que se regalaba en escuelitas de pobres. Mi madre -cual tantas en el descalabro de otro ensayo de cambio fracasado en el país-, compraba los manjares gringos a “cuperos”, sujetos del partido que lucraban de escamotear las donaciones a las familias desnutridas.
Con la repartija de plata en bonos electoreros, ayer con la ayuda de EEUU, y hoy con petrodólares de Hugo Chávez y mal uso de las reservas de divisas, se regala pescado en vez de la caña para pescar los peces, según Confucio.
Peor aún, sin llegar a obvias diferencias personales entre Víctor Paz Estenssoro y Evo Morales, parecidos sutiles unen al proceso de 1952 con el cambio iniciado el 2005. Contrabandistas, pichicateros, gestores de contratos sobrevaluados y políticos tránsfugas formaron la “nueva burguesía nacional” en el proceso que se inició hace 57 años el 9 de abril. ¿No se olfatea ahora el mismo tufillo en los tres años del primer Presidente indígena?
Antes eran allegados del MNR los que manejaban el contrabando. Hoy son juramentados del MAS que desvían harina y arroz importados a prósperos comerciantes en los mercados. El contrabando de garrafas de gas de precio subvencionado a Perú, ¿sería posible sin padrinos gobiernistas con allegados matuteros? La caravana de treinta y tantos motorizados -dicen que eran más de un centenar- de contrabando a Brasil, atravesando el altiplano, cruzando las pampas inmensas del Beni, hasta llegar, claro, a Puerto Evo, ¿creen por ventura que sería posible sin la muñeca de algún Juan Camión?
Dicen que lo que importa en el marketing es la imagen. Sin saber que está bien abajo de las cimas andinas, coca de altura llaman en el norte rico a la pichicata del Chapare, inhalada con abalorios áureos y billetes de cien dólares. Por pura y fácil de adquirir, dice un reciente reportaje, es preferida por narcos ambiciosos y gourmets de tabique nasal en vías de extinción.
Cuando menos sugestivo, es que mientras el Presidente de Bolivia y mandamás de los cocaleros, arremete con campaña mundial por despenalizar la hoja de coca, su trampolín político -el Chapare- engendra 97% de las fábricas de droga descubiertas y las incautaciones de cocaína. Bota a la DEA, algo como quitarle el bastón al ciego en la lucha contra el narcotráfico. “Pijcha” en podio austriaco coca quizá chapareña, despreciada por los que acullican en Bolivia, al tiempo que un nuevo estudio de uso tradicional de la hoja duerme el sueño, no de los justos, sino de los interesados en enclaves narcotraficantes.
Clase siniestra la de los gestores de obras y adquisiciones del Estado. Hoy como ayer, los hay de todo partido y persuasión política, pululando como cucarachas en la cocina, en pos de millonarios sobreprecios pactados con funcionarios corruptos. Hoy como ayer, aduanas, caminos, hidrocarburos y minerales, son gemas del collar de una patria pechugona de leyes, pero piernitas de fideo por lo debilucha para hacerlas cumplir. Más ominoso aún, aunque nada novedoso en la historia de la corrupción, es la colusión de gestores corruptos con mandamases motivados tanto por el interés personal, como por la consigna de reunir fondos para el partido.
El actual tira y afloje referente a un padrón electoral manoseado, que atenta contra un proceso electoral límpido, evoca que la marcha por el sendero angosto del ejercicio de la política por el bien público, resulta en tropezones donde se ensucian los zapatos en la acequia hedionda de la politiquería. Poco importan temas a dilucidarse en consultas ciudadanas, si el fraude cínico manda. Como en los tramposos registros de votantes a futuro de Argentina, o el anuncio del gobierno de concentrar su propaganda en lavar el cerebro de la clase media, antes de las elecciones. ¿Es que somos tan peleles?
Al paso que vamos, algún día revisarán el rol de Evo Morales en la historia boliviana, y concurrirán conmigo que fue como un cirujano que abrió las entrañas de la patria y revolvió sus tripas, pero no logró extirpar la cabeza de la tenia de la corrupción, ni extraer los cálculos biliares del contrabando; más bien floreció en el útero el tumor canceroso del narcotráfico, al tiempo que el exceso de colesterol de la politiquería la hacía proclive a los aneurismas del populismo recurrente. Evo ni termina de revolver las vísceras del país y ya el almíbar de los panegíricos de alguno lo tiene como otro estadista del siglo.
El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos, canta Pablo Milanés, y me saltan lágrimas, jeremías nostálgico en que me he convertido, con lo que los franceses llaman déjà vu, el sentimiento de haber vivido algo antes que se me agolpa en el alma de lo que pasa hoy en esta Bolivia retrógrada.
Estaba casi ciclotímico con estas reflexiones, cuando un amigo me mandó un correo con un régimen dietético que me pareció cruel en la víspera de un atracón en la casa de un camarada. Era la noticia de que el régimen de Evo Morales impondrá en el país una dieta de ajo y agua: AJOder y AGUAntarse, carajo. Receta tanto más pertinente, cuando la politiquería y la megalomanía impiden aglutinarse a la oposición, para ser algo más que unos grupúsculos que cohonestan, en vez de ser contestatarios de peso.
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