Un enfoque diferente sobre el recientemente fallecido hombre polifacético que fuera José Luis Roca García, jurista, ensayista, orador, profesor, internacionalista, historiador y periodista; como político ejerció de diputado, senador, ministro de Estado y embajador de Bolivia. Mi tío, qué caray!
Poco puedo añadir a las elegías que han escrito meritorios personajes sobre José Luis Roca García. Anotar que antes era herejía suponer que los rasgos culturales se heredan. Ahora, con los descubrimientos en genomas y los veinticuatro gramos de soplo de energía divina llamada alma, su heredada inclinación a las letras puede verse en su obra, una que tal vez impulsó con su traducción al español de escritos de Lewis Hanke.
Me faltan luces para amontonar perlas sobre su fecundo legado. Varón del Renacimiento por lo multifacético, fue jurista, ensayista, orador, profesor, internacionalista, historiador y periodista. Como político ejerció de diputado, senador, ministro de Estado y embajador de Bolivia. Algo debe haber gravitado su matrimonio con una dama oriunda de una tierra feliz como es la colombiana: su Miriam, esposa de aguante por casi 50 años y cuatro hijos.
Podría escribir sobre tres de sus pasiones que comparto: patria, historia y democracia. Escojo apuntar sobre su estirpe, aún estando seguro que José Luis creía, conmigo y con Tirso de Molina, que “mi linaje empieza en mí, porque son mejores hombres, los que sus linajes hacen, que aquellos que los deshacen, adquiriendo viles nombres”.
Nuestro común ancestro materno alguna vez le ocasionó el vitriolo de algún detractor chovinista. Yo de niño no le daba bola al retrato del bisabuelo Ambrosio, varón imponente con sus bigotazos de manubrio de bicicleta. Le llamaban el chileno García y apellidaba Cárdenas por parte de madre, dos apellidos que quizá como Montescos y Capuletos competían en Chiloé. Ya púber, fantaseaba que fue alguna historia trágica de Romeo y Julieta lo que le trajo de la isla oceánica al mar de sabanas del Beni, años después de la Guerra del Pacífico.
Como mi esposa es pariente de José Luis por lo Roca, yo lo soy por lo García. Una tarde llevamos a nuestras hijas a conocer a su bisabuelo. Aún se podía entrever el hombrón que fuera en otros tiempos Román L. Roca, al que llamaban Romanele en esa afición camba por los apelativos. Me impresionó su lucidez. Contó que en tiempos idos, “cuando deambulaba por la pampa en tren de carretones llevando mercadería para allá, trayendo productos para acá”, conoció a mi bisabuelo. “Un hombre letrado”, remarcó, “en pascana a la que llegué de noche, luego de un baño y un locro carretero, fui a visitar una carpa de cuero seco de uno que había arribado antes. Era Ambrosio García, que echado leía a la luz de un lampión. ¿Qué lees?”, pregunté; “las Vidas paralelas de Plutarco”, contestó.
Todavía extraño el perdido “Saudades tuyas” y no puedo encontrar su reciente “Antología” para que la autografíe Ambrosio García Rivera: ¿quién olvida su “No volveré a querer” cantado por Gladys Moreno? Entre recuerdos de Carolina, mi madre, guardo un poema de su padre, Nataniel García Chávez. La poesía y prosa de Hernando García Vespa refulgen en los pensamientos de caminante que publica en El Deber. Mi esposa canta de memoria el “quiero estar en Cochabamba, bajo el puente Calacala” de Asuntita Limpias García.
Así como los García tienen una notable propensión a las letras, las García que conocí, empezando por mi madre, eran hermosas mujeres de bellos labios y boca respondona. Amalia García, madre de José Luis, fue una que embrujó a José Roca Arteaga llegadito a Santa Cruz, después de que a los doce años lo enviasen a estudiar en Londres y viviese varios lustros en Estados Unidos. Le dio siete hijos, al tiempo que el profesor Roca cumplía una esforzada labor de maestro que recuerdan muchos cruceños.
Sin presumir de su descendencia de Tristán de la Roca, lugarteniente de Ñuflo de Chávez, el linaje Roca hoy cuenta con ramas en Argentina, Perú y Ecuador. Dos hermanos repartidos en Santa Cruz y Beni, dejaron vigorosos brotes de Roca en esas inmensidades. En mi nativo Enín los hay en todas partes, entre ellas Trinidad, Guayaramerín, Santa Ana del Yacuma, Riberalta.
Pues tres veces Roca somos los vástagos de mi padre, me dice Datty, hermana de José Luis, de quien gusto su nombre de flor, Dalia. Sus hermanos también muestran hilacha de maestros y literatos heredada de su progenitor. Luis Fernando, entusiasta de las estirpes, editó la vistosa revista “Genealogía e Historia” en Santa Cruz de la Sierra, igual que quizá su pariente Rafael Cuellar Roca en la lejana Riberalta publicó “Actualidades” en los años 20 del siglo pasado. El libro “Viuda, cuanto antes mejor” de Luis Alberto Roca García, médico, abogado y maestro, es un risueño análisis del devenir de la mujer en un medio machista.
Me encantaba el regodeo con entretelones del rito bienal que reunía a los García, donde se entregaba una medalla de oro con la inscripción “La Familia García, agradecida”, al más meritorio de sus cónyuges. Los extrañados Juan Gumucio Bessand, Belisario Benzi y José Roca Arteaga, este último padre de José Luis, fueron de los estoicos homenajeados. Victoria Vespa, esposa de Nataniel García Chávez, era segura ganadora cuando la parca le ganó la carrera a mi abuelo.
Por eso aplaudo iniciativas en curso para reunir a los Roca, en Trinidad el primer fin de semana de junio. Me anoto para las Obras Completas de José Luis Roca García que editará su hermano Marcelo. Abrigo esperanzas de que se reanude el ritual de medallas áureas a los sufridos cónyuges de los García. Me espolea Dalia Roca García, que Charito Rioja Roca, mi valiente esposa de treinta y tantos años, será segura candidata. Contesté que lo mismo digo de Pablo Dermizaki, su esposo.
Sobre José Luis Roca García, hombre fecundo que como tanto bueno se fuera temprano, solo me queda tararear una estrofa de Asuntita Limpias García: “pero vos pasaste, pasaste de largo, tu caballo al trote, tu cabello al viento, y la polvareda que envolviera al rancho, dejó a la pascana en la oscuridad…”
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