Falta mucha tela que cortar en el embrollo, pero a mí no me la charlan. Afirmo que la bien aceitada máquina de propaganda del gobierno usa fuegos de chala, de gran llamarada y escaso sustento, para distraer atención de la deficiente gestión a los problemas reales del país. El alegado magnicidio por parte de supuestos terroristas extranjeros es uno de ellos, que atrae a los medios y encandila a la gente para que no se ocupen de pifias importantes.
Las mutuas acusaciones del régimen y la oposición en Bolivia sobre los eventos en Santa Cruz, recuerdan a una liviana canción que cantaba Pedro Infante, luego popularizada en versión bailable por Pedro Fernández, mutada después en emético lavaje de manos por un politiquero camba-colla.
La muerte debe ser siempre motivo de recogimiento: vean los inermes y desarmados cadáveres en calzoncillos de supuestos terroristas baleados en un céntrico hotel de Santa Cruz. Fue después que detonaron una bomba (tal vez no fueron ellos) en la residencia del cardenal Julio Terrazas, y antes de que, convenientemente, hallen en recinto cerrado de la Feria Exposición un “arsenal de armas de última generación” -pero en la II Guerra Mundial-, (quizá tampoco de ellos). Evocaron al fusil Mauser de cosecha de 1928, con mira telescópica que no le encajaba, de un supuesto intento de asesinato contra Evo Morales, hace algún tiempo, también en Santa Cruz.
No fue por amor que quizá los maquilladores del gobierno lavaron un cadáver, tal vez acribillado indefenso y mientras dormía, y le montaron un rifle parado al lado de la cama para demostrar su ferocidad. Tanto más patético el Ministro de Gobierno, a cargo de la seguridad del Estado, insistiendo en que era indicio de supuestos terroristas una foto de jugadores de “paintball”, que en lugar de munición de pintura, utilizan bolitas de plástico en el llamado “airsoft”.
Me recuerda al Sacachispas, equipo de fútbol de la cuadra de mi calle. Traviesos e inclusivos éramos: abarcaba turma de chiquillos de 7 hasta 16. El promotor, mi entrañable amigo Tito Dorado, hasta banderín encargó del equipo que pateaba pelotas de trapo y canillas en un terreno baldío.
Jugábamos a las guerritas. Éramos arrojados al horadar con hierro al rojo tablas moldeadas en forma de pistolas; pacientes en esculpir el gatillo que jalábamos con resortes. Para nuestra fantasía, ni más ni menos que el revólver de balas inacabables con que un cowboy de Hollywood tumbaba indios en las praderas del Lejano Oeste. Fundamos el Fuerte Montana; luego se disgregó su rival el Fuerte Québec, cuando el castigo de picotazos de la lora Pastora del capitán le pareció a unos tenientes una versión profética de Guantánamo.
En plena guerra civil de barrio, nos citábamos en las tardes a un lote destoconado de eucaliptos, donde las raíces extraídas y los pozos excavados servían de trincheras. Nos agarrábamos a hondazo limpio con bolas secas de greda extraída del cerro San Pedro. A las cinco llegaba la empleada de los rivales: “¡Niño uno, niño dos, niño tres, niño cuatro, a tomar su leche!”, gritaba la fámula. Una vez los seguimos sigilosamente, para constatar que los feroces contendientes chupaban su leche de mamaderas, cual terneros mamones. Aún guardo mi honda de palca de guayabo para ahuyentar alguna gata en celo.
Nuestra esforzada y riesgosa artesanía de niños ha sido innovada por japoneses, en un deporte guerrero con juguetes exóticos para la mayoría de pobretones bolivianos, hasta que los chinos los abaraten. Lo que no se puede negar es que el espíritu guerrero, o su sublimación, existió ayer, sigue hoy, y florecerá mañana, tanto en niños pequeños como grandes. Lo prueban los adeptos al “airsoft”.
Falta mucha tela que cortar en el embrollo. Sin embargo, a mí no me la charlan. Afirmo que la bien aceitada máquina de propaganda del gobierno usa fuegos de chala, de gran llamarada y escaso sustento, para distraer atención de la deficiente gestión a los problemas reales del país. El alegado magnicidio por parte de supuestos terroristas extranjeros es uno de ellos, que atrae a los medios y encandila a la gente para que no se ocupen de pifias importantes.
¿Acaso el viceministro de Medio Ambiente siquiera sabía que el 22 de abril fue designado “Día de la Tierra” por las NNUU, por gestión del Presidente boliviano? Es un ejemplo del mal gobierno que atiza el resbalón de imagen de Evo Morales. Por un tiempo encantó a medios y a mandamases del mundo con su chompita, su rusticidad, su faz y su parla de indígena expoliado. Ahora ya no tanto. Igual que los papagayos que llevó Colón a la corte de los Reyes Católicos: dejaron de ser novedad cuando ya enjaulados su plumaje se opacó y había que aguantar su estridencia en retumbantes y fríos palacios góticos.
Pasa lo mismo con el mandatario que por quejarse de un supuesto complot, tiró por la borda la oportunidad de poner en tapete problemas reales con EEUU. A lo menos, tan imitador de ocurrencias del padrino Chávez, que dio que hablar al regalar a Obama un viejo libro de lamentos latinoamericanos, ¿no se le ocurrió obsequiar algún bodrio indianista de Fausto Reynaga?
Quizá la emulación a Chávez se da en algo que evoca Alejandro Peña Esclusa. En Venezuela el año 2004, con fanfarria mediática se “capturó a un contingente de presuntos paramilitares colombianos”, cuyo supuesto objetivo era atacar el mayor cuartel militar de Venezuela, “secuestrar aviones cazas F16, bombardear el Palacio de Miraflores y perpetrar un magnicidio contra Hugo Chávez”. Los presuntos terroristas eran feroces y curtidos mercenarios, “contratados por la oposición para dar un golpe de Estado”. Pasaron los días y el cuento oficialista hizo aguas. La televisión mostraba a “unos jóvenes imberbes, sin experiencia alguna, que ni siquiera sabían por qué estaban allí”.
Eso dicen Hungría e Irlanda de sus ciudadanos presos en San Pedro. Los otros, muertos, callarus nomás. Una amiga camba dice, divaga, razona y especula que de tanto joder con el caso de Rozsa, pasará de acusado de terrorismo a ser considerado héroe, o mejor dicho, mártir cruceño. Como ese otro condotiero cubano-argentino, cuyo retrato preside oficinas del régimen de Evo Morales, digo yo del intríngulis del magnicidio y los terroristas en Bolivia.
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