La libertad de prensa en Bolivia

En los atropellos a la prensa y a la libertad de expresión es menester precisar los nexos entre el autoritarismo populista y antidemocrático, y la oclocracia montonera que lo sustenta, aleccionada por discursos e incentivada por talegazos. Son parte del resbalón al terrorismo de Estado que está hoy desembocando a una dictadura con semblanza democrática en Bolivia.

En un ágape de 1º de Mayo, un invitado alzó su copa con estentóreo ¡vivan Sacco y Vanzetti! Aclaré que la fecha honra a los Mártires de Chicago, no al pescador y zapatero italianos, anarquistas ellos, que fueran ejecutados en 1927 en EEUU, por acusación de robo armado y asesinato de dos sujetos. Luego probada como sesgada y falsa, la equiparo a procesos a los opositores, secuestrados y traídos ciegos y mudos a la sede de gobierno, que violentan el ordenamiento jurídico; los fiscales parecen perros de presa del régimen.

Quizá fue mi perorata sabihonda lo que despertó lo leguleyo en mi esposa, dolida tal vez por los ojos lacrimosos de una hija, que le manifestó su angustia porque un día de estos unos encapuchados secuestren a su papi por escribir sardonias, y le acarreen de viaje turístico a La Paz. Se me puso al frente en rara esgrima verbal.

¿Cómo uno que es de izquierda se convierte en conservador?, me increpó. Le espeté que el zurdismo de la juventud empeñada en cambiar el mundo es como las paperas: pasan, pero que hay que cuidar que no bajen a las testes, porque te vuelven estéril e inclinado a ideas obsoletas. Como el rancio marxismo leninismo que, sacándose la careta, ha revelado Evo Morales haciéndose al Fidel Castro de 1961, sin curtirse en trances guerrilleros en la Sierra Maestra, sino en montoneras cocaleras en el Chapare.

Iba a afirmar que el populismo autocrático es para retroceder, no avanzar un país. Pero como mujer empeñada en quedar con la última palabra, mi consorte se salió por la tangente. Los gringos lo apoyan, dijo: la revista Time lo ha puesto en el décimo lugar de 100 personajes destacados en 2008. Me tapó la boca. Ni se enfriaba la vaharada de aire caliente del anuncio de tal honor por la agencia gubernamental de noticias, que me rescató el ánimo la noticia de que todo había sido mamada de un pirata informático. No porque desinfle el ego de uno que se piensa heredero de Pachacútec, versión aymara, sino que podía cobrarme el tapón de boca de mi cara mitad: Evo Morales no está en la lista de personajes influyentes del mundo de la revista Time; menos delante del puesto 36 de Barack Obama y el 56 del Papa Benedicto XVI.

Dos días después era Día Mundial de la Libertad de Prensa, fecha que la UNESCO marcó para conmemorar la Declaración de Namibia y fomentar la libertad de expresión en el mundo, al afirmar que una prensa libre, pluralista e independiente es parte esencial de toda sociedad democrática. Casualidad que yo rumiaba blues sobre la influencia de la prensa en la gente. Tanto los que leen despachos en agencias noticiosas del gobierno o en prensa de a peso, como los que tragan la palabra impresa si acaso salió en el extranjero: los unos ignaros; los otros alienados.

No son borra de vino de la ignorancia o la alienación los defectos de gente que lee, o ve, la prensa. Pesa mucho quien acapara las primeras planas: es uno que ni siquiera tuvo el recato de renunciar a cargos previos para ser Presidente de todos los bolivianos. Con sus fuegos de chala ataca a la prensa nacional, a la Iglesia Católica, a prefectos electos, a dizque separatistas cambas, a oligarcas y demonios neoliberales, a la embajada estadounidense, y a cuanto diablillo imaginario o real opuesto al designio autocrático y prorroguista de su gobierno.

Está vigente un fenómeno que no es exclusivo del país: “la censura se ha hecho más sutil en las sociedades de América Latina, en tanto que la mayoría de los crímenes contra periodistas y otros profesionales de los medios permanecen impunes”. Lo asevera un informe de la NNUU: más del 85% de los asesinos de periodistas no fueron investigados ni sujetos a la ley por sus crímenes. De hecho, aun cuando los asesinatos fueron investigados y se obtuvo condenas, los autores intelectuales fueron juzgados en solo 7% de los casos. En Bolivia, hace un año del asesinato de Carlos Quispe Quispe, periodista de la radio municipal de Pucarani, victimado cuando una turba tomó la emisora. ¿Quién se acuerda?

Hay otras formas de atropello a la libertad de expresión. Amenazas, corrupción, indiferencia y extorsión plagan algunas. ¿Acaso no hay tensión entre el gerente preocupado de que le quiten avisos pagados del gobierno, y el director de medios imbuido de mística de la libertad de prensa? El presidente Evo Morales discrimina al alejar a la prensa nacional y comunicarse solo con periodistas extranjeros. Censura indirecta son las ofensas verbales e insultos de adláteres a los reporteros; pagan jugosas prebendas a periodistas serviles; ¿No es abuso antidemocrático negar acceso a fuentes y a información como represalia por reportajes desfavorables? Se adjudican contratos de publicidad de acuerdo a la relación con el medio; se otorgan licencias de radio y TV para beneficiar a los adeptos; abusan de leyes financieras, fiscales y laborales para hostigar a medios y a periodistas independientes.

En los atropellos a la prensa y a la libertad de expresión es menester precisar los nexos entre el autoritarismo populista y antidemocrático, y la oclocracia montonera que lo sustenta, aleccionada por discursos e incentivada por talegazos. Son parte del resbalón al terrorismo de Estado que está hoy desembocando a una dictadura con semblanza democrática en Bolivia.

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