¿Cuál es el costo de la pasantía etnopopulista de Evo Morales en Bolivia? Es despilfarro sacrificado en el altar del becerro de oro de supuestos cambios, que más parecen relevo de rateros. Costos intangibles y despilfarros se suman. Auguran que seguirán relevos de guardia de nuevos ladrones de turno en el futuro. ¿No es esa la pugna por el poder político en este país digno de mejor suerte?
Algo que debe preguntarse la gente consciente es ¿cuál es el costo de la pasantía etnopopulista de Evo Morales en Bolivia? Es despilfarro sacrificado en el altar del becerro de oro de supuestos cambios, que más parecen relevo de rateros.
En primer lugar están los costos intangibles. La rémora del encono provocado por este gobierno entre regiones y gentes en un variopinto país. Mientras el mundo marcha hacia la integración en unidades supranacionales de comercio, este gobierno retrógrado involuciona hacia 36 cantones étnicos en una Constitución masista apócrifa de origen, deficiente en redacción y falaz de concepto. Llevara tiempo llevará rectificar con dura verdad socio-histórica las falacias que las fábulas populistas han popularizado. Ni hablar siquiera de la oportunidad perdida de cambiar el rol boliviano dentro Sudamérica: dejar de ser el Afganistán andino o un mero país tapón; convertirse en nodo energético y vial del sur de la América meridional. ¿Cuánto costará rescatar al país de los narcos colombianos y sus cipayos bolivianos?: seguro que más de lo que significó el esfuerzo de las últimas 3 décadas para reducir el perfil cocalero –y cocainero.
En segundo lugar, la farra de recursos del régimen demagógico pleno de espejismos populacheros y escasos logros, consiste de dinero contante y sonante. Divisas que invertidas con juicio harían posible el progreso de Bolivia y el bienestar de los bolivianos. Ejemplos son las mentadas nacionalizaciones y el retorno al fracasado rol empresarial del Estado.
No estábamos honrando a ninguna deidad telúrica días atrás, cuando ateridos de frío prendimos la chimenea y degustamos unos ponches calientes. No celebrábamos el dizque año nuevo aymara, que Evo Morales ha decretado la fiesta grande del Kollasuyo en que quieren convertir mi país, la república de Bolivia. La comidilla era la última burrada del etnopopulismo autocrático, con presuntuosas fanfarrias de nacionalización. ¡Qué nacionalización ni qué ocho cuartos! Transredes fue comprada por $250 millones de dólares. Para peor, ni sabían –o callaron, y el que calla, otorga- que la transnacional tenía un pasivo que sigue creciendo: primero a más de $280 millones, luego a $422 millones.
Hurguen los estudiosos el trasfondo del traspaso de las refinerías de petróleo y las gasolineras a YPFB, ¿acaso ha resultado en mayor producción en derivados, o por lo menos en instalaciones sanitarias más limpias? Anótese en la cuenta del otario el costo al país de la sequía de inversiones en el sector petrolero, y debítese del aumento del pedazo de pastel boliviano, incremento cacareado por el gobierno como un logro heroico, cuando fue como asaltar al repostero cuando tenía un primer –y quizá único- queque en el horno.
¿Cuánto cuesta la compra a guisa de nacionalización de ENTEL? Tal vez se revolcaría de bronca Sergio Almaraz con “la verdad de la milanesa” del retorno a manos estatales de la refinería de estaño en Vinto. Ni hablar de la repartija de contratos de caminos a constructoras brasileñas, estructurada por una nueva administradora de caminos, que es la misma corrupta chola con otra pollera del Servicio de Caminos antes de su institucionalización.
Observen la ilusa conducta de un gobierno cuyo líder despotrica contra EEUU, reniega de acuerdos con la superpotencia y expulsa a su embajador, para luego agarrarse de una supuesta afinidad entre el negro y el indio para apaciguar las cosas, en un claro ejemplo de prejuicio racista al revés.
Hay tantos interrogantes en las medidas “nacionalistas” que alborotan las hormonas jingoístas en nuestro provinciano país. Algún día algún erudito hará la auditoría de las nacionalizaciones de Evo Morales –ojala que no en el árido léxico de los contadores- y disipará el espejismo con que la propaganda política del régimen obnubila al pueblo boliviano, cual gafas negras que tapan las cuencas vacías en ojos pretéritos de miserables que piden limosna en los arrabales del mundo, alguno de los cuales es nuestro.
Mientras tanto, el vicepresidente pontifica que tienen asegurada una zona de cinco años de permanencia en el poder. Como para creerle, dada la dispersión de la oposición en vísperas de las elecciones de fin de año. Mutis sobre la inclusión de García Linera en el binomio de diciembre, quizá por tan modestas miras, el presidente Evo Morales se refocila invocando a huestes de estrechas luces e ilimitada angurria, a que planifiquen proyectos para 50 años.
En el fondo, tan lamentable panorama se deberá a ególatras arribistas políticos de la oposición, que se ilusionan herederos del falso Pachacútec que tenemos en el Palacio Quemado. Subyace la ambición de politicastros, a los que se les hace agua la boca con la telenovela del muerto de hambre venido a millonario llamado Santos Ramírez. Con los montos en subida de “coimisiones” en negociados del nuevo YPFB, aún en la cárcel, ¿alguien cree que todo fue para la cuenta bancaria del preso número nueve en algún banco del Caribe, o para repartir entre sus parientes?
Todo esto augura que seguirán relevos de guardia de nuevos ladrones de turno en el futuro. ¿No es esa la pugna por el poder político en este país digno de mejor suerte? Lo peor es que, por lo menos para dividir al orondo bloque oficialista en las próximas elecciones, no hay esperanzas de que como alternativa a Evo Morales, se postule el llamado santo “jailoncito”, como llaman los pichicateros al que protege sus operaciones desde el más allá –no sé si por espolvorearse alba cocaína en la nariz, o albo talco en la entrepierna. Esa sí que sería una división de voto preocupante para el partido de gobierno. Más que las apostasías de algunos salvadores de la patria, antes oficialistas y hoy desilusionados del etnopopulismo autocrático del régimen actual.
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