Se pincela la descolonización y el colonialismo interno en una democracia prostituida por el etnopopulismo, en el contexto de traslados a Pando de cocaleros financiados por el gobierno. La situación tiene ribetes de colonialismo interno. Pero también, quizá el traslado de mitimaes a Pando es la culminación de un caso de terrorismo de Estado con fines electoralistas antidemocráticos.
No es por afectación diletante (o rijosa) mencionar que aunque puedo haber hurgado mil libros, leído medio millar y estudiado un centenar, hubiese preferido que tales fueran las cifras de mis devaneos amorosos. Tampoco me acuerdo si leí una inicial referencia a colonias internas y descolonización en las obras de Frantz Fanon, Albert Memmi o C. Wright Mills. Pero sí me consta que Pablo Gonzáles Casanova delimitó el concepto del colonialismo interno en Sociología de la explotación, y que un fan del régimen de Evo Morales, Rodolfo Stavenhagen, lo utilizó en Las clases sociales en las sociedades agrarias.
Tal introducción puede ahuyentar al lector ocasional y ralear filas de mis leales. Es necesaria para pincelar la descolonización y el colonialismo interno en una democracia prostituida por el etnopopulismo, que intentaré en el contexto de traslados a Pando de cocaleros financiados por el gobierno.
Vaya por delante aclarar que descolonización es palabreja que en la retórica divisiva del régimen, acompaña a la dicotomía blanco-indio, o blancoide y su derivado lógico –“indioide”- si usamos terminología de un columnista blancoide o de un ex ministro indioide, afines al gobierno. Divisiva al inducir la alineación en uno u otro bando antagónico en un país de mayoría mestiza, tanto en sangre como en cultura. Todos los bolivianos –salvo los miserables de la pobreza absoluta, cuyo número no es moco de pavo- comen llauchas con café y api con cuñapé, cual cantaba Arturo Sobenes; tienen rasgos de la raza cósmica, como llamaba José Vasconcelos a la diversidad latinoamericana. ¡A sacar del baúl las fotos de la bisabuela de pollera o de tipoy los que optan por ser “indioides”; a blanquear la astilla indígena en casorios con gringos los que pretenden ser blancoides!
Según el mandamás aymara del ampuloso Vice Ministerio de Descolonización, el plan propugna recuperar la autoestima, los valores, la igualdad de condiciones, la identidad étnica, la ideología y el liderazgo indígena: ¡qué rollo! Tendrá sus primeros resultados en 30 o 40 años: ¡qué ineficiencia! El Tesoro General solo alcanza a pagar sueldos; busca recursos externos, incluso de otrora colonizadores españoles –algo como un mendigo pidiendo plata para patear la canilla al caritativo: ¡qué desvergüenza!
La colonización interna alude a que la independencia del poder colonial solo significó la sustitución de los españoles por los criollos; “que la explotación de los indígenas sigue teniendo las mismas características que en la época anterior a la independencia”, según Gonzáles Casanova. Mucha agua ha corrido bajo el puente de la historia boliviana desde 1825. Es pertinente, entonces, la advertencia del autor sobre el peligro de usar el concepto como bandera política: “hay que impedir el uso de esta categoría en procesos de racionalización, justificación, impugnación y manipulación irracional y emocional, como ocurre con todas las categorías que se refieren a conflictos” (cursivas suyas).
Es algo que hacen los sociólogos que más que tales son activistas o ideólogos del gobierno, al plantear dicotomías divisivas como las de blancoide y originario. Categorías tan discutibles, como son sesgadas las de “republicana” o “neoliberal”, para sustentar mediante perennes conflictos sociales un mamotreto parchado y endeble de retórica que no fue consensuada, sino impuesta con maña, en la Constitución de La Calancha.
El traslado masivo de mitimaes fue una práctica corriente en el Incario; el asentamiento de quechuas oriundos de lo que hoy es Ecuador al entonces aymara valle de Kanata es un ejemplo. Era colonización forzada y tenía fines políticos de subyugación. Dudemos de razones patrioteras que el régimen quiere dar al proceso de traslado de sus allegados a Pando. Tanto Santa Rosa del Abuná como Filadelfia –lugares donde han trasladado a los colonos- están fuera de los puntos en que la doctrina brasileña de las fronteras móviles ha copado territorio nacional. Dicen qué van a extraer almendra de la floresta: ¿no hay suficientes castañeros “originarios”? ¿Acaso lo primero que hacen los cocaleros en el Chapare no es tumbar monte, vender troncas a los madereros y sembrar arroz en un ciclo que culmina en la coca para la cocaína?
Utilicemos el concepto de colonialismo interno para analizar el traslado de cocaleros a Pando. En sentido nato, colonialismo se refiere al dominio que unos pueblos ejercen sobre otros: ¿no es ese el motivo del avasallamiento de Pando por un gobierno centralista y etnocéntrico? Hoy ese sometido departamento es “un territorio sin gobierno propio”. ¿Alguien duda de que esté en situación desigual respecto a los aymara que se gobiernan a sí mismos? Ni caso tiene afirmar que la gestión y responsabilidad administrativa sean hoy prerrogativa de los pandinos, que no participan en la elección de autoridades designadas en la sede de gobierno. Sus derechos, situación económica y privilegios ciudadanos son atropellados por tropas de ocupación. ¿Esta situación deviene de lazos naturales, o artificiales producto del abuso de poder? Los pandinos pertenecen a etnias, razas y culturas diferentes a las de los avasalladores, ¿acaso su lengua franca –así fuera el “portuñol”- y sus lenguas indígenas se parecen al “quechuañol” o el aymara?
La situación en Pando tiene ribetes de colonialismo interno. Pero también la motivación gobiernista revela sórdidos propósitos electorales. La arenga reciente de Juan Ramón Quintana a cocaleros traídos a Pando ilustra el cinismo autocrático del gobierno: “Hoy ustedes están dando el pecho, el hombro, la mano, su corazón y la vida” –y el voto a favor del régimen, acotaría yo. Quizá el traslado de mitimaes a Pando es la culminación de un caso de terrorismo de Estado con fines electoralistas antidemocráticos.
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