En tono sardónico se contrastan frases de Winston Churchill con una ocurrencia de políticos de hoy, un trastoque de héroes por villanos en la historia y la situación de la democracia en Bolivia.
El centro cívico de la límpida Toronto, Canadá, es la Nathan Phillips Square. Ostenta un contrapunto de lo viejo –el antiguo edificio del ayuntamiento, ahora convertido en museo- y lo nuevo, dos llamativos rascacielos semicirculares que albergan a la municipalidad. Abrazan a un domo enano que parece un platillo volador y es dedicado a la cultura, que se desparrama en ferias en playa abierta rematada por un estanque –en invierno pista de patinaje sobre hielo y en verano espejo de agua donde flotan plantas floridas.
En el remanso para leer o comerse un sándwich de un parque adyacente, piden migajas palomas golosas, gorriones atrevidos y temblorosas pero audaces ardillas. Hacia la calle, en un descampado de césped, reina una estatua de Winston Churchill, de cuerpo entero y en la actitud resuelta –manos al revés en las caderas- de postura suya al visitar barrios londinenses destruidos por los bombardeos nazis. En su base granítica están grabadas algunas de sus frases más célebres. ¡Qué elocuencia acompañada de una prosa depurada, de quien dijo John F. Kennedy que “movilizó a la lengua inglesa y la envió a la batalla”!
Contrastaré sus dichos con ocurrencias de políticos, un trastoque de héroes por villanos en la historia y la situación de la democracia en Bolivia.
Me inspira un reciente intercambio entre Tuto Quiroga y el Vicepresidente. Pareció jocosa pelea de vivanderas de mercado. El uno se refirió a la coalición gobiernista como “junt’ucha”, saldos diversos de comida recalentada; el otro replicó con la comparación de la oposición con el “k’oñichi”, plato recalentado que se sirve el día después. Quizá fueron certeros en las analogías, pero me aventuro a decir que sus magras carnes delatan poco afecto a la buena mesa. No me gusta la “junt’ucha”, a veces indigesta como almodrote gobiernista, pero ¿cómo negar que el “k’oñichi” de un asadito a la olla es más rico al día siguiente?
Nadie duda de la grandeza del estadista inglés. Su frase “no tengo nada que ofrecer sino sangre, fatigas, sudor y lágrimas” al tomar el timón de la nave de su país de su pusilánime predecesor, Neville Chamberlain, a quien no le enrostró la claudicación de Munich y la entrega de Checoslovaquia a Hitler. Compárenlo con el mesiánico que tenemos de Presidente, maestro inmodesto de la presunción de que fue malo todo lo hecho antes de su cuarto de hora; de que hay que atosigar al antecesor con acosos y juicios, como si en el futuro no le pudiera llegar su San Martín.
Miren al Churchill del desastre de Dunkerque, en que la soberbia o la desidia enemigas permitieron repatriar bajo fuego casi 350.000 desarmados soldados británicos y franceses. Les devolvió ánimo con su “No flaquearemos ni fracasaremos. Iremos hasta el final. Pelearemos en Francia, pelearemos en mares y océanos, pelearemos con creciente confianza y creciente fortaleza en el aire, defenderemos nuestra isla a cualquier costo, pelearemos en las playas, pelearemos en los campos de aterrizaje, pelearemos en los campos y en las calles, pelearemos en las montañas; nunca nos rendiremos”.
Contrástenlo con Boquerón, que hoy el delirio patriotero equipara con epopeyas en las Termópilas, Masada, Numancia, Natal, El Álamo, Camerone: ¿tienen idea de ellas los bolivianos? Ni saben que en La Paz la pérdida del fortín heroico fue distraída con una altisonante celebración de los 400 años de la caída del Imperio Inca. Tampoco que los culpables del “Boquerón abandonado, sin comando ni refuerzos” –como dice la canción-, no fueron penados de acuerdo a la ley militar por maniobras de David Toro, mariscal del corralito de Villamontes y la retirada de Picuiba, luego premiado con la presidencia. Aún más doloroso es evocar a mi profesor de inglés en el Colegio Militar, viejito al que prometíamos portarnos bien si contaba anécdotas de la guerra. Lo ascendieron a general y reconocieron como héroe cuando ya había muerto o estaba en las últimas: el gran Manuel Marzana. ¿Acaso no hay paralelos distractivos en la “entrada de reivindicación de la Diablada boliviana”, mientras se escurren como ratas la claudicación a Chile en las vertientes de Silala y la incompetencia vergonzosa de modificar el contrato de venta de gas a Brasil?
Decía Winston Churchill que “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre. Con excepción de todos los demás”. Ilustra la anomalía política provocada por el desgaste de la democracia representativa en Bolivia y la resurrección del populismo estatal, con el tónico del maletín de petrodólares del caudillo venezolano. A la desazón de los electores por el “consenso de repartijas” en partidos tradicionales, sigue la desilusión de sectores medios con un régimen basado en el “consenso de talegazos”. No hurgaré el avispero de los gastos reservados, más abundantes que nunca, con que se reparten prebendas a troche y moche. A uniformados de bandera tricolor, a jilacatas de poncho rojo y wiphala, a sindicalistas y agitadores de “movimientos sociales”. Además de corrupto, el gobierno actual es divisionista, autoritario y prorroguista.
Acotaba mi tocayo inglés una ironía: “El mejor argumento en contra de la democracia es una charla de cinco minutos con el votante medio”. A la empobrecida gente le importa más el fideo o la marraqueta que el futuro de la patria. ¿A quién le quita el sueño la economía, si hay plata abundante por el narcotráfico? Acarrea éxito repartir dinero bajo la rúbrica de bonos; han reemplazado a las talegas que antaño llevaban los demagogos. Ninguna devuelve la dignidad de un empleo ni saca de pobre a nadie, pero compra votos. ¿Qué le importa a Evo Morales que Winston Churchill haya sentenciado que “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”?
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