Una hipocresía del régimen de Evo Morales es prohibir a todo funcionario estatal ganar más que el Presidente. Instaurada a principios de su gestión, fue brisa que presagiaba vientos de austeridad en un país menesteroso como el nuestro. Es una pantomima de austeridad que vulnera una ley que prohíbe a profesionales estatales ejercer otras funciones, salvo la docencia universitaria.
¿Usted cree el tongo de la austeridad de Evo Morales? Bueno, yo tampoco.
En esa presunción se basa una hipocresía del régimen: prohíbe a todo funcionario estatal ganar más que el Presidente. Instaurada a principios de su gestión, fue brisa que presagiaba vientos de austeridad en un país menesteroso como el nuestro. Tanto más creíble a nivel internacional, porque fue precedida por el vendaval de soslayar el protocolo en la vestimenta, cuando el Presidente electo sorprendió en gira europea con su guaranga chompa a rayas, atribuida a modestia de pobre.
Fue probada después falsa como amor de lenocinio, por la producción a la Hollywood de su entronización en Tiahuanaco. Trocaron la maskapaicha incaica por un gorro multicolor de heladero, que algún congresista sigue ostentando por ahí. El Pachacutevo fue escoltado por un Presidente de algún escindido estado balcánico –antropólogo engrupido en creer que era observador de primera mano de ritos etnológicos primigenios.
Luego vinieron los sacos de cuero a la Beatles, o a la Chou Enlai, que aclaro fue el erudito mandarín Canciller de Mao Zedong. Los de Evo Morales cuestan hasta mil verdes cada uno, y no son de la sastrería sempiterna de mandamases, sino de la boutique más frufrú de la sede de gobierno. Ese solo ítem tiraba a la basura la ficción de apretar cinturones, a menos que el atuendo presidencial fuera parte del presupuesto.
Todo lo dicho sería nada más que anecdótico, de no ser que este régimen de espejismos, secundado por lambiscones que son más papistas que el Papa para hacerse agradables a los mandamases, está detrás de que los funcionarios públicos cumplan aquello de ganar menos de los 15.000 bolivianos que dizque recibe el Presidente. Sí, el mismo que Rusia y Brasil bregan por agradar al ofrecer un costoso avión presidencial. Ese que quiere poner un par de satélites bolivianos en el espacio, gasto millonario que será monitoreado tal vez desde el Centro Espacial de Jallalaevo –conocido como Jalesville- en el Chapare.
Tanto más ridícula la fantochería, por cuanto hace ya tiempo que la pretensión de austeridad del Presidente tuvo que avenirse con una dura realidad. El falso tope de la reducción salarial fue perforado por las excepciones. La odiosa alternativa era que las nuevas entidades estatales –YPFB, ENTEL, COMIBOL, etc.- del “gobierno del cambio”, perdieran a sus mejores profesionales y técnicos por la magra remuneración. Pero quedó la hipócrita norma como arma politiquera para presionar a sectores opuestos a los atropellos del régimen.
Imagino la sesión de gabinete donde el Ministro de Hacienda, luego de recordar a los presentes que era información reservada, reveló que se vislumbraba un buraco de casi 500 millones de dólares en ingresos estimados en el presupuesto nacional. Se debía a la conjunción –ya conjuntivitis legañosa a estas alturas- de bajas en demanda brasileña de gas natural, bajas en ahuyentada inversión para extraer gas que poco vale en las honduras, bajas en recaudación tributaria, bajas en precios internacionales de materias primas, bajas en petrodólares del padrino venezolano. Baja, baja y baja, y el endeudamiento interno en alza, alza y alza, en un gobierno dispendioso que hace honor a su sigla MAS –más a la politiquería y menos a la productividad. “¿Qué podemos hacer?”, debe haber preguntado en sesión de “brainstorming” –recurso de esculcar cerebros por ideas-, tanto más difícil en un entorno abundante de hiel pero carente de neuronas.
“¿Qué tal si rebajamos todas las jubilaciones a un monto fijo, digamos 3.500 bolivianos?”, quizá se le ocurrió al llorón de los derechos humanos de antaño. “Dejémoslo para después de las elecciones”, tal vez aconsejó un asesor venezolano. “O perdemos votos”, acotó un ex terrorista peruano.
“Caigámosles a los médicos”, quizá aventuró uno afecto al naturismo, ignaro de valorar antigüedad emparejada con experiencia en el ejercicio de la medicina. Se mandarían a casita a centenares de galenos, a reemplazar por sanitarios cubanos apareados con matasanos inexpertos del partido gobernante.
“¿Por qué no seguimos apretando las clavijas al Poder Judicial?”, tal vez propuso el sórdido urdidor de la operación Pando. Imagino que dijo “ya guillotinamos al Tribunal Constitucional y enjuiciaremos a la Corte Suprema de Justicia”, refiriéndose al hostigamiento de los supremos por el atrevimiento de atenerse a la Ley, que establece que las cortes superiores deben resolver temas referentes a delitos en su distrito.
Sea lo que fuere, la pantomima de austeridad vulnera una ley que prohíbe a profesionales estatales ejercer otras funciones, salvo la docencia universitaria. Dejando a un lado a los angurrientos que se duermen en la pega por abusar de la norma al copar las dos funciones a tiempo completo, sostengo que se fomenta la mediocridad académica en las universidades estatales –ya los sueldos negreros lo hace en las privadas- al soslayar que la experiencia diaria, por ejemplo de médicos y magistrados, es importante atributo de los que imparten cátedra brindando algo más que mera regurgitación de textos de universitario.
¿Es Evo Morales único en tal tipo de austeridad? No. Hernán Siles Zuazo ordenó que rebajen su sueldo de Presidente a $200 dólares. Deben haber sido para sus puchos –o para ayudar a infortunados, porque poco llevaba a casa, cuenta su venerable viuda. Lo encontré una vez fumando, leyendo informes y tomando sol en un hotelito yungueño. Me acerqué a estrecharle la mano, sin que me atrinquen chavistas, castristas, ponchos rojos y verdes de su seguridad; menos aún que me metan en la chirola por mi cara de diablo, sospechoso de intención magnicida –como al infeliz que golpeó el vehículo presidencial en Urkupiña.
¿Usted cree el tongo de la austeridad de Evo Morales? Bueno, yo tampoco.
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