En el festín actual de ofertas preelectorales, donde los bandos ofrecen el oro y el moro para encandilar a los votantes, aparte de reclutar algunos tontos útiles para ganar votos en los sectores medios, resalta la oferta de industrializar el país hasta el año 2015. Es un caso típico de amnesia populista que insiste en tropezar una y otra vez con la misma piedra.
No tengo la menor duda de que el amor a su terruño aderezado con la salsa dulce de los sueños, motivaron a mi amigo Paul Bruckner a idear un complejo de viviendas vacacionales en la capital Itonama de la provincia beniana de Iténez. Es linda tierra la suya –y de mi abuelo Nataniel García Chávez, cuyo nombre engalana su principal avenida- de bellos parajes donde se juntan los ecosistemas del Pantanal, la pampa mojeña y la Amazonia. Diez años de cónsul en Nueva York, donde fuera el presidente más joven de la Sociedad de Cónsules Extranjeros, le granjearon muchas amistades, entre quienes promovió la idea de renovar energías en paradisíacas quintas en el Beni.
El primero de esos potentados viajaba de Nueva York a Santa Cruz de la Sierra, luego alquilaba una avioneta directo a Magdalena. Ya terminaba de construir su cabaña –en estándares locales toda una mansión- cuando mi amigo rechazó la extorsión de un lugareño, que ofrecía un terreno vecino a precio exorbitante. “Se arrepentirá”, amenazó el chantajista, que ni corto ni perezoso aprovechó créditos del gobierno y levantó al lado de la vivienda neoyorkina una tejería alimentada por contaminante y depredadora leña. Tan bien programada estaba, que la dirección prevalente de brisas y vientos aseguraba que se cubrieran de humo y hollín tanto la casa del gringo como el pueblo entero.
Amén de ilustrar el lado sórdido de la gente, la anécdota es ejemplo de torcidas políticas de inversión de los gobiernos, siempre más acentuadas en los regímenes populistas. Una contaminante industria es odiosa en un entorno donde preservar el medio ambiente es norte principal. Hoy es parte del desarrollo productivo cacareado en millonarios spots televisivos. Se reparten créditos que nunca serán pagados, para inversiones a veces torcidas y falsas como moneda de tres pesos. ¿Algo nuevo en el gobierno de cambio? No. Recuerden al Banco Minero y al Banco Agrícola; a los elefantes blancos del gobierno del MIR. Cambian los pícaros, no las picardías.
Trae a colación el festín actual de ofertas preelectorales, donde los bandos ofrecen el oro y el moro para encandilar a los votantes, aparte de reclutar algunos tontos útiles para ganar votos en los sectores medios, como si no fueran lección varios que fueron raleados del gobierno por contrariar al jefazo.
Baúl de mago de feria parece la propuesta electoral del partido de gobierno. Resalta la oferta de industrializar el país hasta el año 2015. “Vamos a convertirnos en un gran país industrial en los siguientes cinco años; a partir de la industrialización de cuatro materias primas: hidrocarburos, electricidad, litio y minerales”, anuncia García Linera, evocando al Gran Salto Adelante de los comunistas chinos –verticales y autocráticos como el actual entorno palaciego- que atrasó décadas el progreso de su gran país. Es “pajpaquerío” electoral, pero aún como charlatanería de feria vale la pena analizarlo como un caso típico de amnesia populista que insiste en tropezar una y otra vez con la misma piedra.
Imagino con qué varita mágica se conjuró el cocido hechicero de la fabricación de automóviles, que imagino serán eléctricos, en cinco años. Como decía una de mi hijas, entonces niña vestida de hada: ¡“paratatula”! y ¡zas!, ya está el hierro del Mutún hecho acero para la armazón; ¡paratatula!, y ¡zas!, el litio del salar de Uyuni se ha trocado en baterías.
No es ecológica tecnología de punta la de las plantas de papel en el Chapare y de cartón en Oruro. Serán armatostes herrumbrados como la fábrica de papel de Tarija, sin que estén en la chirola los que en su momento estafaron, y estafarán, con pingues “coimisiones” al Estado. El abandono por la imprevisión de plantar árboles que provean materia prima, o las consecuencias medioambientales, se encargarán de ello.
Muerto el burro, tranca el corral, podría decirse ahora que Brasil construye las hidroeléctricas del río Madera, sin esclusas de acceso oceánico para Bolivia, y sin tajada nacional en una binacional sobre el Mamoré y otra toda nuestra en Cachuela Esperanza. Se objetaron con pose ecologista por pachamamismo conservacionista. ¿Y si los brasileños no necesitaran la energía generada en el angosto del Bala y las cachuelas de la antigua capital del emporio de Nicolás Suárez? ¿Se han resuelto trabas de sedimentación que inviabilizaban las hidroeléctricas en el río Grande?
Suenan a conversa fiada las plantas de GTL y petroquímica, con una falsa nacionalización de hidrocarburos que cortó inversión en pozos y plantas de proceso, ocasionando falta de gas para atender contratos de provisión externos y suministro de garrafas para uso doméstico.
Para los que industria ha sido colocar bombas en torres y estatuas, el programa se llevaría a cabo en cinco años. De poco sirvieron veinticinco mil libros. No hubo uno que señalase que la industrialización en América Latina ha acarreado balanza de pagos más vulnerable, dado que se han sustituido importaciones a productos semi-elaborados, repuestos y maquinarias. Tampoco otro que advierta sobre industrializar con un mal congénito: la dificultad de exportar, tanto mayor en un país enclaustrado.
¿Preferirán Evomóviles los miles de matuteros de autos usados que hoy bloquean las calles? No se requieren tantos libracos para probar que la industrialización es inefectivo remedio para el desempleo. ¿O es mejor para una economía parasitaria que los migrantes sigan mandando remesas? Con el voto en el exterior, ellos seguirán creyendo en espejismos populistas, imbuidos de saudade de una patria imaginada grande a toque de conjuros mentirosos. Como la creación de una agencia espacial nacional, cuando ni son fabricadas en el país las estruendosas camaretas que tanto solazan a los bolivianos y martirizan a los perros.
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