A propósito del avasallamiento de cocaleros en el TIPNIS, en el Chapare se disciernen dos bandos en los intereses en juego. Uno de cocaleros, pichicateros y madereros. Otro de indígenas, servidores públicos y conservacionistas. La cadena se rompe por el eslabón más débil. Tal augura nada bueno para los indígenas del TIPNIS y para el acervo natural del Isiboro-Sécure.
No sé si fue casualidad, pero degustaba pedacitos de chocolate de “La cuestión indígena en el Beni: Reflexiones en la década de los 90’s”, libro que mi amigo Carlos Navia Ribera me hiciera llegar hace un tiempo, cuando se desató el último –mas no postrer- entrevero entre indígenas y cocaleros en el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS).
Hay otro muertito que anotar en el haber del que tiene la responsabilidad residual: el gobierno de Evo Morales. Poco interesa que esta vez sea un cocalerito; se sumará a más de siete decenas entre chuquisitos de La Calancha, mineritos de Huanuni, aymaritas de Omasuyos, jovencitos de Cochabamba, camba-collitas de Santa Cruz, yungueñitos de La Paz, indiecitos del Chaco, amén de varios carabineritos y militarcitos.
Primera conclusión. Todo sucede en el territorio libre del desarrollo alternativo, de USAID, de la DEA, y de paso, de la Ley 1008: en suma, la republiqueta Kausachun Coca: ¡viva la coca (y la cocaína)! La mándala siniestra empieza en la hoja verde nada apetecible para cachetes y cierra el círculo en el polvo blanco para narices.
Segunda conclusión. En ese quincho conflictivo se queman anticuchos de variados –y a veces contrapuestos- intereses: cocaleros, madereros, conservacionistas, de los departamentos de Beni y Cochabamba, petroleros, del gobierno nacional, cocaineros. Arrepentidos están los que invirtieron en servicios turísticos; inseguros los que apostaron por cultivos alternativos: bananeros, palmiteros, etc.
Tercera conclusión. Se disciernen dos bandos en el cachascán de intereses en juego. Uno de fortachones cocaleros, poderosos pichicateros y madereros ricachones, que a veces son de doble uso –extraen la madera de desmontes para plantar coca, cuando no labran huecos en troncas para contrabandear droga. Otro de indígenas aporreados, esforzados servidores públicos que reprimen el narcotráfico y hacen cumplir las leyes, y conservacionistas –como los del Parque Machía, acusados hoy de afán de lucro por oponerse a un camino cocalero.
El potencial hidrocarburífero del Isiboro-Sécure enciende extremos risibles en benianos que reclaman hasta Villa Tunari, y cochabambinos que reivindican hasta las juntas de los ríos Sécure y Mamoré, a tiro de cañón de Trinidad. El área se constituyó en parque nacional como solución salomónica. Hoy es el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS): 1.096.000 hectáreas que el Estado tituló a favor de las “naciones” Mojeña, Yuracaré y Chimán.
El devenir reciente de estos pueblos es una historia triste. Expoliados por los ganaderos benianos, buscaron regiones de refugio en las estribaciones orientales de los Andes, parte del cinturón de selva de inconmensurable valor ecológico que va desde el Parque Manú en el Perú, continúa por el Parque Madidi, sigue por el Parque Isiboro-Sécure y el Parque Carrasco –ambos en la unidad geográfica llamada Chapare- y remata en el Parque Amboró en Santa Cruz.
Pobres indígenas, en la búsqueda de la Loma Santa que los liberase del yugo ganadero encontraron un enemigo mayor: los cocaleros, o mejor dicho, los coca-cocaineros. De la sartén a las brasas. De inicio fueron explotados como baratos –por latas de alcohol- tumbadores de monte de la sórdida alianza entre cocaleros y madereros. Luego los coca-cocaineros medran como buitres las tierras del TIPNIS, en la poco vigilada línea roja de la que los indígenas son naturales guardianes.
Encima el gobierno contrata por cuatrocientos y pico millones de dólares a una firma brasileña que más parece bandeirante que empreiteira. Cuando se habló por primera vez de tan onerosa operación, pensé que se habrían escuchado mis invocaciones sobre la construcción del camino al Beni: adosar al proyecto el desarrollo del Parque como tal. Cercarlo de malla olímpica en las bermas de la carretera, sin perjuicio de que haya descansos bien señalizados para viajeros y cruces para fauna itinerante, como en Suecia o Canadá. Capacitar a los indígenas de guardaparques, dotándoles de medios para salvaguardar su heredad.
Pocas veces ha tenido tanta relevancia lo del caballo del corregidor que en las elecciones de diciembre de 2009. Se tiene a un mandatario en ejercicio que dispone recursos del Estado para hacer su campaña electoral, adelantando la Navidad jugando a generoso –o malversador- Papa Noel repartiendo bonos, proyectos y dádivas en todo el país. Haciendo buena letra, en el atropello del TIPNIS Evo Morales ordena que se erradique la coca ilegal.
Es conversa fiada. Son más de 1.000 Has de coca ilegal y nadie pagará el daño medioambiental. Los “colonos” serán reubicados (quizá a Pando, a inclinar la balanza electoral a favor del gobierno y tal vez a sembrar coca…). Se devela una vez más que el tráfico de tierras es medio común de enriquecimiento ilícito de dirigentes cocaleros. El muerto durante la refriega es velado en un sindicato cocalero, un indicio del nexo coca-cocainero. Decenas de fábricas de droga descubiertas en lo que va del año en la reserva natural –con tecnología colombiana, dicen- sugieren que la coca en el Isiboro-Sécure no es para el acullico.
La pregunta del millón es cuánto de la decidida actitud del Presidente respecto al avasallamiento del TIPNIS es fariseísmo electoral. Porque Evo Morales es un prisionero de su propia creación. Sus endiosadas bases hoy amenazan de contrariar el voto oficialista si es que su jefe máximo no hace lo que se le pide. La guardia pretoriana de cocaleros del Chapare no es ajena a tales chantajes. “Nosotros pusimos a este llocalla donde está; también lo podemos sacar”, decía un dirigente hace poco.
La cadena se rompe por el eslabón más débil. Tal augura nada bueno para los indígenas del TIPNIS y para el acervo natural del Isiboro-Sécure.
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