St. Lawrence Seaway y esclusas en el Madera

Como un rayo de sol en el nubarrón de la incompetencia surgió la esperanza, al revivir el gobierno generar hidroelectricidad en el norte amazónico. ¿Por qué no aprovechar la buena disposición de Lula da Silva hacia Evo Morales, para replantear las esclusas en las hidroeléctricas del río Madera, aparte de vender bien nuestros excedentes energéticos, en un acuerdo binacional más equitativo?

En países como el nuestro falta mucho por organizar y consolidar. El cambio en democracia es un proceso pausado y la tentación totalitaria es endémica en los demagogos populistas. Encima, a veces lo que quiere la mayoría no es lo mejor para la sociedad. La voz del pueblo ya no es la voz de Dios. La revolución de innovación tecnológica en las comunicaciones hizo que la propaganda y la mercadotecnia inundaran a las familias mediante la radio y la televisión el siglo pasado; en el nuevo milenio llueven sobre los individuos a través de adminículos celulares: ¿cuánto de las prioridades o necesidades actuales es inducido?

Subrayan mi convicción de que las innovaciones tecnológicas, palpables en las grandes obras de ingeniería del mundo, son más efectivas en propiciar cambios en las sociedades, que el iluminismo fanático de mesiánicos salvadores de la patria. Tal reflexión es un trasfondo para contarles que así como no me privé de asistir a un concierto de Dave Brubeck durante el Toronto Jazz Festival, tampoco olvidé de curiosear a la St. Lawrence Seaway, omnipresente en el trayecto de Quebec, Montreal, Kingston, Ottawa y Toronto, ciudades que visité en Canadá.

Revolucionaria es la hidrovía marítima también llamada Canal de los Grandes Lagos. Fue inaugurada en 1959 y cambió las estructuras de dos colosos que comparten la frontera sin armas más larga del mundo: Canadá y EEUU. Imaginen la importancia económica de puertos interiores estadounidenses en Búfalo, Cleveland, Toledo, Detroit, Port Huron, Chicago, Milwaukee, Green Bay, y bien adentro el inmenso territorio de Norteamérica, la lejana Duluth, Minnesota, a la que llegan los navíos después de ocho días y medio de navegación.

No conocía detalles de tan monumental obra, pese a que traté en varios artículos el acceso al mar para Bolivia a través de la hidrovía Madera-Amazonas, un complemento posible de la construcción de las hidroeléctricas en el río Madera, en lugar del lamento boliviano a Chile para obtener un acceso soberano al Pacífico, que durará hasta que caminen los monolitos de Tiahuanaco.

En los 3.700 Km de Duluth hasta el Atlántico, superlativa es la ingeniería del tramo de 306 Km entre Montreal y el lago Ontario: tiene siete esclusas que elevan los buques 75 metros sobre el nivel del mar. El canal Welland, de 44 Km, vincula los lagos Ontario y Erie; fue construido en 1829 y las gabarras que lo discurrían eran propulsadas por mulas. La actual versión fue completada en 1932, profundizada en los años 50 como parte del proyecto del St. Lawrence Seaway y mejorada en 1973. Sus ocho esclusas levantan 100 metros a los navíos, para sobreponerse a los escarpados del Niágara, admirados en sus famosas cataratas. En su medio siglo de existencia, más de 2.500 millones de tonelada de carga se han desplazado desde y hasta Canadá, EEUU y cerca de medio centenar de naciones, con un valor aproximado de 375 mil millones de dólares.

Sin embargo, no es este artículo una enumeración ponderativa –y menos envidiosa- de la llamada también Carretera de Agua (Highway H2O) que une el interior de Canadá y EEUU con el mundo. Más bien es una reiteración de puntos que he remachado en el pasado.

Que el país es mal gobernado con molde centralista de claro tinte andinocéntrico, y desde su atalaya altiplánica otea llorón al Océano Pacífico perdido por desidia. Que soslaya que Bolivia es país invertebrado que por décadas ha dado la espalda a su calidad amazónica y platense. Que verdadero cambio sería volcar al país hacia accesos amazónicos y platenses al mar –en territorios que suman más de dos tercios de su heredad. Que sirviendo los intereses de constructoras que pagan jugosas “coimisiones” y a gremios que solo atienden los propios, desprecia opciones de transporte más económico y eficiente, como son los olvidados ferrocarriles y las carreteras de río. Que así como nuestros mayores héroes son civiles –me vienen a mente las Heroínas de la Coronilla, Abaroa, Racua- también son iniciativas privadas las que muestran el derrotero de las obras que cambiarían Bolivia –Joaquín Aguirre Lavayén y el puerto granelero en Quijarro es un ejemplo.

Hay un problema de fondo: ante la ausencia de una línea maestra y de aptos y probos interlocutores bolivianos, las constructoras brasileñas actúan con criterio de bandeirante, no de empreiteiras. En escarceos sobre las hidroeléctricas del río Madera, con esclusas acompañantes que abrirían el interior boliviano como la St. Lawrence Seaway ha hecho en Norteamérica, mi amigo Hernán Zeballos reveló que una constructora brasileña ofreció un magro 10% de la torta a Bolivia. Contrasta con el 50% de Paraguay en Itaipú; el 60% para el país dueño de las aguas en Yaciretá.

Pero en vez de negociar con carácter previo un convenio binacional más equitativo, el gobierno de Evo Morales se salió por la tangente. Se opuso al proyecto con postura falsamente pachamamista, para solaz de quienes piensan que Bolivia debe ser solo una inmensa reserva natural y un zoológico humano de vistosas expresiones folclóricas.

Como un rayo de sol en el nubarrón de la incompetencia surgió la esperanza, al revivir el gobierno generar hidroelectricidad en el norte amazónico. Ojala sean algo más que espejismos electorales los proyectos de Cachuela Esperanza, aprovechar el escurrimiento de un río cercano para dotar de energía eléctrica a Cobija, el megaproyecto del Angosto del Bala. En la medida de que se generan muchos más megavatios de energía que los que el país necesita, el mercado natural es el coloso brasileño.

¿Por qué no aprovechar la buena disposición de Lula da Silva hacia Evo Morales, para replantear las esclusas en las hidroeléctricas del río Madera, aparte de vender bien nuestros excedentes energéticos, en un acuerdo binacional más equitativo?

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