Inseguridad ciudadana y terrorismo de Estado

El terrorismo de Estado en Bolivia flexionó músculos con el acoso de gobiernos departamentales opositores para impedirles su gestión. Continuó con la orquestación gobiernista de la llamada masacre de Porvenir; la defenestración y prisión ilegal del Prefecto democráticamente elegido. Prosiguió con el apresamiento y traslado al altiplano de ciudadanos y la desbandada al Brasil de una multitud de la población pandina. Culminó con el traslado de mitimaes a Pando con propósitos electoralistas. Posible ejemplo de terrorismo de Estado son los eliminados Rosza y sus compinches, sindicados de terroristas y separatistas.

 

 

Al mes de las elecciones de diciembre, el votante es bombardeado por la estridencia de ofertas electorales, que se pondrá ensordecedora hasta las 48 horas previas a los comicios. En el silencio que siga, quedarán cortes publicitarios –lucrativos para los medios- de ceremonias de inicio o entrega de obras –rendidores para la campaña del gobierno. La oposición será acallada, salvo cierta ayuda de columnistas que orientan a la opinión pública develando espejismos y traspiés del régimen.

Urge sopesar algunos temas. Uno de ellos es el posible nexo entre la inseguridad ciudadana y el terrorismo de Estado.

La inseguridad ciudadana es atribuida al acelerado proceso de urbanización, a la violencia inducida por la media, al desempleo. De jocosos incidentes de gamines que bajaban el buzo a damas de compras en la feria, y en su bochorno les arrebataban el bolso, se ha “Evo-lucionado” a mozalbetes que plantan dos tiros en la cara a colegiales que se resisten a darles su celular.

La realidad excede a la ficción. Pero en estos tiempos se mueve a la indiferencia. La violencia está en el menú diario de la gente, a través de medios masivos de comunicación y la revolución cibernética. ¿Cuánto de la criminalidad de hoy es inducida en cerebros poco maduros o ignorantes? El joven homicida a sangre fría de un colegial, sindicado de herir en tres intentonas y sospechoso de otros cinco asesinatos en la Llajta, parece una parodia del film “Asesinos por naturaleza”. Se copian patrones de conducta, sin tomar cuenta que, por ejemplo, la película de Oliver Stone es sátira cruel de los medios de comunicación, la maleable opinión pública y las actitudes impávidas sobre la violencia.

Rebasa los confines de este artículo enumerar casos similares de criminalidad en el resto del país. Todos los días, los noticieros de la tele y los periódicos dan cuenta de tropelías criminosas. En los unos, a veces se banaliza el delito y se hace héroes de criminales, todo por el sensacionalismo de los que buscan “pepas” que generen rating. En los otros, el amarillismo tiene el mismo efecto, más aún en los pasquines de a peso. Baste decir que aún con un policía en cada esquina, el problema no se resuelve si la ciudadanía no participa en las soluciones.

En varios artículos he reiterado que el régimen de Evo Morales es un calco andino del populismo caribeño de Hugo Chávez. Me ratifico. Fijarse en el pasado inmediato y lo que pasa en la Venezuela de hoy es como tener una bola mágica para dilucidar lo que subyace en hechos de los últimos años en Bolivia, y pronosticar qué será lo que vendrá y qué razón, motivo o circunstancia (¿o conspiración?) están detrás.

Definen la inseguridad ciudadana “como un problema social en sociedades que poseen un desigual nivel de desarrollo económico, múltiples rasgos culturales y regímenes políticos de distinto signo”, no existiendo “una taxonomía que identifique rasgos uniformes vinculados a sus características”. Aventuro que el temor y la incertidumbre son denominadores comunes. ¿Qué tal si la anomia es una forma de mantener el agua turbia, por aquello de que en río social revuelto, ganancia de pescador populista? Pues yo postulo que hay un nexo entre la inseguridad ciudadana y el terrorismo de Estado.

Aunque Hugo Chávez declare que es una infamia aseverarlo, Venezuela es uno de los países más inseguros del mundo. Dicen los reportes que son parte de la vida cotidiana las cifras semanales de muertos en las principales ciudades, así como las interminables noticias de secuestros, robos, hurtos, violaciones y decenas de delitos más. Tanto, que la inseguridad ciudadana se percibe como el primer problema del país de Bolívar, por encima del desempleo, el alto costo de vida, el desabastecimiento y la corrupción. ¿No es acaso una radiografía de lo que pasa en Bolivia en pequeño; una premonición de lo que se nos viene?

El terrorismo de Estado es la utilización por el gobierno de métodos ilegítimos para inducir el miedo, para lograr objetivos sociales y políticos o fomentar conductas que de otra forma no se producirían. Empezó con la toma del poder mediante las asonadas de dizque movimientos sociales. Ya en el gobierno, siguió con el acoso de gobiernos departamentales opositores para impedirles su gestión. Continuó con la orquestación gobiernista de la llamada masacre de Porvenir; la defenestración y prisión ilegal del Prefecto democráticamente elegido. Prosiguió con los operativos de corte nazi, o estalinista, de ciudadanos y su traslado al altiplano, ciegos y sin abrigo; la desbandada al Brasil de una multitud de la población pandina. Culminó con el traslado de mitimaes a Pando con propósitos electoralistas.

Posible ejemplo de terrorismo de Estado son los eliminados Rosza y sus compinches, sindicados de terroristas y separatistas. La página de aclaraciones que publica el gobierno no alcanza para despejar dudas y conjeturas sobre el tema. Informes técnicos de Irlanda y Hungría aseveran que las heridas de los muertos por desangramiento desmienten alegatos de que los oficialistas respondieron fuego enemigo. Resalta el “comodín” Andrade en arrumacos con los asesinados y presente en otros escenarios de posibles atentados gobiernistas.

La disolución apresurada de la unidad supuestamente antiterrorista, ¿acaso no es una forma de borrar huellas que pudieran incriminar al régimen? Quizá la disuelta Unidad Táctica de Resolución de Crisis (Utarc) no era antiterrorista, sino una banda de trabajitos sucios por encargo del gobierno –una forma de terrorismo de Estado. Se parecería a la del escándalo Watergate, que develada por periodistas valientes defenestró a Nixon en EEUU –un desenlace que ciertamente no se daría en nuestro país. Por lo menos, podemos hacer constar nuestro rechazo con el voto. Todavía.

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