Las elecciones y el abuso a las mujeres

By Winston Estremadoiro

La obsecuencia al mandamás iraní de hacer usar velo a enfermeras de un hospital, muestra que la desidia gubernamental sobre la opresión de género es generalizada, aún en esta Bolivia que es pechugona de leyes pero de escuálidos brazos para hacerlas cumplir. Los abusos a las mujeres siguen como una asignatura pendiente. Siete de ocho fuerzas políticas que terciaron en las elecciones olvidaron los derechos de las féminas abusadas en sus propuestas.

Abotagado por las estridencias eleccionarias, me refugié en cavilar cuán poco se escuchó de los candidatos sobre los abusos de género. Hay mucho que develar dentro el sistema de desigualdad de una construcción social basada en diferencias biológicas de sexo, que es dañina a mujeres y niñas en tanto las perjudican en lo social, cultural, político y económico.

Fue reflexión que propició la valiente diputada Lourdes Millares, al revelar la obsecuencia de forzar a usar velo a las enfermeras de un hospital de El Alto, a la usanza islámica, para agradar al mandamás iraní de visita en nuestro país. Reitero, valiente, porque quizá fue la causa de la pateadura cobarde que le propinaron gamberros gobiernistas días después, sin que hayan mermado su voluntad de denunciar.

Encima, un diario del régimen puntualizó que las enfermeras deben cubrirse la cabeza con un velo, de acuerdo con el reglamento establecido por el país cooperante, por respeto a su cultura. A mal haya que los gringos que han donado en el pasado tantos hospitales, no hayan insistido en la ducha diaria, según su cultura, para paliar lo que Paulovich llamara el perfume Jean Patou tan propio del conglomerado alteño. No se les ocurra a los japoneses, grandes donantes y apegados a su cultura, solicitar que galenos o sanitarios nacionales se abran la barriga con un bisturí ceremonial, si acaso fueran culpables de negligencia médica.

Preciados llunq’us obtusos, les informo que si querían agradar al persa musulmán chií, tendrían que haber impuesto el chador, tela negra semicircular que se coloca sobre la cabeza, cubriendo todo el cuerpo salvo la cara. Si fuera Egipto el donante de hospitales, agradar a los islámicos implicaría que las féminas usasen el hiyab, velo que cubre el cabello y el cuello, que se puede acompañar de ropa occidental.

¡Cómo quisiera Evo Morales tener la duración en el poder del gobernante de Libia! Si sonsacasen un hospital a Gadafi, la usanza musulmana suní impondría a las enfermeras bolivianas el niqab, que es un hiyab extremista en la medida de que el velo sólo deja los ojos sin tapar. Guay de nuestras féminas, si se diera la eventualidad de nosocomios financiados por Afganistán, donde las mujeres están recluidas en la cárcel del burka, que cubre su cuerpo más que un disfraz de pepino paceño, y su cara más que mascarita de carnaval cruceño.

Bolivia es un país pedigüeño, que depende de la ayuda externa para paliar su miseria, aunque sus recursos naturales aguan la boca de moros y cristianos. Somos pobres por elección de su ignara gente y vocación rapaz de sus gobernantes. Pero no tan paupérrimos como Somalia, país africano de mayoría religiosa musulmana, de variedad suní. Sus gentes se abstienen de comer cerdo, beber alcohol y participar en juegos de azar, pero no de infibular las vaginas de sus mujeres. Gracias a Dios, no habrá un nosocomio somalí de regalo: a algún gobiernista adulón del país cooperante podría ocurrírsele imponer sus usos culturales abusivos, como la mutilación genital femenina que en su variedad más leve es la extirpación del clítoris.

Que la aparente liviandad de mi sardonia no oculte la crueldad de los abusos de género. Estudiosas claman que en el mundo las mujeres y niñas sufren una doble opresión de género: por parte de las mujeres y hombres de su comunidad, y por parte del gobierno en el contexto legal. Hilvanemos aunque sea un poco lo que significa en Bolivia esta realidad doblemente cruel.

En la parte de la mujer en el entorno de su comunidad, ahora se ha perforado el ideal universal de la igualdad de la ley para todos, con la sesgada dualidad de la llamada “justicia comunitaria” en la nueva Constitución. Con un estrato cultural “oregenario” que antaño lanzaba al precipicio a las adúlteras, fundido con la emulación adulona de modelos foráneos islámicos, no sería de extrañar que impongan la lapidación, que entierra a la mujer hasta el pecho y luego los hombres la matan a pedradas que no sean ni guijarros que no causen daño, ni pedregones grandes que aceleren la muerte.

No les pasará algo remotamente parecido a los violadores de mujeres y niñ@s, porque este es un mundo de machos. La pedofilia asoma su rostro sórdido y el mayor riesgo que sufren los desenmascarados depravados en hogares afectados, es que los presos de la cárcel donde pasarán un tiempito, les corten el pirulín –como se merecen. Brillante futuro como torturadores tienen los hijos de una despiadada matrona, que habían abusado sexualmente de docenas de niñ@s de cinco a doce años en un hogar de huérfanos. Solo en Cochabamba son más de medio centenar de víctimas reportadas en cuatro orfanatos.

Ni qué hablar de la parte boliviana de la sombría estadística de que una de tres mujeres en el mundo es golpeada, obligada a tener relaciones sexuales, o sometida a otros tipos de abusos a lo largo de su vida, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Según el Centro de Información y Desarrollo de la Mujer (Cidem), solo el año pasado 180.000 mujeres bolivianas fueron reportadas como víctimas de golpizas, insultos, violaciones, amenazas de muerte e incluso asesinatos. De ellas y de sus bebés, acoto yo, recordando al ebrio que pegó a su mujer y mató a su guagua arrojándola contra la pared.

La desidia gubernamental sobre la opresión de género es generalizada, aún en esta Bolivia que es pechugona de leyes pero de escuálidos brazos para hacerlas cumplir. Los abusos a las mujeres siguen como una asignatura pendiente. Siete de ocho fuerzas políticas que terciaron en las elecciones olvidaron los derechos de las féminas abusadas en sus propuestas. El partido ganador fue la excepción. Ahora que controla el Legislativo, es de esperar que su propuesto cuerpo de leyes protectoras de la mujer no sea papo electoralista.

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