Entre dos amores

Por Winston Estremadoiro

En la segunda década del nuevo milenio, falta saber si el inicio del segundo período de un popular primer mandatario significará más realismo económico y menos charlatanería. El punto de inflexión de Evo Morales está en optar entre “un amor sensato y un amor sediento” porque “si con uno vivo, con el otro muero”, como canta Ana Belén. En lo económico, ser más como Lula y menos como Chávez. Vaya y pase que en retórica populista los tres sean casi igual de bocones.

“Entre dos amores voy a la deriva”, canta la bella voz de Ana Belén, mientras quisiera imaginar un símil con el innegable punto de inflexión que representa la asunción de Evo Morales por segunda vez a la presidencia de la república, esta vez con el sustento de más del 60% de los votos. No me voy por las ramas: el montaje de la ceremonia en Tiwanaku será solo hojarasca al estilo de película de los años 50, de la que al día siguiente solo quedará el amoníaco de orines en los restos líticos de la vieja civilización, que pocos saben que no es aimara, ni inca, menos “quechuaimara”, como deseara algún revisionista afín al gobierno.

Más respetable es la cosmovisión de sabios actuales del sitio arqueológico donde se pudren los monolitos. Es un hito del extremismo aimara en la dicotomía étnica en que se asienta el régimen de Evo Morales. Simbolizando la fuerza y el coraje con que el primer mandatario debía iniciar su gestión, fue ataviado de color rojo quien no es el primer presidente indígena de América, como indicara un adulón foráneo ignorante del zapoteca Benito Juárez en México. El nuevo rito viene signado por la búsqueda de unión y consenso. Es un atuendo de lana de auquénido, que significa comunicación; blanca, en simbolismo de concertación sacrificada con desprendimiento del ego; negra, por la sagacidad emocional que requiere. Un pectoral de oro evoca la unión con los ancestros.

¡Pamplinas etnocentristas!  Si de simbolismos aglutinadores se tratase, la Constitución en vigencia, con sus 30 y tantas etnias sin contar blancos, mestizos y negros yungueños, prescribiría que el pacificador del rencor étnico que él mismo provocó, luciera también maskapaicha incaica en vez de gorro de heladero, camijeta mojeña de algodón, tichela de siringuero amazónico, chaparreras chaqueñas y, como dice la rancherita allá en el rancho grande, calzones de comienzos de lana y acabos de cuero.

Revolotea  Ana Belén, “entre los dos voy enloqueciendo, uno me da amor, el otro miedo”. Hoy me inspira que el punto de inflexión de Evo Morales es convertirse en el estadista que Lula da Silva ha labrado de sus gestiones en el cercano Brasil, o seguir como ratón andino camino a ahogarse en el mar con los acordes del lejano flautista de Hammelin caraqueño.

Es sugestivo que los tres próceres del socialismo sudamericano comparten rasgos comunes. Dos son líderes venidos de abajo; el venezolano es un milico disfrazado de libertador. Devienen de democracias representativas desgastadas por la miseria de las mayorías y del consenso prebendal en minorías políticas más cleptócratas que servidoras del interés público. Son dados a grandilocuencias de lucha a la oligarquía, al neoliberalismo salvaje y a la explotación, real o imaginaria, por el poder imperial.

Donde Lula difiere de Chávez y su hasta ahora eco andino, es en la continuidad en la política económica, tema que requiere consistencia y tenacidad en el tiempo. Otro botón de la fortaleza democrática moderna es abstenerse del denuesto del adversario relevado y de su gestión. Lo contrario es actitud tan absurda como recibir la tea en carrera de antorchas y parar de correr para apagarla a manotazos y volver a encenderla con el yesquero propio.

Delicada la voz de la diva española: “entre los dos voy enloqueciendo, un amor normal, un amor veneno”. Evoca que Lula optó por continuar la apertura económica de su antecesor, el competente F. H. Cardoso. El amor normal pagó sus frutos. Al segundo año de su mandato, recuerda Andrés Oppenheimer, “la economía había crecido un 5 por ciento, la mejor tasa en los últimos diez años; el riesgo país había caído a su nivel más bajo en los últimos siete años, las exportaciones habían alcanzado un record histórico de 95 mil millones de dólares y el empleo había crecido un 6 por ciento.”

Mientras Lula proclamaba como una bobería echar la culpa al imperialismo de las desgracias del Tercer Mundo, el amor veneno de Hugo Chávez se destacaba en primeras planas con despectivo discurso a “ustedes, los ricos”: las laboriosas potencias mundiales. Destaca Oppenheimer que el narcisismo-leninismo de Chávez causó “la fuga de capitales más grande de la historia venezolana, y que había hecho crecer la pobreza absoluta de 43% a 53% de la población entre 1999 y 2004, y la pobreza extrema –el número de gentes que vive con menos de un dólar por día- de 17% a 25%, según las propias cifras oficiales del gobierno.” El populismo bolivariano, aún en la cresta de la ola de elevados precios de hidrocarburos, probó ser tan corrupto y derrochador de riqueza efímera como sus predecesores.

Por razones que el espacio no me permite enumerar, la primera gestión de Evo Morales ha sido un calco de su padrino venezolano. Lo he sostenido antes y me ratifico: la emulación del libreto chavista llevará al país al despeñadero. Con suerte hasta ahora, pero es copia con triste desenlace para el país.

Por cuestiones geopolíticas tal vez, la potencia emergente con la que Bolivia tiene la más extensa frontera ha renovado tanteos de estrechar vínculos. Sea lo que fuera, aún resuelto el tema con sus propios hallazgos, Brasil es la más conveniente opción en continuadas ventas de gas natural; en industrializar los hidrocarburos y mercado para los productos; en demanda de excedentes bolivianos de hidroelectricidad.

En la segunda década del nuevo milenio, falta saber si el inicio del segundo período de un popular primer mandatario significará más realismo económico y menos charlatanería. El punto de inflexión de Evo Morales está en optar entre “un amor sensato y un amor sediento” porque “si con uno vivo, con el otro muero”, como canta Ana Belén. En lo económico, ser más como Lula y menos como Chávez. Vaya y pase que en retórica populista los tres sean casi igual de bocones.


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