Los accidentes de tránsito se han constituido en la principal causa de muerte en Bolivia. Lo recordó un amigo que enumeró la seguidilla de trágicos episodios en caminos y calles. Demanda que antes de cada viaje con pasajeros, la policía exija certificación del buen estado de los buses, emitido por servicio técnico autorizado; que en las trancas del país se compruebe el estado de luces, extintores, botiquines y señales de emergencia en los vehículos. Que la policía fije de acuerdo a normas internacionales el grado peligroso de alcohol en la sangre y realice control de alcoholemia a los conductores. No le auguro mucho éxito a mi amigo y su arremetida quijotesca a molinos de viento.
¿Cuál es el asesino más grande del país en la actualidad? El VIH SIDA, dirá algún cruceño: ¡nada! La gripe AH1 N1, aventurará una cochabambina: ¡error! El dengue, saltará un pandino: ¡lejos del tiesto! El mal de Chagas, sentenciará un tarijeño: ¡no! Las inundaciones, gritará una beniana: ¡no señor! El cáncer, proferirá un paceño: ¡equivocado! No sean puej burros, oiga: la moledora de carne está en las carreteras.
Los accidentes de tránsito se han constituido en la principal causa de muerte en Bolivia. Lo recordó un amigo que enumeró la seguidilla de trágicos episodios en los caminos y las calles: 7 de enero, 22 vidas perdidas al embarrancarse una flota cuando fallaron los frenos sin mantenimiento; el 21 de enero, 17 personas murieron cuando se estrelló un bus contra un camión maderero estacionado y sin señalización; 23 de enero, un atestado bus se embarrancó por problemas de frenos, con saldo de 18 personas fallecidas y 12 personas desaparecidas; el mismo día en La Paz, un chofer que conducía ebrio segó la vida de un menor y dejó tres personas heridas; el 25 de enero, un chofer y su ayudante, borrachos, volcaron un bus de pasajeros, dejando, por el momento, cuatro personas fallecidas. El 26 de enero, un camión se embarrancó al chocar con un tractor acarreado por un camión sin señales ni luces: 4 muertos.
Una combinación de factores configura un siniestro denominador común de la matanza. Choferes borrachos. Conductores cansados. Transportistas que prefieren mutilar ramas a comprar materiales de señalización. Empresarios piolas que compran buses de segunda o tercera mano, luego descuidan su mantenimiento. Policías desterrados a penosos habitáculos en el frío altiplánico o el calor del trópico; más aún, son relegados en el orden de prioridades de su institución, a la chatarra en vehículos o a los tanques vacíos de combustible.
Encima, mientras el Presidente se llena la boca con la sabiduría ancestral del “ama sua”, atavismos salvajes de originarios a los que la justicia comunitaria no afectará –ni los gamberros del gobierno revisarán sus casas, como en Cobija- saquean y desvalijan cadáveres de buses siniestrados en vez de socorrer. Mientras el vicepresidente se regodea que Bolivia es ya una potencia camino al “socialismo comunitario”, da vergüenza que los familiares chilenos de las víctimas descalabradas por la negligencia criminal en la carretera, encontraran sus restos mortales desparramados en el piso de un galpón precario.
¿A quién cargar el fardo de tal truculencia? Noble gesto de mi amigo, en Facebook abrió el portal http://www.facebook.com/n/?group.php&gid=293990604065&mid=1ca5537G42a60cc1G14e27d7G6 para solicitar adhesiones, cuyo número, caviló, debería hacer saltar presillas a policías más interesados en los cartones de sus oficiales, que en su formación ética. Debería alborotar hormonas solidarias del ministro del Interior: ¿acaso los muertos por negligencias criminales no son atentado a los derechos humanos?
Mi amigo demanda que antes de cada viaje con pasajeros, la policía exija certificación del buen estado de los buses, emitido por servicio técnico autorizado; ciertamente no por talleres que reparan con alambritos y pegantes de a peso. Que en las trancas del país se compruebe el estado de luces, extintores, botiquines y señales de emergencia en los vehículos: ¡basta de piedras y ramas como señal de precaución! Que la policía fije de acuerdo a normas internacionales, el grado peligroso de alcohol en la sangre y realice control de alcoholemia a los conductores. ¡Cese el abominable maridaje entre transportistas y policías, para que a través de una instancia técnica competente, realicen nuevos exámenes de habilitación psico-técnica para conducir vehículos de transporte de pasajeros!
Como contribuyente de impuestos que es, mi amigo exige que el Poder Ejecutivo, el parlamento plurinacional y los gobiernos municipales asuman como problema prioritario de salud pública a las muertes por accidentes de tránsito. Con carácter de urgencia, se coordinen las leyes de negligencia criminal y las normas policiales, para que los estrados judiciales decreten sentencias ejemplares a choferes asesinos y a patrones que les socapan o explotan. Exijan a la superintendencia de transporte un enfoque intersectorial coordinado para poner coto a esta matanza cotidiana. Ordenen la suspensión temporal del permiso de operación a empresas con presunta responsabilidad en siniestros, o por incumplimiento de las normas de tránsito y prevención de accidentes; su pérdida definitiva cuando resultaran corresponsables. Exijan el acatamiento de la Ley General del Trabajo en las empresas de transporte de pasajeros, poniendo coto a las condiciones y jornadas laborales abusivas que crean el contexto favorable a los siniestros.
No le auguro mucho éxito a mi amigo y su arremetida quijotesca a molinos de viento. Su bronca es comprensible; la mía, solidaria. Porque días antes del atroz accidente en Ayo Ayo, había escoltado a sus hijos en un bus hacia Arica, camino a visitar a su abuelita en Santiago. El chofer boliviano del motorizado chileno había partido con atraso; el conductor designado no apareció. En el lado nuestro de la frontera, el contubernio entre choferes, policías y allegados que se llenan de plata con fotocopias de cinco bolivianos (en la ciudad cuestan 20 centavos), requirió que fotocopiara documentos. Mientras el padre corría a la fotocopiadora, el apurado chofer emprendió la marcha cruzando la frontera con dos niños llorando a gritos. Un educado carabinero chileno detuvo un camión que alcanzó al bus en la parada siguiente, no sin antes recomendar al atribulado padre que denunciara el atropello: es secuestro trasladar menores sin papeles a través de las fronteras, le dijo. Ojalá lo haga.
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